La sensación es entre desagradable y de extravío. Empieza con un tremendo entusiasmo, que te obliga a llamar a todo el mundo y a poner sillas a tu alrededor; sigue con una especie de .anti-revelación. y culmina en la vergüpropia y ajena; si sos más o menos farsante, tal vez logres zafar apelando a algún as bajo la manga.
A diario, millones de personas en el planeta sufren lo que la Dra. Mastronardi hubiera llamado (de salir del ropero donde se encuentra hace unas semanas, presa de un ataque de pánico), la .Amnesia Humorística.. De hecho sufrí una de estas ausencias junto a mis compaÑeros de oficina hace muy poco.
Empecé contándoles que el día anterior había escuchado a Chiche Gelblum decir algo muy gracioso. Me estaba riendo por anticipado y festejando el seguro éxito de la barbaridad gelblumiana (acompaÑada por mi relativamente competente imitación del amoral más gracioso del mundo), cuando en plena introducción de la cosa me di cuenta de que no me acordaba ni media sílaba de la .cosa muy graciosa.. Es decir, recordaba que me había reído, recordaba esa cálida sensación hogareÑa que acompaÑa la decodificación mental del humorismo, recordaba haberlo comentado con mi esposa. Esto había existido. Pero el texto, la meteria, la .cosa. en sí se había borrado por completo de mi memoria.
Afortunadamente, como iba por la introducción, me ocupé de alargarla un poquito y luego contar otra cosa -que en realidad se me había ocurrido a mí -, que no era tan graciosa como la original pero que se podía adornar y justificar con frases como .me cagué de la risa. y .aparte, la forma en que lo dice.., así que logré que mi episodio de la enfermedad pase inadvertido (supongo que hasta que lean esta descarnada confesión).
Me quedé con un amargo sabor de boca por el resto del día, salpicado por intentos infructuosos de recordar la .cosa graciosa.. Lo peor de este grave síndrome es que, una vez que te olvidás de algo que te hizo reír, éste no regresa JAMáS. Ni apelando a la hipnosis. Querda la sensación, queda la agridulce nostalgia por ese buen momento, pero lo recordamos rodeado pro la nube de la incertidumbre, como cuando hemos tenido un sueÑo pletórico de felicidad pero luego no logramos recordarlo.
A veces preferiríamos no habernos reído. Es como lo que le ocurre a esos místicos que han contemplado a Dios y luego sufren el resto de su vida porque no han vuelto a sentir su presencia; como quien se ha enamorado de una desconocida en el colectivo y no la ha vuelto a ver; como quien ha llegado a Shangri-La por accidente y luego fue arrebatado de allí vendado y atado, sin forma de regresar. Queda la duda que nos apuÑala cruelmente: ¿Realmente Chiche Gelblum dijo eso tan gracioso? ¿Habrá sido un sueÑo?
A veces lo recordamos, o creemos recordarlo, pero nos sorprende el hecho de que en realidad no era tan tan tan gracioso. Y decimos .No, no puede ser esto. Debe tratarse de otro chiste .hilarante e ingenioso .que ahora no recuerdo.., y seguimos buscando afanosamente en rincones oscuros de nuestra mente, topándonos con pesadillas y traumas que habíamos enterrado, con fantasías inconfesables que mantenemos enjauladas, con miedos infantiles, con toda clase de monstruos hijos de la sinrazón, horribles, con tentáculos y pequeÑos géyseres de pus recorriéndole el cuerpo, menos con el puto chiste. Que tal vez ni siquiera exista. Pero algo nos dice. .No, yo me reí, yo me reí, casi casi me cagué encima, no puede ser que haya sido una alucinación., y no abandonamos la acaso apócrifa esperanza.
Si la Dra. Mastronardi, psiquiatra oficial de .Yo contra el Mundo. saliera de su dichoso ropero, probablemente inventaría algún fármaco casero, o le enviaría una propuesta brillante .redactada en forma de incoherente amenaza anónima -a los poderosos fabricantes de pastillas del mundo. El psicofármaco en cuestión debería desbloquear las regiones del hipocampo donde los chistes han quedado encallados. El efecto podría ser altamente recreativo y algo peligroso: imaginen todos los chistes que no han logrado recordar en su vida, emergiendo de golpe, todos juntos, invadiendo el plano racional en un instante. Probablemente seríamos invadidos por una felicidad inmensa, partiéndonos en carcajadas, perdiendo el control de nuestros organismos de copntención, apretando nuestros párpados hasta que nos duele. Probablemente .si sobreviviéramos a los primeros efectos -podría utilizarse como un poderoso anestésico y perogrullescamente como un eficaz remedio contra la depresión.
Como otro efecto secundario positivo, sin embargo, debería valorarse el hecho de que este medicamento npos convertiría inmediatamente en el alma de las fiestas. Si yo pudiera contar a piacere todas las cosas graciosas que dijo la otra vez Chiche Gelblum o ese tantísimo pero eficaz chiste de .Hola, ¿hablo con fulano?. que nos contó Fernández de Contaduría, seguramente nuestras reuniones familiares se´rian más amenas y hablaríamos menos de trámites y de la cosa que te compraste para la computadora. Podríamos desviar en un golpe de párpados esa tristísima discusión de política o fútbol. Sería casi como tener un superpoder. Lo mejor es que no haría falta gastar energías en ser ingenioso. Seríamos como una archivo viviente de gracia, pero fácilmente accesible y no atado con cadenas y arrojado al fondo del Riachuelo como lo es ahora.
No quiero ser tratado contra la depresión, ni la obsesión compulsiva, ni hablar con el cura ni que me alegren la vida. No quiero ir a ver cómicos .stand up. ni escuchar canciones pum para arriba ni comer chocolate ni dormirme una siesta, ni leer minipósters donde nos hablan de las cosas buenas de la vida, ni charlar con un amigo, ni salir a correr para levantar las endorfinas (y correr el riesgo de pincharme con una palmera). No hace falta. Si quieren curarme del spleen, simplemente devuélvanme mis chistes olvidados.
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