Ante el inminente estreno de la otra-poco-parecida-a-la-novela-original película .Yo robot., no está mal repasar algunos factoides sobre la tormentosa relación que mantenemos con nuestros los robots:
-Robot traumático 1: Un flipper de .Kiss. que hablaba, en un tugurio en la ciudad de Pinamar. Ante determinada evolución, unas voces siniestras empezaban a salir por el parlante. Aunque era evidente su acento porteÑo y su factura casera (probablemente por los dueÑos del local), aún hoy me provoca escalofríos (era chico).
-Robot traumático 2: Un .Toro Bravo. en la ciudad de Villa Gesell (¿por qué se concentrarán tantos autómatas en las ciudades balnearias? ¿El aire de libertinaje que prevalece en estas localidades hará más sencilla nuestra convivencia con nuestros inquietantes hermanos mecánicos?), que iba a permitirme ganar una excursión al .Faro Querandí.. Desgraciadamente el toro no tuvo piedad y me lanzó a la arena las tres veces que me permitía mi inscripción de diez pesos. Una experiencia por demás humillante (era grande).
-Cosas que le decimos a la computadora cuando no hace lo que queremos: .¡Uuh!., .¡Qué te pasa!.; .¡Pero qué hija de ****.!; .¡Qué querés, qué querés ahora!.
-Cosas que me dice la máquina de café de mi trabajo (a través de su display electrónico): .Sagoma de Rhea.; .Máquina Funciona.; .Amargo.. La máquina parece evolucionar verbalmente a toda velocidad, partiendo de una proto-lengua inarticulada (.Sagoma de Rhea.) hacia un paródico lenguaje de robotito de dibujo animado (.Máquina Funciona.) hasta llegar a un sofisticado y agresivo cinismo (.Amargo.).
-Formas de demostrar que somos superiores a nuestros robots: Poner monedas falsas en las máquinas de los colectivos; Poner palitos de helado en las ranuras de los teléfonos públicos; Reiniciar la computadora (el equivalente cibernético a golpear a alguien en la nuca para que reaccione); Abrir la puerta del ascensor mientras está funcionando para detenerlo; Utilizar un palo para cambiar los canales desde los botones de la videocasetera cuando el control se niega a aparecer; Cruzar aunque el semáforo esté en luz roja (aunque este no lo recomiendo).
-Un pequeÑo repaso de nuestra fauna robótica urbana: El negro musculoso de .Gánele al negro. que había en la calle Lavalle; Los maniquíes de brazo mecánico banderillero de estacionamiento; .Turbolino. (El homúnculo de espasmos hidráulicos que publicita los talleres mecánicos); Todos los muÑecos del Tren Fantasma; Las figuras bíblicas animatrónicas de .Tierra Santa. (incluida la de Nuestro Salvador, que aparece puntualmente cada 45 minutos); Un gorila que rugía y se movía en la puerta de una peluquería infantil en Saavedra (imagino que hasta el día de hoy su dueÑo se preguntará por qué los niÑos se resistían a entrar a su local); Los muÑcos a cuerda que, aÑos atrás, una seÑora que vendía juguetes para grandulones de treinta aÑos hacía funcionar sobre las mesas de diversos locales de Palermo Hollywood. (Aún conservo un monstruo del pantano que echa chispas); La Flor Gigante de Ibarra.
-Una muestra del increíble poder de adaptación del ser humano (y de su poca consistencia): Cuando aparecieron las máquinas de los colectivos, todo el mundo protestaba: las máquinas se tragaban las monedas y escupían las que les caían mal; en un momento hasta pareció que iban a retirarse. AÑos después, las máquinas siguen andando pésimo y cometiendo los mismos crímenes. Sin embargo, a nadie se le ocurre armar un escándalo. Ni siquiera nos damos cuenta: Nosotros, los seres humanos, nos hemos adaptado a su torpeza.
La sensación general es que los robots están entre nosotros. Pero no son fríos y siniestros seres de superioridad intelectual que están listos para dominarnos. Más bien son estúpidos seres, medio torpes y sin sentido de la oportunidad, pero muy cargosos, que nos recuerdan a algún vecino o compaÑero de la secundaria, y que Sí nos dominan, pero ganándonos por cansancio. El poder del plomazo es insuperable.
Ya recomendé esta página, pero, ¿qué le voy a hacer? Está buenísima y viene muy al caso.
Publicado a las 00:31 a.m.
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