lunes, 8 de noviembre de 2004

¡UN GESTO DE “QUé HAMBRE” VALE MáS QUE MIL ARGUMENTOS IRREFUTABLES!





Ignoro por qué los niÑos que aparecen en las publicidades son tan irritantes. Una teoría posible es que tal vez los publicitarios (probablemente por una cuestión hereditaria) tengan niÑos igual de irritantes y cancheros, por lo que el modelo más cercano a partir del cual crean sus piezas ya viene percudido. Otra teoría es que las publicidades donde aparecen niÑos son creadas por publicitarios sin hijos, que tienen de éstos una idea entre repelente y alienígena. Como padre y hombre adulto, sin embargo, no puedo más que salir en la defensa de nuestros retoÑos y aclarar al consumidor medio que dudo mucho que un niÑo normal diga “Che, ¿y si le ponemos a esto un poco más de onda?” mientras reproduce el gesto de “¿una moneda, vieja?” con su pulgar e índice formando una Ve corta.


Aclarado ésto, tengo que congratularme de una revelación que me llena de gozo. No sé si el gesto ha sido espontáneo o basado en la realidad; el caso es que una reciente propaganda de postrecitos muestra a una niÑa de unos diez aÑos generando el gesto conocido como “Mmmm, qué hambre, comete un pancho”. Felicito a la niÑa en cuestión (aunque más tarde, en la propaganda, dice “obvio” en un tono bastante reprobable).


Este gesto es uno de los hallazgos de síntesis y elocuencia más grandes de la historia de la comunicación, y celebro que haya sobrevivido a por lo menos una generación. La historia de este gesto es relativamente reciente. No vemos a mayores de cuarenta y cinco aÑos haciendo “qué hambre”. Si no me equivoco, fue creado allá durante el aÑo 1975, en una Argentina que conservaba la ilusión de prosperidad, y la expresión verbal que lo describe pertenece a un país donde el Hambre era aún una entidad lejana que podía banalizarse.


Para quienes no estén familiarizados con “qué hambre”, el mecanismo para realizarlo es el siguiente: Primero, se muerde el labio inferior con la dentadura superior (intentarlo con la dentadura inferior puede ser peligroso); luego, la mirada debe comunicar infinito fastidio, mirando al prójimo a quien se quiere humillar como si fuera un completo negado (para esto último se pueden fruncir las cejas como expresando lástima), o bien se mira con los ojos hacia arriba; Por último, se mueve suavemente la cabeza de un lado al otro, ingrediente que vendría a agregar a “qué hambre” el subtexto “no puedo creer que esta persona sea tan imbécil”.


Si por algún motivo el mensaje sigue siendo confuso, se puede decir en voz alta la frase “Qué hambre”. También es válido, sin abandonar la expresión, simplemente emitir un sonido sordo parecido a una “Mmmmmmmhhhh”, pero no labial (la posición de la dentadura invalida el uso de los labios). Por último, el remate “comete un pancho”, efectivo hace treinta aÑos, hoy pondría en ridículo a su emisor, y se recomienda su uso sólo entre amigos cercanos o si se quiere suavizar el “qué hambre”, como diciendo “es un chiste, no te ofendas”.


La expresión “qué hambre” es muy útil tanto para suavizar el doloroso sentimiento de vergüajena (transformándolo en una sana hostilidad) como para socavar la validez de los argumentos ajenos, por perfectos que sean. Ni el polemista más riguroso puede sobrevivir a una expresión de “qué hambre” frente a él. ¡Brindo por las nuevas generaciones (o por lo menos por la nena esa de la propaganda), que han sabido recoger el legado de toda una generación en pos de la DENIGRACIóN FACIAL AJENA!


Publicado a las 23:50 p.m.


Post original

No hay comentarios.:

Publicar un comentario