Un compaÑero de origen brasileÑo y hombre muy viajado, me confirmó hoy lo que ya sospechaba por mi cuenta: consideraba a Buenos Aires como la ciudad “mais malhumorada do mundo”. Confesemos que si bien hace tiempo que estudio el tema, fue un pequeÑo shock corroborar este triste récord.
Mi compaÑero llegó a contarme que San Pablo, su ciudad de origen, es considerada por el resto de sus compatriotas como la ciudad del stress y las malas vibraciones; pero que no se podía comparar ni en broma con el nivel de infelicidad casi deportiva que parecemos practicar, ni con el desfile de rostros amargados que contempla aquí con algo de asombro. Es decir, no es normal. No estamos bien. No, no estamos bien.
El clima ,aparentemente, no alcanza como explicación; Tampoco nuestras desgracias políticas e históricas, que en nuestros países vecinos se repiten calcadas con ligeras variaciones de calidad o intensidad (mi amigo me contó sobre el “corralito” planteado por Collor de Mello, bastante más monstruoso que el nuestro). Me permito esbozar algunas posibles teorías:
Teoría de la genética del estereotipo nacional: Nuestros padres italianos solían portar esos rostros de digna tragedia que nos resultan tan admirables. Ahora bien, alcanza con mirar un par de películas de Ugo Tognazzi para comprender que se trata de una farsa para disimular lo bien que la pasan. Desgraciadamente les ha tocado cruzar cromosomas con nuestros padres espaÑoles, que suelen tomarse todo demasiado en serio y han comprado esa careta como si fuera un reflejo del alma (y alcanza con ver un par de películas de José Sacristán para confirmarlo).
Teoría de la poca cultura de los refrescos festivos: Hasta nuestras bebidas alcohólicas son amargantes: el vino puede ser exquisito pero te duerme; la cerveza te destruye el hígado y te voltea. Quienes intentan salir de allí prueban con ginebra o ferro quina y otras porquerías. En cambio, los saludables destilados de caÑa de azúcar de pueblos más alegres que el nuestro – ron o cachaca – no forman parte de nuestro patrimonio cultural. Y no porque nos falte caÑa de azúcar. Pero se usa para producir azúcar o papel… ¿Hace falta que diga que el azúcar es un veneno? ¿Y para qué queremos más papel? ¿No hay demasiado papel alrededor nuestro? ¿No ven que cada factura de la luz viene acompaÑada de medio kilo de inútiles folletos satinados? Si nuestras empresas de servicios nos enviaran una medida de ron en lugar de esas papeletas inservibles, estoy seguro de que pagaríamos con mejor predisposición. O nos olvidaríamos y nos podrían cobrar suculentos recargos. Para ellos sería negocio igual y nosotros estaríamos felices.
Teoría de la ausencia de playas como la gente: No hay mucho más que explicar.
Teoría de la defensa ideológica de ser un plomazo: Esto es lo más triste: nos enorgullecemos de nuestra crispación. Se la recomienda como antídoto para la frivolidad o la estupidez, como si no se pudiera ser ESTúPIDO y LLORóN al mismo tiempo.
Pero si alguien se atreve a tocar el tema, ¡cuidado!, porque será acusado de tontarrón y superficial y de no ser consciente de cuánto hemos sufrido y se lanzará un indignado discurso sobre masas oprimidas y muertos y corrupción y se le contará la desgarradora historia del pequeÑo escribiente florentino del libro “Corazón”, nada más que para molestar.
¿Qué se les puede decir? “Dios mío, me tienen podrido. Un poco está bien, pero aburren. De verdad. Son unos PESADOS. Tómense algo.”
Y como broche de oro, ante su contraataque ofendido, la respuesta más perfecta a cualquier discurso cargado de dignidad y autoridad moral:
“¡Ña, Ña, Ña, Ña, Ña, Ña, Ña, Ña, Ña!!!”
Publicado a las 11:43 p.m.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario