Alejandro L. tiene 34 aÑos y, dice, puede considerarse afortunado. Los oportunistas vientos del dólar alto han traído consigo un aluvión de producciones publicitarias del extranjero, por lo que su profesión –redactor publicitario- se ve relativamente bien recompensada. Esto le ha permitido, entre otras cosas, terminar de pagar el crédito de su departamento en Villa Crespo (aunque él insiste, contradiciendo el catastro municipal – y eso que lo chequeamos personalmente al día siguiente de la entrevista frente a él, con la colaboración de un funcionario y un agrimensor, pero en fin, no le rompamos la ilusión – en que se trata de PALERMO), viajar, y empezar a soÑar junto a su esposa (aunque se trata más precisamente de su “concubina”, pero no quisiera seguir atormentándolo) con la fundación de una familia.
Pero Alejandro no es feliz; carga con la mochila de la vergü Alejandro tiene miedo a parecer “políticamente correcto”.
En cada evento social o reunión de trabajo, Alejandro siente cada tanto, ante la charla ácida de sus colegas, donde se mezcla el chiste sangriento sobre tragedias recientes o la competencia para ver quién tira el dardo más venenoso contra alguna bandera del zurdaje tradicional, el impulso irrefrenable de decir “pará, loco, que con eso no se jode” o “por qué no pensás a quién podés herir cuando decís algo así” o “mirá, por lo menos ellos lucharon contra la dictadura”; pero sabe perfectamente que quedaría como un desubicado y calla.
Alejandro comprende que no es que sus compaÑeros sean “reaccionarios” cuando hacen mofa del discurso piquetero o las propagandas de Greenpeace. Más bien es una víctima más de una suerte de neo-posmo-contraculturalismo para-psicodélico y post- kirchnerista, que ha inmerso el corte ideológico vigente en una paradoja espacio -temporal, según la cual lo “políticamente correcto” es ser “políticamente incorrecto”. Significa declarar “yo soy medio progre, pero jamás diría esas cosas que dicen los progres”.
Así, no se pueden declarar públicamente cosas como “yo no compro más productos con poliestireno” o “eso es un poco machista” sin arriesgarse a que le digan que tiene un “discurso progresista”, que en la actualidad significaría que es una especie de BOBO.
Como en los tiempos del nazismo o el Proceso de Reorganización Nacional, Alejandro debe esconder bajo placares y baldosas flojas de su casa de Villa Crespo (porque vive en Villa Crespo) sus discos de Los OlimareÑos, el Cuarteto Zupay y hasta de Serrat, lo mismo que un par de libros de Neruda, y a reprimir su nostalgia por ver películas con Federico Luppi puteando; pero no por miedo a una purga fascista sino al qué dirán de sus POLíTICAMENTE CANCHEROS ex compaÑeros de la facultad o de la agencia de publicidad enfundados en sus remeras de Ren y Stimpy y acariciando sus repelentes barbas candado.
También ha debido, una noche oscura, llevar su guitarra a un descampado en Florencio Varela y enterrarla como un cadáver mientras sollozaba y pedía perdón a los espíritus de la canción de protesta que aún vibraban en la cuerdas de nylon, por temor a tocarla durante una reunión –lo que ya es un quemo – y a que sin darse cuenta se le escapen los primeros acordes de “Canción Urgente para Nicaragua” o “Qué culpa tiene el tomate”: Sabe que las frases “pintó el fogón” o “todos a juntar café en Nicaragua” pronunciadas con la suficiente sorna podrían desatar en él una reacción de furia socialdemócrata, terminando por aguar la fiesta con un discurso globalifóbico o con el poema ese que dice Cipe Lincowsky cuando hay una catástrofe.
Alejandro teme que de tanta autocensura ese estallido no tarde en llegar, y mira la repisa inaccesible del ropero de su casa de Villa Crespo (porque, no sé si aclaré esto, vive en Villa Crespo, no en Palermo; en Villa Crespo) donde oculta sus pulóveres con motivos peruanos o la revista “Hecho en Bs. As.”, como el adolescente que cuida de reojo el secreto de su colección de pornografía, un fetiche que a su vez lo observa a él diciendo “eres mío; no podrás ocultarme por mucho más; eres una bomba de tiempo ambulante”, y vive una vida diurna de pesadilla.
No seamos indiferentes al drama de Alejandro.
Esta es una campaÑa de bien público. Si desean colaborar envíen dinero en efectivo a la casa de Podeti o a yovoteabordonytodavianolopuedocreer@ubbi.com
Publicado a las 23:40 p.m.
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