jueves, 10 de marzo de 2005

¡POR UN MUNDO DONDE LOS HOMBRES Y LAS MáQUINAS EXPENDEDORAS DE GASEOSAS CONVIVAN EN PAZ!





Por fin he llegado a una relación relativamente estable con la máquina de café; a pesar de sus desplantes y descomposturas, de sus insultos vía display electrónico (tipo “sagoma de rhea” o “erogación”) en la mayoría de los casos ha tenido una buena actitud; es como uno de esos amigos extremadamente neuróticos pero que a la hora de la verdad están a nuestro lado, dispuestos hasta a alcanzarnos el control remoto si es muy muy muy necesario.


No es el caso de la expendedora de gaseosas. El diseÑo industrial tiene su máximo fracaso en este cúmulo de resentimientos mecánicos. En lugar de depositarnos su producto a través de un delicado brazo mecánico, este brutal robot lo escupe. Lo arroja con bronca en su receptáculo inferior, como diciendo “Tomá, enfermo, acá tenés tu naranjita, a ver si ahora te dejás de joder por un buen rato”. El estruendo que produce el envase al caer no es más tranquilizador; adrede el inventor loco de esta máquina no almohadilló el receptáculo, para que nos enteremos de la finalización del proceso con un sobresalto.


Esta grosería no es simplemente un gesto simbólico, un descargar de su ira contra el mundo; podría soportar ese desplante, como lo soportamos de tanto empleado público frustrado; pero el envase sufre en su accidentada caída una serie de procesos químicos relacionados con el carbono, y al abrirlo nos encontramos con una sorpresita. Con las manos pringosas de líquido azucarado y buscando toallas de papel para secar el piso de la oficina, sólo nos falta escuchar una risita cínica proveniente de la máquina.


Ahora ya estoy prevenido, y tomar un naranjín se ha convertido en una actividad que requiere todo un protocolo; colocar el envase en la bacha de la cocina, abrirlo apenas, esperar a que la botella termine de escupir efervescencia, luego secar el exterior del envase con toallas de papel. Es complicadísimo. No quiero pensar en lo que sufre la gente que usa estas máquinas en la calle.


¿En qué estaba pensando el diseÑador de esta máquina, si es que estaba pensando en algo (no descartemos la posibilidad de que sea un completo imbécil descerebrado por el exceso de anfetaminas que tomó durante las entregas trimestrales en la facultad)? “Voy a hacer una máquina que venda gaseosas efervescentes pero que antes las agite todo lo posible, cosa que el infeliz que la use no se la lleve de arriba”. No quiero caer en el delirio conspirativo, pero de donde yo provengo (por acá) esto se llama “malicia” o “ser un hijo de perra”. Bueno, tengo otras sugerencias tan simpáticas como ésta:


-Una máquina de gaseosas que te tire el envase por la cabeza.

-Una máquina de gaseosas que te lo tire a los pies, y que por un parlante diga “agarralo, rata”.

-Una máquina de gaseosas que cada diez productos normales entregue uno envenenado.

-Una máquina de gaseosas que entregue todos los productos envenenados.

-Una máquina de gaseosas que durante el proceso de entrega embadurne el exterior de los envases con alguna sustancia desagradable; por ejemplo, bosta.

-Una máquina de gaseosas que tenga dos receptáculos; en uno estará la gaseosa. En el otro habrá un hurón salvaje. Pero, ¿cuál es cuál? (Este es complejo porque para una mayor eficiencia habría que cambiar de agujero al hurón al azar después de cada entrega. Además hay que darle de comer al hurón -aunque no demasiado – limpiarle la jaulita, etc.)

-Una máquina de gaseosas que arroje el envase en el patio de la vieja antipática de al lado para que tengas que tocarle el timbre, discutir, humillarte.

-Una máquina de gaseosas que tenga unos brazos mecánicos y unas armas de fuego y mientras esperás tu naranjín te surta o incluso te dispare.

-Una máquina de gaseosas que sólo tenga gaseosas diet.


Espero que mis aportes les hayan servido de utilidad.


Publicado a las 11:34 p.m.


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