Escribe el Lic. Isaías Baralt
Bon Vivant Extremo
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Arturo Rivarola Ortiz viene haciendo escuela de buen comer con su abultado background de chef y empresario, y como creador de la good food (.buena comida. o .comida rica.), un estilo culinario donde lo importante no es la presentación, ni la textura, ni el precio, ni la ambientación, ni que con la comida vengan unas tablillas de arcilla asirias ni nada parecido, sino el sabor: una genialidad propia de hombres de larga experiencia como Rivarola Ortiz. Entre sus emprendimientos se encuentran Ambrosía, Doppo Morire y Es como si me hubiera comido unos cascabeles.
No obstante, esta vez visitamos el local de su hijo Juan Cruz, precursor en la Argentina de un estilo de su creación, la Blue Food (.Comida Azul.), concepto que la explicación del brochure que nos llegara a la Clínica no terminamos de entender (se habla de .comida de tonalidades azules., pero imaginamos que el hijo de tamaÑo prócer de la gastronomía debe haber trabajado sobre una teoría más amplia); por lo cual, luego de sortear a nuestros cancerberos gracias a nuestra caracterización, vestido y peluca mediante, de la Sra. Méndez Morrison (madre de nuestra protegée Naty), que, dueÑa de un espíritu festivo y colaborador se quedara en nuestra celda para que el personal de la Clínica no nos eche de menos, nos allegamos a Azul (en fin.), tal el nombre un tanto obvio del local.
La decoración del lugar, completamente en tonalidades azules (detalle que nos chocó un poco por la insistencia en la literalidad), era correcta, y la atención un tanto desmaÑada; pero este tipo de cosas se corrigen con tiempo y experiencia. En cambio, nos divirtió el plato que pedimos de entrée, que aunque demasiado a tomo con el leit-motiv del local, nos resultó original y pleno de cierto humour: pescado azul (caballa), acompaÑado de queso azul sobre leve salsa agridulce de helado de crema del cielo.
Lo degustamos con entusiasmo (estaba asqueroso), y a continuación revisamos la carta en busca del meollo de la velada, el plato principal.
¡Cuán grande fue nuestra sorpresa al ver que el único plato constaba de pescado azul (caballa), acompaÑado de queso azul sobre leve salsa agridulce de helado de crema del cielo, sólo que un poco más! Con cierta indignación, pedimos hablar con Rivarola Ortiz Jr. En busca de una explicación.
Mientras de cualquier modo -estábamos algo ansiosos -dábamos cuenta del plato (asqueroso, pero en mayor cantidad), el joven Juan Cruz se acercó nuestra mesa y no sólo no fue capaz de brindarnos justificación sino que su sintaxis e anche su pronunciación dejaba mucho que desear. Su mundo emocional parecía moverse entre la vergü la estupefacción artificial y la idiotez lisa y llana, cuando no una letal combinación de las tres. A través de sonidos guturales y monosílabos, pareció explicarnos, sin mucho éxito, que el .concepto. consistía en que todo .sea azul.. Creo que también nos preguntó si .estaba rico..
En ese momento, en que dudábamos si pedir la cuenta o abrir de par en par al joven con el cuchillo de pescado, vimos pasar, como un espectro apurado, a Rivarola Ortiz Senior, a quien llamamos con alegría y con la esperanza de que supiera desentraÑar este desagradable intríngulis. Con el paso entre indeciso y cansino de quien comprende que ya es muy tarde para fingir sordera, y una sonrisa no exenta de compromiso en el rostro, el hombre de Hurlingham se allegó a nuestra mesa.
Mientras escuchaba nuestra improvisada y lapidaria crítica, pudimos percibir que Arturo clavaba una mirada llameante sobre la carne de su carne, alternando esta suerte de bofetada visual con miradas al suelo y balanceos de cráneo cargados de resignación; luego, con el rostro de color entre escarlata y morado, intentó ensayar una justificación, y luego, quebrándose por completo, pasó a explicarnos, sin quitar la mirada .furibunda -de sobre su descendiente (que observaba sus propios zapatos con suma concentración) que el muchacho, luego de aÑos de ejercer lo que ahora consideraba un .sano parasitismo que no hacía daÑo a nadie., había insistido a su padre en la posibilidad de este emprendimiento, para el que había aportado abultados fondos y .lo que es peor, mi apellido (sic)., y que no fue sino a la hora de la confección del menú que comprendió que su retoÑo había elaborado esta escuela culinaria .una tarde en la que se encerró a fumar marihuana con los botarates de sus amigos.. Luego agregó algunas consideraciones acerca de ciertas teorías sobre la inevitable degeneración de los linajes y de la especie humana toda. Por fin, nos preguntó si habíamos visto últimamente a nuestro colega Vidal Buzzi y sin esperar mi respuesta se alejó algo turbado.
El joven Rivarola Ortiz, sin dejar de mirar el suelo, nos preguntó si íbamos a servirnos un postre. A pesar de que nuestras convicciones de crítico y sibarita nos gritaban .¡No!., la pena, -y el hambre .pudieron más; y nos vimos forzados a elegir (si por .elegir. entendemos .pedir la única opción existente.) el pescado azul (caballa), acompaÑado de queso azul sobre leve salsa agridulce de helado de crema del cielo glasée.
El joven tarambana amagó alejarse, pero antes nos preguntó si lo queríamos el postre .con fina cobertura de caramelos Sugus de ananá.. Nuestra atónita mirada pareció ser elocuente, porque se justificó con un .es que no hay más comidas azules, pero por lo menos el envoltorio es azul.. Respondimos, con fino sarcasmo, que no teníamos intenciones de comernos el envoltorio, así que no, no queríamos ninguna cobertura; respondió un lacónmico .entiendo. y se perdió en la noche.
Sin esperar su abominable regreso, aprovechamos para retirarnos discretamente, y con la sensación de haber sufrido una derrota humillante. Por esta vez, no hubo sicarios, ni ninjas, ni guerreros del más allá que pretendiera obligarnos a pagar la cuenta .como en cualquier restaurante de mínima categoría -, pero debimos enfrentarnos con dos enemigos infinitamente más poderosos y malignos: Decepción y, tomando en cuenta la ausencia de postre, Hambre (.Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra / sea tu Nombre borrado de la faz de la Tierra.. J.L.B.). La primera, sólo el Olvido puede conjurarla. La segunda fue contenida gracias a sendos Toblerones comprados en el Maxikiosco de la esquina .la siempre obsequiosa Naty me cedió el suyo.
Llegamos a tiempo a la Clínica, antes de que la madre de nuestra protegée fuera sometida a la segunda parte de mi diaria dosis de electroshock. ¡Cheers!
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