miércoles, 15 de marzo de 2006

.Los 12 orientales. Capítulo 10: .El jardín de las delicias. o .El ideal platónico del Palacio Di Pappo.





(Las encuestas en boca de urna indican una clara tendencia a favor del NO y el Sargento Malvín decide aceptar el alocado plan del Winston Winston de lanzar un ataque nuclear sobre Bs.As.)


Al mando de un diezmado grupo de valientes y contando con pocas opciones, decidí apoyar el absurdo plan de nuestro impulsivo camarada.

Me preocupaba saber cómo habían conseguido salir los gurises de la casa de gobierno, sitiada por hordas de .argentis. furibundos. Al poco rato de seguir sus huellas (cosa fácil, ya que gracias a su estado de abandono, el polvoriento piso de la sede del Poder Ejecutivo evidenciaba las marcas de las championas con claridad) me dí cuenta que el Winston Winston era loco pero no comía vidrio. La vía de escape había estado siempre ahí: los pasadizos subterráneos que conducen al río, herencia y testimonio de una nación fundamentada en la rapiÑa y el contrabando. Esta vía de fuga entró en desuso tras la invención del helicóptero.


Emergimos a espaldas de la muchedumbre que se agolpaba alrededor de la casa rosada y con el sigilo de un tupamaro me deslicé en dirección a la avenida Paseo Colón. Al mirar hacia atrás para controlar el estado de la tropa .cosa que hago instintivamente, como una bataraza que hace el recuento de sus polluelos- lo veo al Wilson Washington corriendo .con su modo tan particular de menear las caderas- hacia la horda de .argentis.. Me contuve para no gritarle, porque eso hubiera puesto en riesgo al resto de nosotros y esperé lo peor. El botija se había lanzado por su cuenta a enfrentar a la multitud en un impulso temerario, tan valeroso como inútil. Para mi sorpresa, al verlo acercarse, un sector de la multitud, principalmente muchachos, se agrupó en torno al gurí, y lejos de arrojarse al combate me pareció ver que parlamentaban pacíficamente. A su regreso, estaba yo por darle una arenga sobre la unidad de mando y la obediencia debida, cuando nos dice: -Los chicos me dijeron que el 111 nos deja bárbaro, sargento-.

No sabía qué hacer; si castigarlo o darle un abrazo (algo en mí sugería lo segundo) y le dije: -¡Sos inconsciente, bo!, ¡te podrían haber aniquilado!.-. .No pasaba nada, sargen, si ni sabían porqué estaban ahí, dicen que vieron el amontonamiento y se metieron a ver si ligaban algo-.

Una vez más el botija me dejaba sin palabras, pero como la duda es una jactancia de los intelectuales, opté por actuar y movilizar la tropa al otro teatro de operaciones.


En los límites exteriores de la Argentina (la Gral. Paz) y del tiempo se eleva esa majestuosa incógnita: El gasómetro. ¿Quién lo construyó? ¿Con qué fin? ¿era realmente un silo misilístico como se decía? Lo sabríamos muy pronto.


Tras eludir la garita policial cruzamos la colectora cuerpo a tierra (despertando la ira de algunos automovilistas argentis, que no se caracterizan por la paciencia, ciertamente) y llegamos al playón de ingreso comprobándolo desierto: obviamente el Winston Winston ya se había hecho cargo de la vigilancia. Entramos por una puertita a un sitio totalmente a oscuras y en un solo acto la puerta se cerró a nuestras espaldas y todo el recinto se llenó de una luz blanca, tenue y cálida, que parecía venir de todas y ninguna parte. Había también una fragancia que acariciaba nuestros sentidos junto con una débil melodía.

Avanzamos por una pradera que parecía extenderse mucho más allá de las dimensiones del cilindro que la contenía. Allí crecían variedades vegetales que nunca había visto: helechos y setas gigantes, plantas con frutos carnosos que invitaban ser probados. Por doquier pacían animales salvajes en actitud pacífica. Con estupor observé que nuestras ropas camufladas eran ahora delicadas túnicas de finísimo lino, y las arrugas y heridas de guerra habían desaparecido de mis curtidas manos de combatiente. Instintivamente palpé buscando mi Luger, pero encontré en su lugar un ramito de afrecho. ExtraÑamente este hecho no me intranquilizó: me sentía protegido y sereno. En ese estado nos encontramos con Winston Winston y Washington, que se hallaban recostados sobre el tronco de una seta gigante, de la que se desprendían extraÑas esporas que los cubrían paulatinamente. -¡Sargento!¡Qué alegría, bo, acercáte!- dijo Winston Winston, con una expresión de beatitud en su rostro que nunca le había visto. -¿qué están haciendo acá? ¿olvidaron nuestra misión, la guerra inminente, los camaradas que dieron sus vidas?- dije, y sentí que mi alarma era excesiva. .Tómatelo con calma, bo- me tranquilizó Washington, que masticaba una brizna de hierba. .ta, dejálo- le dijo Winston Winston-ya se va a calmar cuando la conozca-. -¿conocer a quién?-interrogué. .a nuestra Líder- me respondieron todos a unísono, como en una salmodia monocorde. Empecé a mirar a mi alrededor y todos, incluso Wilson Washington, me observaban con expresión comprensiva. En ése momento se abrió paso una figura femenina con una larga túnica que me extendía la mano en gesto amigable. Sus ojos transmitían una serenidad absoluta, como si su mente estuviera en completo reposo: Era Natalia Oreiro.


-Dame la mano, bo- me dijo con una voz que no parecía provenir de sus labios. .La misión ya terminó, ya no hay nada por qué luchar, reunite con nosotros a disfrutar de la vida-. Mi mano obedeció a su pedido y empecé a acercarme. Mis dudas se despejaban como vagos recuerdos. Pero en ése momento se me aparecieron las figuras de los camaradas perdidos: Winston, Wilson, Walter, Winston Washington, Ilya, Washington Winston, Winston Washington II, sin su presencia espiritual me hubiera entregado sin notar una casi imperceptible unión alrededor del rostro de la Líder. Entonces me iluminé. De un salto me arrojé sobre ella y le arranqué su prótesis facial descubriendo ante el estupor de todos un intrincado mecanismo cibernético (igualito al de las .Fembots. del hombre nuclear) donde se destacaban los vidriosos ojos saltones. De repente toda la mascarada se desvaneció y nos vimos en el interior de un silo misilístico, parados en una delgada pasarela y un abismo a nuestros lados (igualito a los de la Guerra de las galaxias). Sin pensarlo empujé al androide haciéndolo precipitarse hacia el abismo. Winston Winston al reaccionar retomaba de a poco su entraÑable expresión de psicópata preguntando -¿dónde estoy?-. .No hay tiempo para explicaciones, ¡lancemos el misil de una buena vez!-. -¡Allá está la sala de comandos!- dijo Washington, el experto en explosivos. Todos corrimos hacia allí y nos detuvimos, sorprendidos nuevamente .¡W.W.!- exclamamos. .Siempre quise manejar uno de estos juguetes- dijo con una sonrisa malévola. -¿Cuál será el blanco? ¿La casa rosada? O..¿EL EDIFICIO LIBERTAD (sede del gobierno uruguayo)?.


-¡maldito traidor!- dijo Winston Winston.


-¡No te atreverías!- dijo Washington, apuntándole con su FAP -¡sargento, lo tengo en la mira, déme la orden y lo liquido!.


¿Qué decisión debía tomar? ¿Darle una última oportunidad al botija traidor para que se enmiende, o dar la orden de eliminarlo y seguir con el plan de destrucción de Winston Winston?


Votá Sí por la primera opción y NO por la segunda.


Publicado a las 21 hs.


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