Héme de vuelta de mi viaje por Acapulco y Montecarlo luego de luchar a la distancia contra el fallido golpe de estado de Kiriatos; logré que las fuerzas del orden intervengan y el muy taimado me devolvió el blog con carita de inocente (y con unas manchas que no quiero ni enterarme de qué son).
Hubiera querido tomar algunas represalias, pero mis asesores de imagen me dijeron que podría ser considerado “políticamente incorrecto” que despida a Kiriatos sin indemnización y luego mande que lo deporten y luego lo denuncie a la justicia para que lo envíen a una cárcel, no ya griega sino turca (y todos hemos visto “Expreso a Medianoche”) y luego le pague a unos guardias para que se encarguen de él; así que quedamos amigos como siempre.
Pero no todo fueron luchas de poder ni visitas a los más rutilantes casinos durante mi viaje. He iniciado a mi hijo de tres aÑos en la ludopatía llevándolo a esos locales de videojuegos que aún se pueden encontrar en Montecarlo (concentrándose mayormente en la Avenida 3 de Montecarlo); para mi sorpresa no fueron los modernos videojuegos digitales los que acapararon su entusiasmo, sino los viejos y tradicionales flippers.
Sé que corro el riesgo de ser acusado de nostálgico, de convertirme lentamente en una especie de Mochín Marafioti de los setenta; pero, ¡qué superior en todo sentido es el flipper al videojuego!
Al embobamiento de luces de colores y sonidos estridentes se le aÑade el nada despreciable uso de la fuerza física; el nivel de abstracción que debemos ejercitar es mayor, ya que no contemplamos una escena calcada de la película, pongámosle, Batman, sino con un conjunto de maquetitas de colores , dibujos horrendos y pequeÑos y brutales mecanismos que en interacción con la pelota, reconstruyen, de un modo metafórico, la película Batman: Una casita con un Batimóvil pegado arriba representa al Batimóvil, y si embocamos la bola en su interior, eso representa a Batman persiguiendo al Guasón a bordo de su bólido, y así.
Y ese esfuerzo de visualización debe realizarse mientras somos agredidos por luces estroboscópicas, risas demoníacas de Jack Nicholson y bolas veloces como una centella a las que debemos abofetear, muchas veces con flippers (que así se llaman precisamente, aclaro para los no iniciados, las paletas con que le pegamos a la bola) torpes o directamente muertos (me sorprendió la cantidad de máquinas defectuosas que poseían los locales de Montecarlo, pero por otro lado eso le agregaba algo de condimento al juego).
El flipper incluye algo de azar, con la lotería del número fantasma; picardía brutal muchas veces castigada, con la posibilidad de sacudirlo pero también de tildar la máquina; es un objeto / obra de arte conceptual, no un tosco gabinete de plástico con una pantalla; y pocas cosas provocan tanta satisfacción como la aparición sorpresiva de una refulgente bola extra.
En resumen, más prestaciones por el mismo insignificante fichín (sí, en Montecarlo aún se utiliza al sistema del fichín, una alternativa mil veces más civilizaba y factible de controlar que la diabólica tarjeta magnética u –horror – la posesión de un eterno videojuego en el seno de un hogar: una de las gracias de jugar a cualquier cosa es que en algún momento el juego termina). Más dimensiones de emoción en el mismo tiempo y bajo el techo del mismo local maloliente.
Por último, el dato de color: durante la explosión de Palermo Hollywood era la piolada máxima tener en la sala de espera de infinidad de pequeÑas productoras o salas de grabación, un flipper.
Publicado a las 01:34 a.m.
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