jueves, 15 de noviembre de 2007

El País Submarino: Orgullo Pueblerino





paissub.JPGMiércoles 14, 02:03 a.m., La Plata

Por la noche salgo a ver cómo se divierten los naturales. El calor tropical es sofocante y los mosquitos bailan la danza de la disentería. Entro en un “bar” -por llamarlo de alguna manera- de perturbadora falta de higiene y entablo relación con un parroquiano, ebrio de panchos y hojas de coca, a quien le exijo -con educación pero con firmeza- que me proporcione información general sobre el lugar.


El hombre manifiesta, mostrando el clásico orgullo pueblerino, que La Plata es la “capital de la provinsia de GüAire” (sic). Al principio creí estar entendiéndole mal (el acento de los platenses es extremadamente cerrado), pero luego de repetírmelo un par de veces no puedo contener la carcajada. Entonces le explico, con toda paciencia, que eso no es posible: ya hay una Capital en la “Provinsia”, y se llama Ciudad Autónoma de Buenos Aires, una ciudad grande y cosmopolita, con teatros, centros culturales, universidades, tres librerías por cuadra y un abundante parque automotor (“Brrrmmm, brrrmmm”, le aclaro, mientras hago la mímica de mover un volante), y de allí salen los mejores hombres y mujeres del Suelo Argentino (tomo la precaución de aclararle esto último medio rapidito, como entre dientes).


El lugareÑo, tocado en un frágil orgullo basado en una mentira de la infancia, insiste: La Plata no sería la Capital del país, sino de la Pcia. de Bs. As. Nuevamente, imbuido de espíritu pedagógico, rechazo -lento y fuerte- su proposición por absurda. ¿Dos capitales, en la misma provincia, a unos 50 km. de distancia? ¿Con qué objeto? ¿Para qué una Capital de la Provincia prácticamente superpuesta a la Capital del País Entero, y por lo tanto mejor? ¿No debería la Ciudad Autónoma cubrir esa necesidad con creces por varios miles de kilómetros? Si construyo la Muralla China, ¿acaso colocaría un pequeÑo cerco de madera cinco metros delante de ella?


Mi lógica imbatible parece sumirlo en un pasmo apoplético. Para no abrumarlo con mi superioridad intelectual, lo que podría entorpecer mi investigación, parto la diferencia y le concedo que los dos tenemos algo de razón, y que la suya, una lógica algo sui generis, más mágico-religiosa y primitiva, también es necesaria para la plenitud del Hombre, que no debe renunciar a su lado salvaje sin riesgo de perder su alma en aras de una Ciencia Deshumanizada. Por si eso no alcanzara -un brillo hostil empieza a reflejarse en los ojos del aldeano- lanzo unos billetes de $2 y mientras se arroja a atraparlos, me alejo prudentemente. Luego, busco un “cyber” para registrar mi experiencia, confiando en que no se corte la com


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