Martes 13 de Noviembre, La Plata.
Luego de 48 hs. de transbordos, peajes, escalas, paradas imprevistas y convoyes de mulas, henos en La Plata. El viaje no tuvo historia, excepto un incidente en el último peaje, que por esos azares del cambio o su ausencia, debimos abonar con un billete de $100; el peajero nos reintegró el vuelto con 49 billetes de $2 con 30 cts. Puedo asegurar que sólo cuando vendí mi monoambiente en Palermo y cuando desempeÑaba funciones como artista a la gorra tuve tantos billetes juntos en mi poder (Ver foto).
Llegados a la simpática localidad de La Plata, que con todas las prevenciones hechas por mi instructor en Supervivencia me sorprendió por su pintoresquismo -por llamarlo de alguna manera- los billetes resultaron una bendición, ya que la presencia de un grupo de porteÑos no pasa desapercibida para los locales. No pusimos un pie en la frontera que nos vimos rodeados por carteristas, vendedores de baratijas y mendicantes, gimiendo “dólar, sinior, dólar, sinior” en su cerrado dialecto. Pudimos deshacernos de ellos arrojando puÑados de billetes de $2 al aire. Mi fiel asistente Kiriatos se solazó en arrojar algunos billetes a un punto equidistante de dos platenses, haciendo entrechocar sus cráneos. Luego de reirme lo indecible, reconvine a Kiriatos para que respete la idiosincrasia local (“No molestes a los platenses, Kiriatos”).
Por mis primeras impresiones y contactos con las costumbres de los lugareÑos, puedo intuir lo infernal de mi estadía futura. Intentaré, si es que los “cybers” locales (unas burdas máquinas de escribir conectadas a la red telefónica) me lo permiten, pedir a Clarín Enterprises Inc. que me releve de mi misión lo antes posible. Uy uy,uy,se corta, se corta la c
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