La revista londinense “Avant Garden” ya lo ha llamado “el artista más provocador y transgresor desde que el plástico hindú Anoop Brahmaputra expuso en el Victoria & Albert Museum las pelusas que tenía en sus bolsillos y vendió cada una a 20.000 libras esterlinas (y a 40.000 un par de pelusas de su ombligo)”. Pero el argentino Juan Domingo Santamarina trata de no caer en la trampa del éxito y sigue calzando las mismas Topper naranjas de hace veinte aÑos.
La leyenda urbana dice que se trata de una forma de marcar el lugar donde la policía ha matado un joven, o el lugar donde atiende el dealer del barrio. Pero la respuesta es mucho más simple: A las zapatillas que cuelgan de los cables de toda la ciudad, “las pone un tipo”. El “tipo” en cuestión es este hombre robusto, de aspecto juvenil y vagamente roÑoso que tengo delante, y que nos cuenta de sus últimas exposiciones en Roma y Berlín.
“En Roma colgué sólo zapatillas negras a todo lo largo de la Vía Veneto, como forma de homenaje a las víctimas del fascismo”, nos cuenta Santamarina. Le menciono un artículo donde se interpreta esa instalación como un homenaje al film “La Dolce Vita“. “Sí, sí, también, también”, contesta con cierta premura.
Santamarina es uno de esos artistas que no puede parar un minuto de crear, y contesta nuestras preguntas mientras enhebra los cordones de las zapatillas que va a utilizar en su próxima intervención urbana, para luego atarla a su par correspondiente. “Al principio trataba de colgar sólo una zapatilla, pero pronto abandoné esa búsqueda”, nos cuenta mientras termina de hacer un nudo. “Claro que se me duplicaron los gastos y tuve que empezar a usar zapatillas más baratas, tipo Converse”.
Pero desde que un magnate italiano del calzado se preguntara, durante su visita a nuestra ciudad, el significado de esas zapatillas colgadas a lo largo y a lo ancho de Capital y el Gran Buenos Aires, y no se detuviera hasta dar con su elusivo autor, los problemas de gastos ya no forman parte del mundo de Santamarina; de hecho, em agosto inaugurará una instalación en la Ciudad de New York utilizando la nueva línea del exclusivo calzado Prada: “Es como una crítica a la sociedad de consumo utilizando sus mismas armas. Es todo un desafío porque son zapatos sin cordones. Veremos qué pasa.”
Es un largo camino el que ha recorrido este talentoso colgador desde el tendido eléctrico de Mataderos hasta el cableado telefónico de la isla de Manhattan. Y aunque rezonga contra los progresos de la tecnología inalámbrica (“Me parece terrible. El mundo se está yendo al carajo”), nunca pierde la claridad ni el orgullo por un trabajo bien hecho, como cuando le preguntamos qué es lo más importante en su disciplina.
“Puntería”, nos contesta guiÑando el ojo. Y lanza el par de zapatillas que acaba de atar, como buscando rozar las plantas de los pies de Dios.
Publicado a las 08:12 a.m.
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