Los chupatintas universitarios de turno le echan periódicamente la culpa a la televisión, a los bajos presupuestos educativos, a los videojuegos y por poco no me echan la culpa a mí; o a usted, seÑor, seÑora, que no ha hecho nada; El caso es que las horripilantes cifras referidas a la caída o muerte de hábitos de lectura podrían tener un culpable más obvio y, por lo tanto, algo invisible.
¿Han intentado leer un libro? Siendo un padre de familia honrado y un hombre trabajador mis posibilidades de hacerlo son prácticamente nulas, excepto tal vez durante mis largos e infernales viajes en colectivo rumbo a las minas de sal.
No obstante, la Madre Naturaleza no desea que leamos en el colectivo; así como a los cachorros felinos los ha equipado con un nervio en el pellejo que los inmoviliza para que mamá gata, mamá pantera o mamá ocelote pueda trasladarlos con tranquilidad, a los humanos nos ha encajado un mecanismo que nos duerme como lactantes al instante en que los vehículos se ponen a traquetear; Ingenio natural que evita que nuestros cachorros intenten tirarse por la ventanilla ante cada vendedor de pochoclo que ven en la calle, pero que también nos impide disfrutar de “La Insoportable Levedad del Ser” en el trayecto Claypole – Ciudad Universitaria.
Pero uno cree en la autosuperación personal y busca el hueco, ubicado tal vez entre la confección de la lista de compras y el despertar del niÑo, para emprender intentos de culturización. Y entonces empieza la pesadilla.
Repito: ¿Han intentado leer un libro? Francamente yo no me acordaba que hubiera que machetear tanto yuyo para llegar al principio. Pero después de la “Introducción”; el “Prólogo” y el “Prefacio”; los “Agradecimientos” (¡los imbéciles de los escritores se creen que están en la entrega de los Oscars, diantre!); las “Palabras preliminares” (Como si todo lo anterior hubieran sido palabras finales), la “Nota del Autor”, la “Nota del editor” y la “Nota del traductor” (Sólo falta la “Nota del Vendedor” o la “Nota del Tipo al que le chafaste el Libro”), la “Dedicatoria” y la “Bibliografía” (sí, algunos sádicos la ponen al principio), e incluso la “Advertencia”, cuando ya estamos agotados y lo único que deseamos es un bloody mary y a la cama, recién ahí podemos lanzarnos a la maravillosa aventura de las letras.
Entonces al hijo de perra se le ocurre empezar el libro con una descripción; Algo así como “una franja de verde purpúreo recorre la planicie que rodea al lago Winnepazookie, ubicado algo más de dos leguas del paredón rocoso que divide el Condado de Finkleton en una áride planicie al noroeste y una serie de bosques de sicomoros y abetos que adoptan un tinte entre cobrizo y arratonado al sudoeste, pareciendo desde el avión una serie de artísticos manchones pincelados repartidos en partes iguales alrededor de un lienzo de color amarillento.”
¿Tanto miedo tienen a empezar su trabajo de una vez, parásitos literarios? ¡A ver si son guapos! ¡A ver si se ANIMAN a poner en la primera página el asesinato del millonario, y el nombre del asesino en la segunda! ¡Y si después me da por hacer zapping con el libro de al lado, bánquensela en vez de estar retaceándome nudos y desenlaces como una colegiala histérica!
Pero guárdense sus prefacios, prólogos y preámbulos. ¡Quiero irme a dormir con la sensación de que EMPECé un libro, diantre!
Publicado a las 10:02 p.m.