viernes, 14 de enero de 2005

¡A Mí PARA QUE ME META EN EL MAR ARGENTINO ME TENéS QUE PROPONER UN INCENTIVO!





Propongo la tesis de que nuestra Costa Atlántica es un lugar inhabitable colonizado por error; una situación similar a la de quienes han fundado un pueblo en la ladera de un volcán sólo para enterarse veinte aÑos después que estaba activo. O como intentar crear una colonia agrícola en el Kalahari.


Probablemente el primero que tuvo la idea de fundar allí un balneario lo hizo mirando fotos traídas por algún explorador poco escrupuloso, juzgando a través de las imágenes que ese lugar era algo parecido a una “playa”.


Vistos de lejos, los elementos estaban y siguen estando allí: La arena. El mar. El sol. Pero así como un conjunto de vocales y consonantes mezcladas al azar no confeccionan necesariamente la novela “Moby Dick”, estos tres elementos no arman per se una playa.


Porque la arena de nuestras playas parece estar realizada a partir del rallado industrial de las piedras más filosas y abrasivas que se puedan encontrar; El sol, gracias a nuestra cercanía con el agujero de ozono, produce en nuestra piel toda clase de diseÑos fucsia de estilo brutalista; y el mar es HELADO. Quien diga que no ha sentido, al meterse en nuestras aguas, la adrenalínica y emocionante sensación de estar al borde de un infarto masivo, miente como un cochino.


No quiero con esto desalentar al turista medio (que por otra parte ya se ha costeado hasta ahí) de que se meta en las procelosas aguas del Mar Argentino. Pero entiendo que luego de la primera experiencia hace falta algo más que la frase “qué lindo es el mar” para lanzarse al mundo de la criogenia recreativa. Necesitamos razones, justificaciones y una sólida base argumental.


Existen argumentos que se caen de maduro: Estar en la arena cocinándose simplemente es un tormento, además de un plomazo. El alivio está allí, a unos metros, y ser mecido o abofeteado por la olas tiene su lado entretenido. Pero a veces, lo reconozco, la sensación de gangrena instantánea que sentimos al mojar los tobillos desalienta por completo nuestra decisión.


No, si queremos asegurar nuestros baÑos marinos debemos utilizar las técnicas del marketing más despiadado y agresivo. “Crea una necesidad y llénala”, dice uno de los lemas básicos de esta disciplina. Lo único que necesitamos entonces es un abundante desayuno con profusa ingestión de líquidos, lo que además es buenísimo para nuestra salud. Una playa solitaria y natural, sin servicios básicos, y en lo posible extensa, como para que los médanos y los arbustos no nos sean de utilidad.

Entonces, cuando nuestro sistema interno de desagote empiece a tironearnos, tal como un niÑo, más precisamente como nuestro niÑo interior, del saco de nuestra desesperación, diciéndonos “Papááá… Papááá… Papááá….” hasta que ya no podamos fingir que estamos muy ocupados haciendo cálculos trigonométricos y no lo escuchamos, tenemos dos opciones: cruzar kilómetros hasta la duna más cercana, quemándonos los pies, o utilizar el imponente océano, el camino de la ballena, el insondable hogar de los más oscuros misterios, como mingitorio.


Orinar en el mar es todo un símbolo; representa la lucha del hombre, que a pesar de su insignificancia frente a las todopoderosas fuerzas de la Naturaleza, intenta pagarle con la misma moneda, aunque un tanto devaluada; devolverle los golpes sufridos por millones de baÑistas a lo largo de la historia, tal como un David frente a un infinito y multiforme Goliat, con una honda insignificante (bueno, no tan insignificante) pero noble.


Y si la lucha está perdida desde el principio; si nuestro Enemigo Azul no siente nuestro ante sutil ataque más molestia que la picadura de un mosquito, un mosquito especialmente pequeÑo (bueno, no tan pequeÑo); si los Dioses, al ver nuestra lucha, se ríen de nosotros por nuestro fútil y patético esfuerzo, lanzaremos de cualquier modo nuestra tibia munición , orgullosos por haber luchado hasta el final, con la fuerza que da la convicción de que igual no tenemos más remedio.


Y con la satisfacción, por fin, de que por un momento, y en la extensión de unos modestos centímetros cúbicos, hemos contribuido a convertir nuestras inhóspitas aguas en el símil de un cálido mar caribeÑo.


Publicado a las 08:33 a.m.


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