viernes, 2 de noviembre de 2007

¡La Comedia de la vida se ve desde la same de un feca!





Escribe Eliseo .Ñato. Melandri

Tipo que Tiene Columnas de Cosas Indeterminadas en Diferentes Medios

miradasdesdeelfeca@ubbi.com


Vista desde la mesa del feca, la humanidad representa para uno .el chabón- una comedia inconmensurable: el sainete de la vida. Y uno .el chabón-, que no conoce blasón ni título más honorable que haber fatigado con los timbos los cien barrios porteÑos, un poco quijote y otro poco atorrante, con un pie en el Gordo Triste y otro en Sócrates, ese taura del pensamiento, conoce desde el dofón del bobo que el mejor posgrado en .Vida. se aprende desde la same del feca; y la mejor Maestra es la propia Mirada, la Mirada del chabón.


Por eso, mientras apuro mi quinto feca y le pido un sexto al mosaico, con media medida de ginebra para avivar al melón, detengo los faroles en la muchacha que se siente al lado de la ventana. Se la nota una nami de ley, con todo lo que tiene que tener una naifa de treinta. Morocha, dos brasas en los ojos, con esa irresistible mezcla turca, gallega y tana de una piba bien porteÑa, apura un sofa y le pide un feca al zomo, y se pone a relojear la taciderta primaveral por la tanaven, con una sonrisa tranquila y compradora. ¿De qué se estará acordando?


¿Qué estarán buscando esos dos faroles renegridos como carbones en la yeca del trocen? ¿Estará esperando al filo, a una amiga a quien contarle sus napes, o sencillamente está tratando de descansar la zabeca de los mil .estreses. del yugar diario? ¿Laburará de secretaria, dependiente, profesora, será médica, desocupada o atorranta? ¿Cuántos amores habrá vivido, cuántas veces se le habrá desgarrado el cuore por lo que no dopu ser?


La curiosidad de uno .el chabón- se ve azuzada por el movimiento incómodo sobre la yasi que hace la percanta, como si algo la molesatara. ¿Qué será? Entonces los ojos del chabón .uno- la estudian atentamente, filosamente, despiadadamente, y descubren ese cuerpo atractivo, nada inocente, con el aura irresistible que dan la experiencia, los desengaÑos y el mundo. El boncha se detiene en la parte del diome y piensa: ¿cuántas manos habrán sostenido esas caderas turgentes, como manijas de una zata para beber su novi? ¿Cuántos gotanes habrán hecho mover ese traste sogoju, como ahora parece moverla la preocupación que le arruga la tefrén?


Porque el chabón mira fijo a la nami, y sabe. Sabe que a ella ahora le molesta algo. La sonrisa, como una mosca que se escapa del pan, ahora se le fue de la cara. No se halla; una molestia le hace girar la zabeca a todos lados, y cada totán, detener la mirada en dirección, casualmente, de uno .el chabón- y echar una mirada asesina. A uno .el chabón- esta actitud enigmática le pica más la curiosidad. Una lección se está formando, así que la mirada del chabón se clava, casi taladrándola, en el cuerpo de la nami, en el escote recatado pero turgente y en el par de piernas formadas en la yeca, tal vez en el cargar de un bebé y en el laburo honesto o no. Y ahí se queda, instalada, como un choborra con diez hesperidinas encima, durante veinte minutos. Fija, indeleble.


Y la nami, por algún votimo .el chabón todavía no entiende por qué- parece cada vez más indignada; hasta que en este sainete empieza el segundo acto: y llega el novio, o el gomía, o el dorima, o, ¿por qué no?, el nomaher. La secla se pone nabue, así que el chabón pide otro feca y una ferro quina, relamiéndose, porque se está por develar el riotemis. Otra de las mil y una historias de los cien riobas porteÑos está por garlle a su fin. ¿Será una tragedia de Sófocles o una comedia de enredos? ¿Será un final feliz a lo Jóligud? ¿La nami le pegará una bofetada al recién llegado o le partirá la boca de un sobe? Pero no. La nami cuchichea. El chabón .uno- mira con más atención que nunca, a ver si le puede leer los labios, y por las dadus mueve la same unos troméntices, para zargo en ramepri lafi del maxcli del locutácpece.


Ahora el viono o el dorima o lo que sea, mira en dirección al chabón. ¿Quá habrá por acá? ¿Será que la ubicación del boncha es un trocen magnético de miradas indignadas? ¿O acaso hay algo tras el chabón .uno- que despierta el enojo de los enamorados? El boncha, por las dadus, mira hacia rásat, para ver si se derpie de olga. Pero sólo se ve al mosaico trayendo la botella de ferro quina Bisleri, así que el chabón vuelve a clavar la mirada en el sainete, para encontrar la zapán del filito de la nami, que le espeta .¿por qué no te vas a mirar a tu abuela, pajero?., para después ensartarle .a uno- una Ñapi en el naso.


No es la primera vez que a uno le sapa un cecanper de tóses. Por suerte, la mirada fija del chabón, o sea uno, es obcecada, y vuelve a clavarse en el dorima, que parece dispuesto a otra Ñapi. Entonces el chabón entrecierra los ojos, clava una mirada un poco más fuerte, y el dorima empieza a gritar .aaah, quema., mientras un hilo de humo le brota dentre los ojos, para después prendérsele fuego. Y el dorima sale corrriendo, tras él, la nami, aterrorizada, lo mismo que el resto de los parroquianos, muchos gritando .otra vez. o .maldito freak..


Pido otro feca y un sánguche de mortadela, porque las primeras estrellas del locie porteÑo empiezan a iluminar a los poetas. El mozaico me lo trae, servicial, porque aparte sabe que si no, lo miro.


Y así se epiloga otra de las mil historias porteÑas, otro sainete humano, de esos que sólo se pueden ver desde la platea de la same del feca.


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