Periódicamente la NASA hace el dramático anuncio de que un asteroide pasará relativamente cerca de la Tierra y luego, sin que nadie se lo pida, hace la tranquilizadora aclaración de que “hay muy bajas probabilidades de que choque contra nuestro planeta”.
Es ese tipo de frases tranquilizadoras que no nos tranquilizan en absoluto. Como si un desconocido tocase la puerta de nuestro hogar -donde estábamos lo más tranquilos – y luego de anunciarnos que el Loco de la Motosierra anda por el barrio, nos palmee la espalda y nos cuente que hay muy baja probabilidad de que venga a nuestra casa y nos corte en rodajas. Gracias, ahora sí me puedo ir a hacer la siesta.
Lo que sí es tranquilizador es que las grandes catástrofes nunca son anunciadas: Producto de la naturaleza o de la desaprensión humana, el cataclismo siempre aparece sin avisar, asestando su traicionero golpe oculto tras la cortina de la fatalidad (por favor, leer esta metáfora rápido y sin detenerse a reflexionar para que tenga sentido. Así que aunque nos advirtieran de antemano la cosa tampoco sería muy creíble. A menos, como ocurre en las películas, que el que lo avisa es un científico despeinado y sucio, despedido de algún organismo oficial por su excesiva honestidad, y con algún problema de tipo social: o alcohólico o traumáticamente divorciado. Pero, claro, ¿quién le presta atención? ¡El tipo es DIVORCIADO, DIANTRE!
No, el Apocalipsis, afortunadamente, vendrá de un momento a otro. Hay quien quisiera estar advertido. Claro, mucha gente disconforme con su vida tiene la fantasía de que, si la suerte estuviera echada, podría entregarse a sus más bajos instintos como un mono, con la confianza de que luego no existirá castigo, ni culpa, ni venganza.
Esto parte del confuso y estúpidamente alegre cliché de “A gozar que se acaba el mundo” (Sí, es la versión suave. Pero entiéndase “gozar” por “tener encuentros de tipo marital”). Es un manifiesto utilizado en relatos humorísticos y, como todo lo humorístico, es una PERRA MENTIRA. La realidad no es graciosa. La gente no se desmaya haciendo “plop” cuando encuentra al amante de su pareja en el placard, sino que cae en pozos depresivos o comete asesinatos. Y Jaimito sería diagnosticado de “niÑo hiperactivo” y luego pastilleado por algún psiquiatra inescrupuloso.
Pongámonos en situación: Nos avisan que maÑana a la tarde el planeta estallará en mil pedazos y se supone que la reacción más sana es entregarnos al solaz carnal. Tal vez esto revele cierto carácter melancólico de mi parte, pero creo que yo me sentiría DEPRIMIDíSIMO como para mandar a los chicos a dormir y disponerme a una noche de degeneración. Tampoco sé exactamente qué programa haría en ese caso; tal vez preferiría intoxicarme, pero ya saben el mal efecto de una sustancia embriagante sobre un estado de angustia. No, creo que sería para peor.
Un video: si se me ocurriera qué película estuviera a la altura de ese momento – y si quedara algún videocub abierto, cosa que dudo – creo que sólo me alcanzarían las fuerzas para alquilar un video. Como en un insoportable y deprimente domingo a la noche.
Eso es el fin del mundo; la mayoría no hemos estado en una situación remotamente comparable, así que creo que la analogía es válida: el Armagedón es, sencillamente, el domingo a la noche más grande del mundo.
Publicado a las 11:43 p.m.
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