Advertencia: La siguiente diatriba presenta contenidos de paternidad.
Pocas veces tenemos la enorme fortuna de darnos cuenta cuando estamos siendo víctimas de una CAMPAÑA PSICOLóGICA. Por lo general yo me doy cuenta cuando ya ha sido demasiado tarde y me he comprado el artefacto que no necesitaba o más alimentos en conserva de los habituales para arrojarle a la turba hambrienta que intentará asaltarme cuando ocurra lo del Y2K. Pero por suerte a veces el intento de manipulación es tan torpe y cargoso que es detectado a los pocos días.
En este caso, el tema en cuestión eran los .límites para nuestros hijos.. A través de una serie de notas periodísticas, reportajes a psicólogos, seminarios ofrecidos por los establecimientos educativos, tapas de las revistas de actualidad sobre la .tiranía del consumo infantil. (que significa que pretenden que se les compre el cereal que tiene un elefante en la caja y no el que tiene una abejita) se intentó generar una especie de histeria colectiva contra nuestros propios hijos: aparentemente, multitudes de padres jóvenes estaban DESESPERADOS, gastando fortunas en especialistas, acorralados por completo ante el salvajismo y el descontrol de sus retoÑos. La causa de esta pesadilla de Bradbury, aparentemente, era que los padres actuales no querían repetir el .autoritarismo. de sus mayores, con la obvia consecuencia de .permisividad. extrema y el consiguiente caos y libertinaje.
No hay que ser ningún genio para interpretar esto como un contraataque de, por usar un término a la Elisa Carrió, .el Régimen..
Hablemos en serio. No hay hordas infantiles liberadas por la blandura de sus padres hippies pachulis. Desaparezcan esa imagen de sus mentes. Es un mito. Me bastó presenciar el primer cumpleaÑos de un compaÑerito de jardín de mi hijo para comprobar que, en general, los chicos de ahora son más buenos que el pan lactal. Tampoco vi el desasosiego dibujado en el rostro de sus padres: Como rasgos comunes vi el clásico babeo, acompaÑado de cansancio, sueÑo y algún gesto de fastidio frente al infaltable berrinche, pero ninguno parecía estar buscando ansiosamente consejos sobre .los límites..
No; toda esta literatura me huele horriblemente al clamor de los nerviosos de siempre, los que ven caos y anarquía en cada vaso que se cae al piso, los que en el fondo creen que la vara y el bonete de asno deberían volver y que sueltan de vez en cuando un .y, pero a veces un cachetazo a tiempo.. sin que nadie se anime a decirles .ah, o sea que sos un cromaÑón.; Suavizan su discurso con fórmulas legales tipo .hay un término medio entre el castigo brutal y la permisividad., pero me juego a que, midiéndolo con precisión, su término medio está uno o dos milímetros más cerca del primer ítem. No toleran un berrinche de dos minutos (no hablemos de uno de una hora) sin ponerse histéricos y tartamudear y moquear y llamar a sus mamis. Y, resentidos por sus propias limitaciones, pretenden convencer al resto de que los niÑos del presente NECESITAN más disciplina, abusando de la inseguridad del más miedoso de los gremios: el de los padres.
Porque la realidad es que los límites son bastante fáciles de determinar (y de resolver); no se trata de una ciencia tan esotérica como quieren venderla; casi siempre provienen de básicos instintos biológicos, a saber:
-El instinto biológico que nos indica que no nos gusta que nos golpeen con una espada de plástico en las canillas.
-El instinto biológico que nos indica que en aras de nuestra supervivencia es mejor gastar el dinero que nos resta en comida y no en merchandising de héroes enmascarados.
-El instinto biológico que nos indica que no queremos que nuestras crías pongan en peligro su salud jugando con un cuchillo de carnicero o amasando la caca del gato.
-El instinto biológico que nos indica que nuestro hijo de tres aÑos no debe manejar nuestro automóvil, por mucho que insista y ponga cara de que lo hará con prudencia.
(Por suerte la naturaleza es sabia y ha querido que los mayores tengan brazos largos, como para arrebatarle a sus cachorros las armas blancas y los jarrones de la Dinastía Ming sin demasiada dificultad.)
En cuanto al instinto biológico que nos indica que no es sano oir un berrinche acompaÑado de chillidos dos octavas más agudas de lo tolerable, se ha atrofiado hace mucho tiempo: escuchamos sonidos peores voluntariamente, desde algunos instrumentos musicales que prefiero no nombrar al sonido de la conexión de internet y, por supuesto, las voces de los comunicadores disciplinarios a quienes les propongo calurosamente .¡limítense ustedes!!!.
Publicado a las 00:41 a.m.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario