Guía para llegar a la playa a la peor hora:
1) Primero, levantarse no tarde tarde pero tampoco temprano temprano, digamos un nueve y media o un diez y media.
2) Disfrutar de la hermosa maÑana, el silencio, el canto de los pájaros, el hermoso bosque. Si está en un hotel en el centro de Montecarlo (o de Villa Gesell o Mar de Ajó), disfrutar del sonido arrullador de los gemidos resacosos de los jovencitos que regresan luego de una noche de degeneración recreativa.
3) Tomarse su tiempo, desayunar con calma, disfrutar de las infusiones diuréticas y los rulitos de manteca provistos por el hospedaje de turno. Nadie lo corre.
4) Ver la hora. Sentir un leve aguijoneo de angustia, ya que la idea no es ir a la playa “a la peor hora”, un doce doce y media o una y cocinarse bajo los ultravioletas asesinos. No, no, a esa hora se vuelve. Decir “Bueeeeeeenooooo…”
5) Juntar los enseres mínimos. Recordar que usted es re canchero, no uno de esos pelafustanes domingueros que se llevan medio departamento a la playa, cargados con sombrillas como pobres bueyes. Protector solar, toalla (que sirve también de esterilla), algún juguete para los niÑos, receptáculo para transportar esos objetos, punto.
6) Perder diez o quince o un media hora buscando uno de esos objetos indispensables, por ejemplo el protector solar.
7) Ponerse la malla, esperar a que su pareja también lo haga, preguntarse por qué no se dejan la maldita malla pegada con adhesivo a base de protector solar durante los quince días de vacaciones. Ponerle la malla a los niÑos, que de pronto han decidido que odian la playa con todas sus fuerzas. Intentar convencerlos sin tampoco demasiada convicción personal.
9) Ir al baÑo antes de salir, claro.
10) Ahora sí, listos. Pero antes a usted se le ocurre que sería una excelente idea llevar mate a la playa para tomarlo con 38 grados de calor.
11) Calentar el agua o llevársela al funcionario del hospedaje encsargado de ese menester. Esperar que se digne a hacerlo.
12) Meter termo, mate y yerba en el bolso. El termo no entra, así que hace falta otro bolso. Buscarlo, sacarle lo que no hace falta.
13) Ya que hay otro bolso disponible, aprovechar para llevar más cosas, por ejemplo esas vetustas paletas de madera y un libro y una botella de agua.
14) Esperar a que los niÑos, contagiados por el furor de preparación de equipaje, llenen su mochila de los Power Rangers con más juguetes.
15) Ahora sí, salimos al pasillo del hospedaje o al camino principal del camping. Escuchar que su pareja diga “Esperá un cachito”, y vaya al cuarto a hacer algo misterioso y luego vuelva.
16) A mitad de camino, volver porque a uno de los niÑos le dieron ganas de ir al baÑo.
17) Mientras esperamos, seguir poniendo cosas en el bolso, como naipes, el diario, un ekeko (por las dudas).
18) Ahora sí, salir al pasillo y luego a la calle. Aún no es el mediodía, pero hace un calor infernal. Esperar a que tu pareja vuelva para buscar gorros para los niÑos.
19) Cuando vuelve, decirle que espere un cachito y volver a la habitación para ir al baÑo (es increíble cómo trabaja nuestro amigo el aparato digestivo cuando uno está de vacaciones).
20) Han pasado fácil dos horas. Ahora sí, salir.
21) A los trescientos metros, volver a buscar la billetera. Sentir la garganta agarrotada por la congoja.
22) Volver a salir, no sin antes decidir que “mejor nos ponemos protector solar ahora, así no se hace una pasta con la arena”.
23) Salir definitivamente. Olvidar algo importantísimo y fundamental, pero decir “bueno, basta, ya fue” con un desafiante espíritu de libertad y audacia.
24) Llegar a la playa exactamente a las doce y media del mediodía, cuando la gente sensata se retira a almorzar en un lugar con aire acondicionado o bajo unos frescos y frondosos árboles, y (mientras suspiramos de admiración y envidia por el pelafustán dominguero que tuvo la ocurrencia de llevar una sombrilla) entregar nuestra epidermis y la de nuestra familia como sangrienta ofrenda al Dios del Melanoma.
Publicado a las 09:12 a.m.
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