viernes, 1 de junio de 2007

¡Webloguero narra su valerosa lucha contra la uÑa encarnada!





pie.JPGLa primera vez que tuve una uÑa encarnada fue hace unos veinte aÑos.


No, empecemos de nuevo. Nunca puse un taller literario, pero si lo hiciera la primera regla que pondría sería .por favor, no empiecen un relato diciendo .la primera vez que tuve una uÑa encarnada.. Ya que estamos, tampoco mencionen forúnculos ni pústulas. Es una regla básica de la literatura… Vamos allá:


La primera vez que me convertí en una víctima de la medicina moderna fue hace unos veinte aÑos. Verán, tenía una uÑa encarnada, y creyendo que en la Facultad de Medicina te enseÑan tooodas, todas las partecitas del cuerpo y sus correspondientes enfermedades, fui a una clínica donde me atendió un médico, con diploma, juramento hipocrático y todo.


El tipo, luego de escucharme manifestar mis horrendos sufrimientos, concluyó que lo mejor era .pedir turno con el quirófano.. Como, al igual que muchas personas, la palabra .quirófano. me provoca cierto rechazo, me fui de ahí para no volver, y seguí sufriendo por unos días más mientras repasaba las biografías de rengos famosos, para convencerme de que igual podría convertirme en un gran hombre.


Entonces tuve la ocurrencia de ir a un pedicuro; con dos pases mágicos y unos instrumentos descartables, el hombre me liberó del padecimiento y comenzó un feliz período de mi vida: un período en el que no tenía una uÑa encarnada.


La segunda vez que sufrí este flagelo (tengo la obligación de aclarar que no me corto las uÑas de los pies cristianemente con un alicate, sino que me arranco las partes sobrantes mientras veo la tele, como una especie de hobby) me dije .Esteban, salteemos el trámite del médico., y concurrí nuevamente al Dr. Scholl, donde si bien la mujer que me atendió fue un poco más brutal me solucionó el problema en un periquete.


Pasaron un par de felices décadas sin uÑas encarnadas, y a la tercera, o sea ahora, ante síntomas muy parecidos (consistentes básicamente en .dolor insoportable.), y manifestando una vez más mi COMPLETAMENTE ILóGICA MANERA DE PENSAR, usando el mismo tipo de razonamiento que me induce a creer que la tele se va a arreglar sola, concluí que .seguramente, esta vez un médico va a saber arreglar mi problema..


Los facultativos de turno no sólo me recetaron antibióticos, baÑos con methiolate y amenazaron nuevamente con el quirófano, sino que ni siquiera SE DIERON CUENTA DE QUE TENíA UNA UÑA ENCARNADA; y sólo la insistencia de la dueÑa de mi corazón y madre de mis hijos, que por cierto es bastante más razonable que yo, me obligó a concurrir al viejo y querido pedicuro.


Una vez más, el amable profesional de los pies, a quien habría que levantarle un monumento, supo hacer lo que mil eminencias médicas no lograron: curarme y acabar con mis padecimientos. Con las habilidades combinadas de un relojero y un chef especializado en peceto mechado, el tipo hurgó las durante un rato mientras me acompaÑaba en mi diatriba contra la carrera de Medicina, y por fin extrajo un trozo de uÑa de medio centímetro de profundidad que supongo estaba excavando en busca de un yacimiento de calcio.


El tratamiento no fue completamente completamente completamente indoloro (y le aconsejo a cualquier organización terrorista que no intente reclutarme, ya que me he dado cuenta de que soy capaz de cantar nombres, domicilios y seÑas particulares de mis amigos más queridos ante la más mínima punción), y entre otras cosas el profesional me explico que .el dolor mismo te va a anestesiar el dedo., lo cual me pareció UNA GENIALIDAD, aunque espero que este concepto no cunda entre los cardiocirujanos; pero sí puedo asegurar que fue cortito, y que el alivio fue inmediato y hoy soy feliz, no como ayer.


La indignación de turno, una vez más, fue contra los médicos. No entiendo por qué no saben nada de pies. Es como si la medicina estudiara el cuerpo humano en su totalidad, le dejara el franchising de una parte a los odontólogos, y luego, al llegar a los tobillos, decidiera que .ya está, suficiente, total, qué puede pasar en los pies de malo.. Ni siquiera son capaces de derivarte a un podólogo, como sí te derivan al dentista; parece que no quisieran aceptar que alguien sin título de médico puede curar algo, o tal vez los consideran una especie de curanderos.


Bueno, tengo una teoría sobre esto (como sobre todo). Mi teoría es que quien entra en la Facultad de Medicina no quiere curar, sino ser observado con reverencia. El tipo se imagina así mismo con un delantal blanco, impecable, planchado, con un estetocopio colgado del cuello, salvando vidas, extrayendo órganos y aplicando defibriladores, y después comentándole a sus compaÑeros que lo más duro de su martirologio es tratar de .no sentirse Dios..


Claro, en esta concepción de sí mismo no entra la idea de colocarse en una posición físicamente inferior a la del paciente. O agacharse. Y de ninguna manera humillarse examinándole los pies. .Nooo, los pies no, querido. ¿Qué soy, un lustrabotas? Como mucho te puedo operar los meniscos. Hasta ahí llego. O si querés vení al quirófano, te los amputo, los curo sentado en un escritorio y ahí ahí ahí sí, te los trato de reimplantar. Pero no me quemé ocho aÑos las pestaÑas para andar agachándome.. ¡Fíjense lo revueltos que tienen los valores estos tipos que algunos prefieren ser PROCTóLOGOS antes que dedicarse a curarte algo tan noble como los pies!


En fin, la conclusión es que si tienen que arreglarse ALGO QUE ASOME, no vayan a ninguno de esos matasanos: para curarse los pies vayan al podólogo, las manos a la manicura, la cabeza al psicólogo y las paletas al dentista (y si hay problemas con el miembro no vayan a ningún lado, que poner eso en manos de un desconocido no es de criollo; antes, que se caiga).


Post Data: Gracias a todos los que se preocuparon por mí, me desearon buena salud y se sumaron a la cadena de oración. En cuanto a los que aprovecharon para decirme .!adri. y esas cosas, les deseo de todo corazón que las veinte uÑas del cuerpo les empiecen a crecer para adentro.


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