miércoles, 7 de julio de 2004

¡BAJá ESA MúSICA, QUERéS!





Malferida de muerte por mi agudo alegato contra la guitarra eléctrica, la corporación rockera ha reaccionado con estertores de pánico, furia y confusión, como una bestia en decadencia, dolorida y agonizante. Escuchemos sus manotazos de ahogado:


Maldito rockero pelilargo 1: .Hasta hace 3 minutos, es decir, el tiempo que me tomó leer la aberración que escribiste sobre la guitarra eléctrica, te consideraba un cuasi prócer de lo que sea que hacés (suena raro, ¿no?). Tu extraÑa visión de la guitarra eléctrica me hace acordar a mi abuela.. (Diego Solís) (Su abuela suena como una persona encantadora. P.)


Maldito rockero pelilargo 2: .Dejame decirte que realmente sos viejo, aunque la cédula o DNI digan lo contrario. (…)Gracias a Dios sobre gustos no hay nada escrito, porque no me imagino escuchando cumbia, mucho menos tango, que es tan amargo como vos.. (Gonzalo)


Maldito roqckro pelilargo 3: .Si, efectivamente sonás como un anciano intolerante y fastidioso, es más, siento desilusionarte: lo más probable es que lo seas. ¿Cómo te puede NO gustar la guitarra eléctrica (especialmente con distorsión)? (…) Debe ser tu limitado conocimiento del espectro músical, o quizás una mutación genética maligna que te ha afectado el oído. (…) Te recomiendo un tratamiento intensivo de acostumbramiento, asi no quedás relegado indefinidamente a esa edad media acústica en la que te encontrás ahora.. (Juanro)


Maldito rockero pelilargo 4: .Flaco, sos un IMBéCIL!!! La sugerencia es: dejá de escribir p******eces!. (Pablo C)


Maldito rockero pelilargo 5: .Debo decirte que afirmativamente el ruido de la guitarra eléctrica es un sonido chillón, y que para el oido desacostumbrado puede ser un caos. (…) Quizás aún no encontraste un tema tocado con la viola que te llegue al alma. Paciencia, ya te va a llegar en el momento indicado.. (Ignacio A.) (Sus BRUTALES AMENAZAS no me intimidan, seÑor Ignacio! P.)


Estas incalificables agresiones y otras misivas más bienintencionadas (incluso al de un maldito rockero científico que me explicaba la parte física de la distorsión pero que se me perdió; si me lo puede volver a mandar se lo agradecería mucho) venían acompaÑadas de una especie de espíritu evangelizador, aconsejándome escuchar a tal o tal músico, creyendo que soy una especie de montaÑés ermitaÑo que no escuchó un disco en su vida. Varios de los recomendados están incluidos en mi discoteca, mientras que otros me dejan helado por completo.


Pero el punto no es la calidad artística de este o aquel (si nos ponemos a hablar de esto no nos vamos más a casa), sino la índole daÑina de la guitarra distorsionada: ¿se trata efectivamente de un gusto adquirido, o naturalmente nos agrada escuchar chirridos? ¿No se inventó acaso con la misma intención provocadora, tal como la piolada de acercar la guitarra al parlante para que acople? ¿Su atractivo no estará en el aturdimiento momentáneo del flujo cerebral que nos provoca, o tal vez en la idea de que si lo soportamos somos más viriles e indestructibles (dicho con otras palabras: ¿Nos gusta el alcohol o estar ebrios? ¿Nos gusta tomar mate o estar sentados sin hacer nada?)?


Por último, le digo a todos estos malditos rockeros pelilargos que aquí hay uno solo que puede hablar por experiencia propia, y este soy yo: efectivamente, he pasado más de treinta aÑos escuchando a mi alrededor los discordantes sonidos de la distorsión, y conozco muy bien el daÑo que me causa; mientras que dudo que haya uno solo de ustedes que haya pasado más de dos semanas SIN ESCUCHARLO (después de todo, está hasta en las propagandas de chicles), como para poder afirmar si efectivamente su calidad de vida no mejoraría con esa ausencia.


Y cualquiera conoce el alivio que sentimos al apagar la computadora y descubrir que ese zumbido que no percibíamos NI A PALOS en realidad nos estaba destruyendo los nervios.


Yo: 1. Ustedes: 0. ¡Y ahora, malditos rockeros pelilargos, fuera de mi propiedad y vuelvan cuando se hayan dado un baÑo !


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