miércoles, 21 de noviembre de 2007

El País Submarino: Religión y creencias





paissub.JPGDomingo 18, 01:10 p.m., La Plata

Por un momento creo tener una esperanza. Mientras salgo no sin dificultades motrices del restobar con “wi-fi”, uno de los ricos hacendados allí presentes, me deja su número de teléfono. Como mi reserva de billetes de $2 está mermando considerablemente (no debí pedir ese séptimo paty con huevo revuelto), concerto una entrevista.


El fazendeiro Edson Rivas Rocha, miembro de una familia tradicional platense, es uno de los pocos hombres educados de la zona y uno de los más opulentos de la Provincia de Buenos Aires. Su propiedad, que recorro custodiado por sus feroces Escuadrones de la Muerte, ocupa cientos y cientos de hectáreas en el camino que va a Ensenada, donde se explota el cultivo de algodón y tomateras, además de a millares de campesinos hundidos en la miseria más inhumana, que sólo reciben como pago bonos para comer en los puestitos de choripanes propiedad de Rivas Rocha. Sin embargo, parecen felices y cantan una música llena de ritmo y melancolía, cuando no se entregan a sus primitivos rituales.


Rivas Rocha me recibe en su apabullante biblioteca y me explica que comprende mi problema. Dice que le apena que un muchacho de la Capital de mi nivel socio-cultural tenga que pasar por estos problemas, y si bien por un problema de caja chica no puede financiar mi escape, me ofrece hospedaje y un scanner; a cambio, sólo tengo que dejarme moler a bastonazos por él mismo personalmente un par de veces al día, dice con una risita avergonzada, mientras el puÑo se le cierra, nervioso, sobre el mango de su bastón de marfil.


La oferta es tentadora, especialmente teniendo en cuenta el pésimo servicio del Silver Astoria. La parte de los bastonazos no me convence mucho, aunque me caracterizo por tener unas espaldas resistentes y compactas. Le digo que lo pensaré, cosa que no le causa mucha gracia. “No lo piense demasiado, Sr. Podeti”, me despide amenazadoramente.


parroquia.jpgEsa misma maÑana, buscando tranquilidad espiritual, visito la simpática parroquia frente a la plaza que los lugareÑos llaman pomposamente “la Catedral” (obsérvese la ausencia de rampas para discapacitados). Luego de reflexionar y recuperar algo de entereza, converso con el curita del pueblo (uno de esos párrocos gauchazos y campechanos que pueblan los rincones más olvidados de nuestra tierra), que me explica que la “Catedral” es uno de los grandes orgullos del pueblo platense. No puedo evitar una sonrisa socarrona, y ante la mirada inquisitiva del cura, no tengo más remedio que explicarle que para mí una “Catedral” es otra cosa; que en Buenos Aires, las Catedrales alcanzan miles y miles de metros, y sus agujas neo-post-góticas se pierden en el infinito, y que tenemos una cada tres cuadras. Pero -a modo de concesión- eso no es lo importante, ya que Dios está en todas partes, incluso en esta vieja casona semi-reciclada con las paredes descascaradas y el piso sucio.


El cura, algo picado por cierta soberbia que me parece muy poco cristiana, me responde que tal vez no es fácil para ellos llevar adelante su tarea en una ciudad diabólica como La Plata; a modo de ejemplo, me seÑala el arquero de la plaza -una especie de “cover” del Arquero de Rodin-, que apunta a la cruz de la “Catedral”, y las cuatro estatuas de las fuentes haciendo cuernitos. “Muy difísil trabajar así, sinior, muy difísil, el pobre Padre Abdallah tiene que exorsisar puerta y baldear vereda con agua bendita todos los días por culpa rayos magnéticos mandados por estatuas satàcas, dolar, sinior, dólar”.


Vuelvo a sonreír -en realidad, me río abiertamente, ronquidos nasales incluidos- y le contesto que el arquero, además de haber sido despojado de su arco, difícilmente podría acertarle a la cruz debido al frondoso árbol que se interpone (sí, hice la correspondiente investigación); sin contar que se trata de una estatua de piedra, por lo que está desprovista de voluntad y articulaciones. Pero no quiero insistir mucho en este punto ya que el respeto por el animismo de los pueblos originarios platenses fue una de las estrategias utilizadas por los misioneros que llegaron a la zona para captar nuevas almas.


Por otro lado, los “cuernitos” de las estatuas (una de las cuales carece de dedos, amputados por algún fanático religioso) semejan más a algún tipo de anticuado visaje masónico o tal vez un homenaje al Hombre AraÑa. Satanismo en serio es el que se vive en la Capital, donde se han instalado altares para sacrificar cabras negras en todas las plazas, y una vez al mes está permitido hacer un sacrificio humano (siempre utilizando instrumentos quirúrgicos descartables), y todas las casas cuentan con un equipo de música especial para escuchar canciones al revés. Pero, agrego, si quiere llamar “satánico” a este inofensivo cuadrado de tierra delante de su iglesia, está en su derecho.


El padre Abdallah, algo agriamente, se despide, seÑalándome el buzón para las limosnas. “Dólar, sinior, dólar, sinior de la Gran Capital se burla del pobre Abdallah, pero seguro que será bueno y generoso con rebaÑo de Dios así como es tan ingenioso y alegre. La paz sea con sinior.” Recogiendo el guante, y tal vez algo atolondradamente, dono la totalidad de los billetes de $2 que me quedan (los tres completos!) y me alejo.


Estoy pensando que tal vez los próximos días deba dormir en la plaza, aunque confieso que los “rayos magnéticos” mencionados por el párroco me inquietan un poco (ya tuve bastante con el “wi-fi”), lo mejor es q


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