Amigos, es hora de quitarnos la máscara: El llamado “humor inteligente” no existe.
Ignoro en qué momento el bufón de la corte fue elevado en el escalafón social, hasta convertirse en este personaje respetable que hoy participa en mesas redondas de la Feria del Libro o sale en la tapa de los suplementos de espectáculos. En tiempos antiguos comía las cáscaras de sandía que le arrojaba el SeÑor medieval y dormía en las caballerizas.
Asimismo no es del todo cierto, como intentan insinuar los humoristas actuales, que sirviera como “voz crítica”, a quien se le permitía arrojar dardos contra los personajes del Gobierno usando la poderosa fuerza de la ironía. Sinceramente, no me imagino a Enrique VIII reflexionando sobre sus políticas o hachazos a futuras ex esposas a partir de una broma de su contrahecho bufón; me lo imagino más bien enviándolo al cadalso sin meditarlo un segundo; también me imagino que en la realidad los bufones de la corte se limitarían a chistes sobre suegras – o sobre opositores con muy pocas chances de llegar al trono.
No está mal, claro, que los bufones del siglo veintiuno no tengan que alimentarse de cáscaras de sandía sino de jugosos bifes de chorizo como cualquier persona normal. Pero ¿es necesario escucharlos contestando reportajes y diciendo estupideces como “mi humor sirve para hacer reflexionar”?
No, querido, no; el humor no sirve para eso. Te estás confundiendo con la filosofía, la matemática o la sociología; El humor, en todo caso, sirve para hacer reir. Y por lo general nos reímos cuando dejamos de pensar; cuando a un pariente se le rompe la silla de plástico de jardín y se va al piso, o cuando alguien es enchastrado con una sustancia viscosa; luego correremos a socorrerlo (o no, depende de cómo nos llevemos con el pariente), pero la primera reacción suele ser una risa desbordada, salvaje, primitiva, surgida precisamente de no detenernos a reflexionar en el lado trágico de la situación.
Es cruel, pero es la verdad. Pueden admitirlo. Nadie los está viendo. Es más, si alguien les pregunta pueden decir que no están de acuerdo; No me ofendo. Pero, vamos, rememoren la imagen del Tío Rafael patas para arriba por culpa de esa silla traicionera. Eso es… Sonrían vergonzosamente. No tiene nada de malo… O sí, pero nadie se va a enterar… Así me gusta, mis risueÑas y chacotonas hienas pervertidas.
Claro, el humorista con cola de paja de la actualidad jamás lo admitirá. Si tuviera fingir que se resbala en una cáscara de banana para conseguir risas sinceras, si tuviera que aceptar que es un colega del payaso Campanita se sentiría poco distinguido y tal vez no lo dejarían entrar a las fondas sobrevaluadas de Las CaÑitas; prefiere seguir lanzando ironías sobre funcionarios o top models y disfrutando de la sonrisa impostada de sus aduladores; Estos últimos, personajes tristísmos que ríen con ganas ensayadas ante estas agudezas, ya que después de todo da menos fiaquita reírse de un chiste sobre Kirchner que ir a una marcha en su contra. Luego, cuando alguien les recomiende “Loco por Mary” contestarán con petulancia que “no les gusta ese tipo de humor” y dirán lo mucho que se han reído con lo que dijo tal o cual ácido conductor radial.
En el mejor de los casos, desgraciadamente, es una risa chirle, con poco ruido. La risa espontánea es difícil de fingir. Produce esos gorgoteos guturales que se emiten cuando uno quiere demostrarle al compaÑero de butaca lo inteligente que es al haber entendido el chiste; o qué tan de acuerdo está con el dardo lanzado por el monologuista de gracia tenue que, sin la colaboración de estos acomplejados, se vería desnudado en su condición de sencillo “opinador”, de esos que brotan como hongos en los rincones de cada espacio mediático.
¡Basta! ¡Es un llamado a los autodenominados GRACIOSOS de todo el globo! ¡Desterremos de nuestra cabeza el paradójico concepto de “humor inteligente”! ¡Lancemos nuestras trilladas reflexiones sobre las relaciones humanas y nuestras prótesis de látex de Menem por la ventana y tratemos de ser graciosos en serio, de provocar la risa sincera, aquella que hace lanzar coca cola por la nariz, aquella que afloja la vejiga y provoca papelones! ¡Y si para eso hace falta arrojarnos a un estanque de clara de huevo batida, que nos tiren una llave inglesa en la cara o bailar como monos con unos graciosos sombreritos hagámoslo sin chistar, o admitir que bien, bien, bien en el fondo – y tal vez no tanto – no tenemos más GRACIA que una conversación de ascensor sobre el clima!
Publicado a las 22:32 p.m.
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