Desearía si es posible y si todavía hay espacio postular una nueva teoría sobre la decadencia del carnaval argentino (y, como siempre, aclarar que cuando digo .argentino. quiero decir .porteÑo.; le pido a los rosarinos que me escriben siempre para avisarme que la Argentina no termina en la General Paz que acepten esta licencia literaria por un ratito).
Aunque desde hace unos aÑos se intenta revivirlo con murgas barriales y sonidos de tambores en las plazas de la esquina, aceptemos la realidad: nuestro carnaval no tiene, por decirlo así, la magnificencia y la alegría pagana de, por ejemplo, el carnaval de Río; y nuestras murgas, sin ánimo de ofender, están lejos de alcanzar la perfección coral de la llamada montevideana. Podría agregar que no tenemos máscaras y trajes tan evocadores como el Carnaval de Venecia pero tengo la impresión de que ese Carnaval debe ser un plomazo para turistas millonarios así que no quisiera tomarlo de referencia.
Y la respuesta no está en nuestra tristeza endémica o en el sentimiento trágico del que tanto nos vanagloriamos, sino en la omnipresencia de ese personaje arquetípico: el CANCHERO.
Podemos encontrar al canchero apoyado en su auto recién lavado con los pies levemente cruzados, comentándole sus hazaÑas sexuales a sus amigos; no lo encontramos, en cambio, en la fiesta de los Tontos donde el Mendigo es Rey y el Rey es Mendigo; no, el canchero es demasiado piola y sofisticado para prenderse en una fiesta pagana (el canchero es o ateo o participante de una religión oficial, pero nunca pagano) y disfrazarse de oso carolina (algún día quisiera que alguien me explique exactamente qué es un .oso carolina., pero lo dejaremos para otro momento). No, el canchero, en este caso, se para al lado del desfile (apoyado en su auto con los pies levemente cruzados) y hace comentarios ácidos sobre los tontos que pasan bailando.
Este canchero que desde los cuatro costados nos impulsan a ser (el prototipo de hombre exitoso argentino se reparte entre los siguientes cancheros: Carlos Menem, Marcelo Tinelli y Adrián Suar) se ha ido estereotipando con los aÑos, hasta ser una caricatura grotesca de canchero sin matices ni contradicciones, y por lo tanto cada vez más alejado de un canchero auténtico: Sean Connery (el mismo James Bond) se hacía el bufón en .La última Cruzada.; Vittorio Gassman caminaba con las manos y rebotaba ridículamente con su ex mujer en .Il Sorpasso.; y hasta Carlos Gardel, rey de los cancheros porteÑos, ponía una payasesca voz de mujercita en .Siga el Corso..
Como se ve, el verdadero canchero es capaz de hacer el ridículo sin ningún problema, mientras que la caricatura no. Y mientras más se empobrezca y esquematice, más alejado estará del espíritu carnavalesco.
¿Y para qué queremos participar en una fiesta tan indigna de nuestra piolada, además de pasarla bien? ¿Quién necesita asarse de calor dentro de un traje de Batman Gordo y exponerse a bombazos de agua?
Bueno, para empezar, pedazo de canchero descerebrado, fracasado y bobo, en países más civilizados que el nuestro tienen media semana de feriado oficial (y una de real, gracias a la aceptación tácita de la existencia de la resaca); y mientras escribo esto y pienso que me tengo que mandar para el infierno laboral, más creo, canchero infeliz, en bajarte los dientes de tu semi sonrisa gardeliana con un zueco de aldeana holandesa.
Publicado a las 08:42 a.m.
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