Escribe Agustín Pandolfi
Corresponsal en el exterior de “Yo contra el Mundo”.
volvepandolfi@ubbi.com
Pamplona. 12 de julio.
Bueno, por poco le doy una gran alegría a los que esperan que vuelva para allá con la cola entre las patas (o más bien con los pies para adelante). Casi no cuento el cuento.
Yang, el dueÑo del restaurante chino para el cual realizo tareas de promoción y marketing urbano, nos invitó a mí y al Winston a Pamplona – el Winston se re emocionó porque se acordó de la exquisita pamplona uruguaya – a disfrutar de esta fantástica fiesta que se llama San Fermín. O “los San Fermines” (es como que son varios, aunque a mí me pareció uno solo, pero todavía no estoy del todo empapado en esta cultura. Andá a saber). Una maravilla, una algarabía, un colorido, nada que ver con el San Fermín de allá.
Nooooooooooooo, yo ahora me acuerdo cuando iba a ver los San Fermines de allá, esos que se hacen en la Rural, y me da verguenza. Primero que acá son unos animales espectaculares, unos toros descomunales de 600 kilos, y no andan haciendo la chantada de andar mezclándolos con vaquitas, chanchos, caballos o puestos de dulces regionales para hacer bulto. No, no. Van a lo groso, a los toros.
Y aparte no los tienen encerrados en unos corralitos infames. ¡No, los sueltan en la calle, como debe ser un San Fermín en serio, para que sean libres, para que vuelvan a su hábitat natural, para preservarlos de la extinción! Allá en cambio nos los morfamos, te das cuenta. ¡No hay caso, es otra cabeza, otra cultura, otra mentalidad! Acá la gente no le tiene miedo a la libertad, sobre todo a la libertad de un toro medio enfermo de la cabeza corriendo por la calle. Y fijate qué fina ironía que manejan, que los sueltan pero le dicen “encierro”.
Y después no se hace la chantada (esto ya es mortal y te pinta de cuerpo entero cómo somos los argentinos) de ir y comprar los animales en un remate. Nosotros siempre estamos pensando en el negocio, en la plata, en sacar una ventajita, en hacer una trapisonda.
Decí que esta hermosa fiesta estuvo a punto de ser empaÑada por los irresponsables de siempre, una banda de tarados que se pusieron adelante de los toros. No me extraÑaría nada que fueran argentinos – me pareció que había mucho turista emergente por el “uno a uno”, mucho “déme dos”, mucha camiseta de Boca, mucho “che, boludo” – pero a mí me pareció una barbaridad. ¡Siempre haciendo papelones en el extranjero, haciéndonos quedar mal, dando la nota! Aparte, ¿qué se les metió en la cabeza? ¿Qué se pensaban, que si agarraban un toro se lo iban a poder llevar a la casa y sacar alguna ventajita? Decí que acá no es como allá, hay mucha tolerancia, no vas preso por cualquiier cosa – salvo por tirar un papelito en la calle – porque sino mínimo ayer tendrían que haber mandado un camión hidrante.
Y yo casi sufro una desgracia – no en la suelta de toros porque mayormente lo vi en la tele del hospedaje – sino después, mientras con el Winston nos hacíamos pasar por uruguayos frente a unos chabones – yo acá no digo que soy argentino ni loco, no sabés cómo nos odian y razón no les falta – y resulta que esos eran uruguayos en serio, así que nos descubrieron y se pusieron medio violentos y cuando me escapé me torcí el pie.
En fin, esta es mi colorida pintura sobre esta fiesta donde se celebran la libertad y la ecología. Ustedes sigan, sigan con el Obelisco y el tanguito y la interna peronista y los fideos de la mamma y el Potro Rodrigo que somos los mejores del mundo y así va a salir adelante el país. Mamita querida.
Publicado a las 11: 50 p.m.
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