Lo que más impacta del taller de Don Hansel Beckenbauer es lo que podríamos llamar su intrínseca .pulcritud alemana. (Aunque Don Hansel sea suizo). No se percibe una mota de polvo; No hay cosa que esté fuera de lugar; Cada uno de sus instrumentos y materiales de trabajo tiene un sitio preciso, un ganchito propio de donde cuelgan en perfecto paralelismo a la pared, ubicados en orden decreciente (Cada ganchito, además, tiene un tamaÑo proporcional al instrumental que le corresponde). Es ese orden obsesivo, tan propio del artesano o del asesino serial, el que le permite a Don Hansel llevar a cabo su tarea a la perfección desde hace setenta aÑos.
Es que Don Hansel es uno de los más reconocidos .y uno de los últimos- perforadores de galletitas de agua del país.
Todos nos hemos preguntado cómo se realizan esos agujeritos que presentan la mayoría de las galletitas de agua. Muchos también nos hemos preguntado por qué se llaman .galletitas de agua.. Nadie conoce la respuesta a ésta última pregunta, pero este cronista está por correr el velo de la segunda.
Con precisión suiza (porque, ahora sí, Don Hansel es suizo) este impecable anciano que a sus ochenta y dos aÑos aún conserva una energía envidiable, Don Hansel coloca las galletitas en un aparato que intentaré describir. Se trata de una especie de microscopio, aunque no es exactamente un microscopio, que contiene unas abrazaderas parecidas a las de una morsa. Dos ganchos (aunque no son exactamente .ganchos) cruzan una .cosa. que le sale por atrás y se continúa, a través de una serie de pequeÑos dispositivos que giran ante el menor contacto y se .montan. (por decirlo así) a una parte del aparato oblonga, metálica, donde va ubicada la galletita. Un pequeÑo brazo que parece un sello (aunque visto desde la perspectiva de Don Hansel se parece más a un alicate), suspendido de una pequeÑa polea de oro, hace un movimiento de torque sobre los bordes de la galletita, manteniéndola paralela a lo que sería el .espejo. del .microscopio.. Un “compresor” de “aire” mantiene el aparato en “funcionamiento”.
De este modo, con la galletita perfectamente inmóvil, Don Hansel puede empezar a trabajar, haciendo gala de un pulso envidiable (este cronista no puede trasladar una taza de café sin necesitar una muda completa), realizando las perforaciones con un punzón de dos micrones de espesor y un pequeÑísimo martillo. Tres golpes a un ritmo más preciso que el de una batería electrónica y el agujero está completo. Don Hansel gira una perillita del microscopio y la galletita se ubica en donde se realizará el agujero siguiente; A los pocos segundos la galletita está terminada y Don Hansel pasa a la que sigue.
Don Hansel es un hombre de trabajo, y no pierde el tiempo vanagloriándose de su status como perforador. Por suerte el cronista aprovecha los momentos en que el artesano va al baÑo para revisar sus papeles personales (siempre con ética profesional) y descubrir que las empresas de alimentos más importantes del país tienen a Don Hansel en su nómina; sólo los agujeritos de los productos .Premium. se siguen haciendo a mano. Segundas o terceras máquinas los realizan industrialmente, pero no es lo mismo (si los miramos atentamente los agujeritos están llenos de rebarbas).
Luego de seis horas de trabajo, en las que malogrado realizar ¡más de doce mil perforaciones!, Don Hansel pasa al .Toque Beckenbauer., como le gusta llamarlo: Un limado final en el borde interno de los agujeritos mediante una microscópica escobilla. La eficiencia alemana de Don Hansel le permite realizar este acabado en menos de quince minutos. Recién ahí, el anciano se relaja (lo que en su caso significa que sus cejas se mueven imperceptiblemente) y, con el rostro difuminado tras el vapor de un té de menta relata recuerdos de su Lausana natal, y las apasionantes peripecias que lo llevaron a este rincón del barrio de Devoto. (Desgraciadamente el cronista está un poco tenso porque Don Hansel, mientras degusta su té y se harta de porciones de “strudel” no ha tenido la deferencia de ofrecerle ni un vaso de agua, cosa que le resulta un poco descortés, y le cuesta retener los puntos principales del relato).
.A veces me parece estar viviendo un sueÑo., dice Dante, el nieto de Don Hansel, que tras varios aÑos de insistencia le ha sido concedido su deseo: Convertirse en aprendiz de su abuelo para continuar con el legado Beckenbauer. Dante está intentando .aggiornar. el trabajo de su abuelo, y con entusiasmo casi infantil trae un aparato de su invención. Sólo puedo describirlo como un taladro monstruoso de varias mechas con aspecto bio-mecánico. Quienes hayan visto las películas de David Cronenberg tal vez se puedan dar una idea de lo que hablo.
Ante la mirada horrorizada de su abuelo, Dante quiere mostrarme cómo funciona, tomando una galletita aún no perforada. “El abuelo todavía no se queda tranquilo, pero soy consciente de los peligros de la profesión”. Una ironía trágica quiere que ante el mínimo contacto de su horrorosa arma, la galletita estalle. ¡El agua contenida en su interior se dispara, en forma de una nube letal conformada por cientos de gotas microsópicas y punzantes, cual esquirlas húmedas, directamente a su rostro y sus pulmones! ¡Dante se desploma, ahogándose! Por suerte Don Hansel, con frialdad austríaca, reacciona rápido y logra hacer respirar a Hansel introduciendo en su boca el tubo del compresor.
A los cinco minutos Dante está recuperado y en pie, y se aleja con su invención bajo el brazo, sonriendo amenazadoramente: “La voy a seguir perfeccionando”. Su abuelo lo mira alejarse con cierto alivio.
¡Adiós, Don Hansel! ¡Aunque no conozca las más mínimas normas de la cortesía y- según un par de cosas que vi en sus papeles personales- tenga un pasado bastante dudoso, su recuerdo brillará en mi paladar cada vez que el agujero de una galletita de agua airee el interior de mi boca!
Publicado a las 11:58 p.m.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario