Seguir en su ruta laboral a Don Munir Azize, sirio libanés de pura cepa y derivador de “souvenirs” de profesión, es como hacer un viaje en el tiempo. También es como hacer un viaje por las calles de Buenos Aires, literalmente, ya que Don Munir recorre la ciudad desde hace más de cincuenta aÑos, bolsa al hombro, llevando a cabo la tarea con la que se gana el pan humildemente (“No tan humildemente., nos aclara Don Munir, después de revisar mis notas). Este arruinado comunicador debe aclarar que no es tarea sencilla, ya que este viejito que llegó a Buenos Aires en el aÑo 1944, sin familia y apenas un shawarma tibio en el bolsillo, reniega de todo tipo de rodado, ni siquiera una bicicleta, ya que su religión los considera impíos (en 1966 abandonó el Islam para entregarse a la adoración de Belcebú) y realiza su apasionante labor totalmente a pie. .Es buano para la salú., nos espeta socarronamente en su media lengua.
Todos conocemos esos .souvenirs. que nos dan cuando vamos a un bautismo, un casamiento, o un cumpleaÑos infantil. O una fiesta de egresados, o unas bodas de oro de una tía, o una primera comunión, o un Bar Mitzvah, o tal vez una fiesta en la oficina. O una fiesta de fin de aÑo de alguna organización benéfica, o de la escuela de tus hijos, o la secundaria, o tal vez el acto de entrega de diplomas o una reunión de padres. O sea, muchos .souvenirs.. Miles y miles, que acumulan polvo en estantes, en la mesada de la cocina, en una panera, al lado de la computadora, o arriba del televisor, sin encontrar su lugar definitivo .ya que nadie se atreve a aceptarlos como miembros permanentes de la decoración hogareÑa- pero que nadie tira, por temor a ser acusado de frialdad de corazón.
Bien, nadie se pregunta quién los hace. Los hace un tipo. No importa. Pero todos nos hemos preguntado cómo es que, luego de meses y meses de toparnos con estos .souvenirs. como quien coincide día por medio con un vecino indeseable en el ascensor, un día desaparecen, sin que nadie .presa de cierto temor supersticioso que encadena el destino de estos objetos al de la persona que nos lo ha regalado- los haya tirado a la basura. Quién diría que la respuesta está en este anciano de nariz corva, bigote entrecano, calva desprolija, ojos azul pizarra y remera publicitaria de Gatorade©.
Todos los días, bien temprano, Don Munir sale de su casa con un mapa de casas con .souvenirs., armado en base a la información que le brindan parroquias, salones de fiestas y tiendas de regalos; Gracias a un convenio con SUTERH, está informado de horarios de salida y entrada de las familias con las que trabaja, y así, ganzúa mediante (o, muy de vez en cuando, con la colaboración de algún miembro de la familia), entra a los hogares y, sencillamente, sean de cerámica, de porcelana fría o goma eva, se lleva los .souvenirs. que ya han cumplido su ciclo, cargándolos en su bolsa de consorcio, como un Papá Noel al revés, y se marcha sin dejar más rastro que esa bienvenida desaparición.
Una vez terminado el recorrido, Don Munir llega a casa, con la bolsa bien cargada .este cronista intentó levantarla y sólo atinó a desear llegar a la edad de Don Munir con su fortaleza física, deseo que el anciano descartó como posibilidad con un risueÑo .no, no creo.-, y colocándola en mitad del patio, comienza la etapa más fascinante del proceso; porque la pregunta es: Qué hace Don Munir con estos objetos? ¿Cómo los .deriva., si hacemos caso al título que aparece en el cartel .letras negras sobre chapa de lata de aceite, un par de faltas de ortografía- que se encuentra en el frente de casa?
La respuesta no se hace esperar: armado de una enorme maza, Don Munir destruye los .souvenirs. estruendosamente. Apasionadamente, se diría que con bronca, hasta reducirlos a un fino polvillo. Si algún angelito de Crealina© se ha salvado del Holocausto, Don Munir arremete con él con furia; y esto se aplica para todo tipo de souvenirs, no sólo para los angelitos, aclara Don Munir, para que no creamos que su religión satánica interfiere con su profesionalismo. Por fin, y sólo por las dudas, Don Munir baÑa la bolsa en nafta y luego la incendia. Los restos, un cúmulo de cenizas y plástico pegoteado, van a parar .a través de la medianera- al patio del vecino. .No sé, parase que el hombre no sale busho al patio., contesta el anciano cuando le preguntamos si el vecino se queja.
¿Y cómo se financia la noble tarea de este habitante de Parque Patricios, querido por sus vecinos, especialmente por los más chiquitos, a quienes él obsequia a diario con estampitas satánicas? Muy sencillo: con un impuesto del 0.03 % sobre la factura telefónica de todos los usuarios de la capital (se supone que figura en la boleta, aunque la Defensoría del Pueblo ha radicado una denuncia que desmiente esto último), un aporte que las compaÑías de telecomunicaciones hacen .para una mayor tranquilidad de los ciudadanos.. Claro que eso no impide que, de cuando en cuando, Don Munir se tome la libertad de .darse una propina., como dice él no sin picardía, llevándose algunos objetos de los hogares que visita. .Total se ve que busho no la usaban., nos cuenta, mostrándonos con orgullo un auténtico Stradivarius, una de sus últimas adquisiciones.
.Para mí es un orgullo seguir portando la antorcha de la familia., dice Dante, nieto de Don Munir, que trabaja codo a codo con su abuelo desde hace tres días en calidad de aprendiz, para que el oficio no desaparezca; y se acerca a un .souvenir. importante, un Moai de cemento .recuerdo de una fiesta hawaiana- a medio destruir, para terminar la tarea.
Entonces, nos toca presenciar uno de esos imprevistos que ocurren en todos los oficios, desde que el hombre fue expulsado del Edén: ¡Dante tropieza, los escombros del Moai caen, y sin querer vuelca un tarro de .La Gotita.© -que Don Munir utiliza para reciclar los trozos de .souvenir. que considera adecuados para construir la titánica estatua de Baal Zebub que está construyendo- y el .souvenir. queda reconstruido en el acto! Don Munir, fuera de sí, insulta a su nieto en varios idiomas a la vez, e incluso lo amenaza con un puÑal de sacrificio con la cabeza de un Baphomet en el mango. Dantre, cabizbajo y rojo de vergü promete que la próxima vez tendrá más cuidado. Gajes del oficio.
Nos alejamos del mágico taller de Don Munir, reflexionando sobre la fragilidad de la memoria, sobre la carga psicológica que acompaÑa a nuestros objetos, y deseando la pronta visita de Don Munir a mi hogar para deshacerme de ese bebé osito color lila de porcelana fría que ya lleva en unos tres aÑos y medio refugiado en la esquina de la mesa del comedor, y que cuando lo miro fijo me parece que se ríe. .De. mí, no .conmigo..
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