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Por supuesto, el ranking de moda que publiqué hace algunas semanas omitió la última pieza de indumentaria; última en el ranking, no en tendencia, ya que está entre nosotros desde hace unos seis o siete aÑos; o para ser más exactos, unos seiscientos o setecientos aÑos.
Retrotaigámonos algunos siglos en el tiempo. En los tiempos en que primaba la ley del más fuerte, cuando la espada y los músculos eran el único Código Civil existente; Cuando el oscurantismo se extendía a lo largo y a lo ancho de las llanuras asoladas por la viruela, la hambruna y las invasiones normandas; Cuando, en fin, la negra y larga noche del medioevo oscurecía las luces del intelecto popular, y no existía el Hospital, ni la Escuela Pública ni las campaÑas en contra de la discriminación, los más infortunados, los débiles, los castigados con un cuerpo contrahecho ya sea por las enfermedades o los males congénitos, sólo tenían dos destinos: La muerte o la profesión de bufón, a las órdenes de los seÑores y tiranos de aquella época.
Y en ese momento, como fuera denunciado en este brillante artículo, aquellos cómicos al servicio del Poder, a diferencia de los actuales, no cobraban miles de dólares de salario ni firmaban ejemplares en la Feria del Libro. El bufón comía junto a porqueros y mozos de cuadra la típica bazofia de la época, frecuentemente en mal estado debido a la inexistencia de la refrigeración y los conservantes químicos, dormía en burdos sacos rellenos de paja y debía responder con una sonrisa a las groserías y maltratos del Tirano. Y además, despojado de toda dignidad, debía vestir a toda hora un atuendo ridículo: zapatos puntiagudos terminadas en cascabeles, babuchas a rayas de colores y un gracioso gorrito con tres o cuatro puntas salientes.
¡Sí! Ese gorrito que hoy ha mutado en simpático “souvenir”. Ese gorrito que los hinchas de fútbol compran según el color de la camiseta de sus equipos, o los imbéciles emergentes que han logrado viajar a Londres o Amsterdam consideran un excéntrico recuerdo de su viaje sin anécdota. El gorro de bufón del tercer milenio.
¿Qué clase de concepto de sí mismo puede tener una persona que voluntariamente se calza esta prenda? ¿Qué imagen pretende ofrecer a su prójimo? ¿Puede una persona mirar a los ojos a sus hijos luego de cultivar alegremente y en público la autodegradación personal?
“¡Hola! Soy un bufón, vale decir, he sido despojado de mi dignidad como persona; Mi único fin en la vida es ser objeto de burla y risa por parte de mis superiores, o sea todo el mundo que me rodea; Y esto sería sólo una desgracia impartida por el destino o mi origen social, sino fuera por el hecho de que estamos en el siglo veintiuno y nadie me obliga a vestirme como un imbécil. Lo hago voluntariamente, sencillamente porque… ¡Bueno, la triste realidad es que DEBO SER UN IMBéCIL!”
La ardua tarea de la psicología moderna, la labor de cientos de autores de libros de autoayuda que en las últimas dos décadas se han devanado los sesos para encontrar variantes mínimas de frases como “Recuerda que Tú eres la Persona más Valiosa de la Tierra” – incluido el trabajo de reflexión que requiere determinar dónde van todas esas mayúsculas – encuentran es echada a la basura con la adquisición de este gracioso souvenir. Miles de personas, en este momento, están comprando un gorro de bufón para usarlo y anunciarle así al mundo que carecen de dignidad humana. Ni siquiera en busca de algún tétrico placer de sumisión masoquista, sino producto de un bobo reflejo consumidor.
Espero, que, por lo menos, los portadores de este siniestro objeto no se enojen si, al verlos pasar, y despertando un atavismo medieval en nuestro inconsciente, sufrimos el impulso de pegarles una patada o de arrojarles verduras podridas.
RESUMEN FACILISTA DE LA NOTA: Usar voluntariamente un gorrito de bufón es ESTúPIDO!
Publicado a las 11:56 p.m.
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