Marta Minujín puede estar contenta. El vanguardismo sesentista no ha muerto; sólo ha sido incorporado a nuestro universo y cultura en una forma tan transversal que ni siquiera nos damos cuenta. Porque, a la manera de las viejas obras de arte conceptuales, donde los espectadores eran obligados a ver un escenario vacío durante dos horas, o a recorrer una galería de arte con lienzos en blanco con el objeto de provocar quién sabe qué cosa, todos los días se nos somete a la contemplación de la nada como espectáculo.
Ni siquiera la ciencia de la astronomía escapa a esta tendencia: Periódicamente, las primeras planas de los diarios se cubren de algarabía por el hecho de que, en determinado momento de la noche, gracias a complejos fenómenos celestes, no vamos a ver la luna llena; y se nos dice con total desparpajo que sería casi un sacrilegio dejar de presenciar este prodigio, que consiste en una mancha negra o borroneada o roÑosa donde debería estar la Diosa Blanca de nuestros antepasados paganos.
Parece mentira que a esta altura del partido tengamos que estar aclarando que un espectáculo consiste en ver algo, no en no verlo. Pero, como decía, la negación como valor agregado está tan incorporada a nuestra vida que la tomamos como lógica:
Las estatuas vivientes, cuyo atractivo consiste en no hacer nada; Los mimos, cuyo aporte a la cultura consiste en no hablar; El Dogma Danés, donde tenemos el privilegio de ver una película sin algo, sea iluminación profesional, guión, diálogos o escenografía; Las películas en blanco y negro; El rock unplugged; El agua sin gas; Las gaseosas sin azúcar; La mayonesa sin colesterol; El paté sin capa de grasa; La cerveza sin alcohol; La decoración minimalista; Las mujeres sin formas (conocidas también como “modelos”).
Supongo que esta atracción por el escamoteo de cosas es un flagelo que fascina al hombre moderno de las grandes metrópolis. El hombre de campo está acostumbrado a la ausencia de cosas, a veces de cosas vitales; dudo que para él, necesitado de entretenimiento y novedades, el eclipse de Luna, esa Luna llena brillante e hipnótica que constituye el espectáculo perfecto, sea una buena noticia.
Pero nosotros, hastiados de hiperestimulación y asalto a nuestros sentidos, consideramos que la desaparición de algo es relajante. Este es también el motivo del éxito de David Copperfield. ¡Cuánta gente se habrá visto, más que fascinada por el truco, decepcionada por la reaparición de los voluminosos objetos que este ganso hacía desaparecer! ¡Cuánta gente habrá musitado para sus adentros con desaliento “Ah… Entonces la Estatua de la Libertad sigue allí… O sea que seguimos HACINADOS…”!
Pero en lo personal no me dejo apabullar: Sigo considerando la Obra Humana como una gesta que debe aplaudirse, y la Nada – después de todo, nuestro inevitable final – como un destino que debe postergarse todo lo posible; así que, astrónomos, guárdense sus eclipses, y no me despierten hasta la próxima lluvia de asteroides multicolores explosivos y superpoblados de alienígenas flúo.
¡Quiero ver ALGO, diantre!
Publicado a las 02:04 a.m.
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