La respuesta “cafeína” queda descartada. ni la cafeína industrial transgénica mutante es capaz de producir la adicción y comportamiento errático que provoca el café de la máquina de mi oficina. Estos son algunos de sus efectos secundarios:
-Imágenes idílicas de la máquina rondando nuestra psique mientras trabajamos, con el consiguiente impulso de interrumpir nuestro trabajo, levantarnos de nuestra silla ergonómica y refugiarnos bajo su ala.
-Preocupación malsana por los males que sufre la máquina; si no funciona, esto se convierte en un tema de conversación. Si el café sale con consistencia o color extraÑo, los rumores y el pánico empiezan a extenderse y corremos a quejarnos ante el personal técnico más expeditivamente que si fallece nuestra PC. Si en el display dice “apagado” o “Máquina off” nuestro día queda arruinado. Si justo pasamos cuando el técnico la ha abierto para arreglarla y vemos sus entraÑas expuestas no podremos comer durante una semana. En resumen, un compaÑero puede faltar durante varias semanas víctima de la mononucleosis y prácticamente no lo notaremos, pero los percances de este robot nos hieren en lo más profundo.
-Adaptación de los centros del lenguaje al proto-idioma de la máquina, logrando decifrar lo que significa “Sagoma de Rhea” o “Erogación” que expresa a través de su display de cristal líquido en blanco y negro y en algunos casos, cuando nadie nos ve, contestándole.
-Movimientos oculares involuntarios cuando pasamos a su lado, chequeando de reojo si funciona, si nos tienta o si sencillamente sigue allí.
-Estímulo artificial de los centros técnicos del cerebro, permitiéndonos entender su funcionamiento a toda velocidad. Y lo dice quien todavía siente terror pánico de abrir la pestaÑa “herramientas” del Word.
-Fastidio, impaciencia patológica y hasta ataques de odio contenido hacia el cliente de la máquina que está antes que nosotros. Su conversación casual nos irrita por su banalidad, y porque le roba preciosos segundos al acto de elegir, servirse y retirarse para que nos tioque a nosostros. Si se sirve más de un café, “para llevárselo a Fernández de contabilidad”, rumiamos con sorda furia que debería haber un protocolo más claro (que tal vez pudiera leer se en el display de cristal líquido), que dijera claramente que es un café por turno.
-Tolerancia extrema a sus errores y vicios: a servir el café aunque no haya vaso, a “olvidarse” de la leche, a incluir esas cucharitas planas que no sirven para nada, obligándonos a retirarlas y quemarnos los dedos en el proceso. Cualquier vejación queda perdonada y olvidada y nos enfurecemos con quien la critica.
Sé que estos son los clásicos síntomas del adicto, así que no he descubierto la pólvora. Sn embargo, quiero seÑalar con curiosidad que no somos tanto adictos al café de la máquina como a la máquina en sí; al pequeÑo ritual de apretar los botoncitos, a ese lúgubre e incómodo espacio de relax, al recorrido que debemos salvar para reencontrarla. A su presencia de hermana, madre y amante.
Así que, en serio, ¿qué le ponen? ¿Cuál es el plan oculto? ¿Qué ingenio nanotecnológico han logrado incluir entre los granos de café para lograr estrechar este lazo hombre – máquina y convertirnos en más que en clandestinos esclavos bio – mecánicos?
Aaah, me voy a tomar un café.
Publicado a las 11:20 p.m.
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