martes, 20 de julio de 2004

¡NO LO PUEDO CREER, TE JURO QUE YO PENSé QUE ESO LO HACíAN CON UNA MáQUINA!





.Menos mal que llegó, ya nos estábamos preocupando., dice el gerente del lujoso hotel con afectada preocupación. El viejito sonríe, se calza su delantal color azul portero y entra a la cocina dispuesto a iniciar su tarea, sin apuro ni tensiones, con la confianza sencilla de quien se sabe el mejor en lo que hace.


Los lujosos hoteles internacionales del bajo y el microcentro tienen un visitante diario que llama la atención por su vestimenta humilde, pero que es recibido con la urgencia y el respeto de una estrella de cine. Es que Don Rosamel Hipólito Aguada, paraguayo de nacimiento pero bien porteÑo debido a sus más de setenta aÑos de permanencia en nuestras tierras, es uno de los últimos enruladores artesanales de manteca.


Todos nos hemos maravillado con esos rulitos de manteca que sirven en los desayunos de los hoteles; más de una vez nos hemos preguntado .cómo se hacen.; y siempre nos hemos decepcionado cuando, en lugar de un platito con rulos de manteca somos abofeteados por un par de mini-packs amontonaditos. Mientras que la sola visión de los rulitos nos hace sentir aristócratas por un momento, ciudadanos del mundo, miembros de una nobleza hermanada por la grasa vacuna.


Y el responsable, en la mayoría de los casos que van quedando (.el enrulado es un arte que se está perdiendo., se lamenta Don Rosamel), es este hombre de mirada noble y dedos regordetes pero habilidosos, que recorre las calles porteÑas empujando su carrito que recuerda vagamente a un locomotora y al grito leve, ronco, más parecido a un arrullo para sí que al canto de un buhonero, de .enrulo manteca.. La gente le sonríe cálidamente a su paso, invadida por el agradecimiento hacia quien le proporcionó tantas maÑanas de alegría.


.¿Usted es el que enrula la manteca?., pregunta una seÑora de unos sesenta aÑos que conduce de la mano a un nieto algo díscolo. .Yo pensé que los hacían con una máquina.. Don Rosamel niega con la cabeza, sonriendo y revelando una esporádica dentadura; y con su bonhomía habitual no se detiene a reprocharle a la seÑora su ignorancia, ni a contarle que aún no se ha logrado desarrollar el proceso de enrulado de manteca por medios mecánicos: la sutileza y morbidez propia de la manteca no lo permite (hace unos aÑos, ingenieros japoneses diseÑaron una máquina que consigue generar espirales de manteca, pero no lograron aceptación entre el público).


El proceso es fascinante. Este cronista tiene el privilegio de mirar cómo Don Rosamel toma el pan de manteca y con sus recios pulgares comienza a modelarlo, formando primero una viborita, luego una pirámide, y por fin, mediante un ágil movimiento de torque, acompaÑado por un gruÑido imperceptible expelido desde el plexo, sin que el ojo del cronista pueda detectar cómo, cuatro rulitos salen disparados hacia los cuatro puntos cardinales. Con infinita delicadeza, Don Rosamel los coloca en un platito con el logotipo del hotel. El resto del pan de manteca queda inutilizable y hay que tirarlo: este exiguo aprovechamiento es uno de los motivos por los que este arte se está perdiendo. Con el atrevimiento del ignorante, le pregunto a Don Rosamel si no hay forma de sacar más de cuatro rulitos por pan, y rojo de furia, con la voz temblorosa por una súbita indignación, me contesta que .esas cosas no se hacen.. Noto cómo su mano amaga darme una bofetada, pero se contiene. Luego, entendiendo que no he querido insinuar una falta ética de su parte, el paraguayo me explica que han existido algunos enruladores que sacaban cinco, y hasta seis rulitos por pan; pero que él no los considera verdaderos enruladores, sino piratas, ladrones o asesinos (a continuación suelta varios insultos en guaraní).


.Hacemos lo que hacemos con la mejor onda., me explica Dante, el nieto de Don Rosamel que quiere continuar con el legado Aguada, para cuando su abuelo decida retirarse a su pueblo natal (Don Rosamel aÑora su tierra con nostalgia, a pesar de que pasó en ella sólo los tres primeros meses de su vida). Dante confiesa que aún no está listo para ser un verdadero enrulador, y me muestra sus últimos intentos, algunos francamente risibles (uno de los supuestos rulos parece un avioncito). Sin embargo, en los momentos de descanso, Dante no ceja en su intento y sigue practicando bajo la mirada escrutadora de su abuelo. .Tengo que tener cuidado porque hay una parte del proceso que puede llegar a ser peligrosa..


¡Entonces, lo inesperado! Como si el destino quisiera ilustrar a este cronista los peligros de la profesión, Dante aprieta el pan de manteca con demasiada energía y esta se mete a través de sus poros con violencia, provocándole un shock hiper colesterolémico seguido de convulsiones. Sin apurarse, con el ritmo prudente de quien está acostumbrado a hacer las cosas con cuidado (y de quien, por lo menos al parecer de este cronista, no parece tener un interés demasiado ferviente en salvar la vida del accidentado), Don Rosamel abre la boca de Dante con una cucharita de café y coloca bajo su lengua medio limón rancio. Las convulsiones cesan, y diez minutos después Dante está nuevamente empujando el carrito.


¡Adiós, Don Rosamel! ¡Aunque su legado muera con usted (teniendo en cuenta que su nieto no parece muy, muy, muy idóneo), y aunque me haya echado rojo de furia e insultándome en guaraní cuando le pregunté .para qué servía el carrito si no lleva nada., su obra permanecerá en la memoria de todo aquel que quiera empezar el día con un desayuno nutritivo, abundante y rico en grasa animal!


Publicado a las 11:50 p.m.


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