Buenos Aires. 2.097
Entrar al viejo taller de Don Diego Ariel Barone es como hacer un viaje en el tiempo. No como esos viajes en el tiempo de verdad, de esos que se hacen desde hace un par de aÑos gracias a la aplicación de la tecnología macro-cuántica al sistema de transporte urbano, sino un viaje en el tiempo metafórico.
Todos nos hemos preguntado quién escribe los textos de los carteles con imágenes de bebidas alcohólicas o pastillas para la tos que aún se ven en las viejas paradas de colectivo (ahora obsoletas gracias a la técnica de la teletransportación) y que recientemente han sido declarados Patrimonio Cultural de Buenos Aires (también conocida como el .Imperio Oscuro. desde hace unos 90 aÑos). La respuesta está en los ojos cargados de inteligencia de este viejito elegantemente vestido con una remerita ajustada de Ren & Stimpy.
.En mi época, todo se hacía así, no como ahora, que los avisos los escribe una máquina., nos cuenta este noble anciano, sin poder dar crédito a nuestros oídos. .Empezábamos escuchando lo que quería el cliente (N. del R.: en esa época había muchos clientes, en lugar de uno solo, Nuestro SeÑor Oscuro del Sagrado Bigote), y después nos reuníamos con otros .creativos. y hacíamos algo llamado .brainstorming…
¿Eso se hacía con una máquina? No, nos responde Don Barone, algo sorprendido. Y nos relata el fascinante proceso: entre tres y ocho personas se reunían alrededor de algo llamado .mesa. .un artilugio utilizado para .comer., una vieja práctica del siglo veinte .y empezaban a .tirar ideas.. Significaba que cada uno decía lo que se le ocurría, y uno de ellos se encargaba de anotarlo, a mano, sobre lo que en esa época se conocía como .papel. (eran como unas cosas blancas y chatitas).
A esta altura del relato, tengo que detenernos abruptamente, porque el sólo imaginar ese esfuerzo físico, normal para los hombres de hierro de esa época legendaria pero inconcebible para nosotros me deja con la respiración entrecortada, los ojos en blanco y con hipo. Un vaso de lo que antiguamente se conocía como .plástico. (un material muy noble, que hoy sólo se encuentra en algunos rincones del Amazonas, ese gigantesco estacionamiento enclavado en el ex – Brasil), alcanzado por la mano gentil de un levemente azorado Don Barone, me devuelve la vida.
.¿Puedo seguir?., nos pregunta el viejo creativo. .Bueno. Después de eso, elegíamos una o dos ideas para presentarle al cliente, mediante algo llamado .power point.. En épocas más remotas se hacía utilizando unos cartones físicos, pero eso debió dejarse definitivamente cuando se acabaron los árboles (N. de la R.: Cuando se tapó el agujero de ozono y se descubrió que era esencial para su crecimiento).. .¿DOS ideas?., preguntamos, con la vista nublada. .Sí, se presentaba más de una idea para que una pareciera mejor, por comparación, y el cliente tuviera la impresión de que había elegido algo.. El ingenio terrenal y práctico de los hombres del siglo veinte no deja de ser una lección de vida para nosotros.
Don Barone me despierta de mi desvanecimiento por la admiración con un par de cachetazos, y entonces culmina con su epopeya: .Una vez elegida alguna, se desarrollaba y se .producía. (esto se hacía en conjunto con un grupo de personas, entre las cuales había iluminadores, camarógrafos, actores y dibujantes, que incluso hacían .cosas. físicamente), y luego eso se emitía en algún .medio de comunicación… Esto, claro, era antes de la invención de los .inductores de deseo de consumo. de la actualidad, transmitidos directamente a nuestro hipocampo mediante un chip autoinjertado diariamente en el recto.
Hoy Don Barone realiza sus .creaciones. sólo por encargo, para clientes selectos y adinerados que desean adornar sus mansiones con motivos .retro.. El creativo nos muestra entonces su forma de trabajar, y presenciamos el fascinante proceso, en el que realiza un .brainstorming. consigo mismo, cambiando de asiento repetidas veces alrededor de una .mesa. improvisada con un par de banquetas y un viejo capot de automóvil.
Por supuesto, la sola visión de Don Barone moviéndose a semejante velocidad me hace caer en un coma cuatro, debido a la impresión, y del que despertamos gracias al defibrilador de rigor que la Prepaga de la Oscuridad (implantada desde hace ochenta aÑos por nuestro Amo) nos obliga a comprar, y que Don Barone maneja a la perfección .uno de los secretos de mi longevidad., me aclara, guiÑándome el ojo.
Luego de un largo rato, en el que me veo obligado a dormir una siestita porque el cuerpo no aguanta, en el que Don Barone se sienta a pensar durantre ¡doce minutos seguidos!, toma una tabla de arcilla y escribe (¡físicamente!), en caracteres cuneiformes, el .slogan. que me prometió: .Arturo, un reportero bastante duro..
¡Gracias, Don Barone! ¡Nos alejamos de su mágico taller, felices de contar, como esos hombres de hierro de antaÑo, con nuestro propio .slogan., que a pesar de que en nuestra época sea innecesario (calibré el inductor de deseo de consumo de mi novia hoy a la maÑana, para que siga queriendo salir conmigo un par de días más), me recuerda la magia, el heroísmo y la poesía de épocas, ¿tal vez? más felices.
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