jueves, 13 de septiembre de 2007

¡Gran consternación de los lectores: Lanzan otra novela interactiva!





.Fuga en Helsinki., Capítulo 1: .Bienvenido al Infierno.


-¡Culpable!


El veredicto no sorprendió a nadie. Desde que la papelera de Botnia en Fray Bentos fuera destruida, la humanidad había adoptado la tabla de arcilla sumeria como reemplazo de las desaparecidas reservas de papel. La escritura cuneiforme estaba a la orden del día, los libros se confeccionaban en forma de pelota de arcilla, el dinero también estaba hecho de arcilla, y el precio de esta sustancia se había ido a las nubes, reemplazando al oro y al petróleo como referencia económica mundial (sólo el papel higiénico había sido reemplazado por plastilina, por una cuestión de humanidad).


Y por supuesto, atacar a los profesores particulares de cerámica, que ahora recibían el tratamiento de semidioses, estaba equiparado a la violación de menores. Agravado, claro, por el hecho de mi condición de persona no grata en Finlandia, donde había cometido mi brutal crimen. Por lo que mi condena a pasar veinte aÑos en la prisión de máxima seguridad de Helsinki estaba dictada de antemano.


Por supuesto, ese era mi plan desde el principio. Necesitaba entrar a la Prisión para salvar a un amigo: el ex agente del Servicio Secreto Finés Rune Kankkunen.


Cuando me enteré de no había sido desintegrado por Sinter Klaas, una todopoderosa criatura de otra dimensión, sino simplemente desmayado, casi tiro el chivito canadiense que me había preparado mi esposa la Evangelina. Pero la alegría duró poco, al enterarme de que habpía sido condenado a muerte por alta traición. Y allí me decidí.


No fue fácil. La Evangelina se puso tan furiosa que inició los trámites de divoricio y me dijo que no volvería a ver a nuestros hijos; debía renunciar a mi puesto de vicepresidente de Uruguay (un cargo honorario por el cual cobraba fortunas, que me fuera conferido por mis servicios prestados), abandonar nuestra mansión en Cabo Polonio (la única en todo el pueblo que contaba con energía eléctrica y agua corriente) y, por fin, ser encarcelado. Todo para salvar a un hombre que apenas conocía y que había intentado matarme docenas de eces. Pero un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer.


Y allí me encontraba, en la cola para ingresar a Temu Seläe, la cárcel más peligrosa de todo el territorio finés (llamada así en honor a uno de sus más grandes jugadores de hockey). Me sonreí pensando en el rostro de Paavo, mi víctima, cuando fingí enfurecerme porque le había hecho unas críticas a la .viborita. que había creado. Cuando estuviera lejos de allí le enviaría una bonita tarjeta postal.


Me hicieron dejar el libro en forma de pelota que estaba leyendo (La insorportable levedad del ser) y mi pasaporte en forma de cilindro de arcilla; luego, inscribieron mis datos en un enorme bibliorato en forma de pirámide invertida; luego me asignaron una celda.


Mi compaÑero se llamaba Mikael y me contó que un día que había bebido demasiado vodka, había decidido meter su auto en el garage empujándolo. La policía lo arrestó, porque técnicamente estaba manejando su auto borracho, y lo habían condenado a 15 aÑos de prisión. El sistema legal finés castiga severamente este tipo de faltas. Es otro país, otra mentalidad. Claro que cuando le conté que había golpeado a un profesor de cerámica me miró con ojos desorbitados y decidió ocultarse debajo de la cama hasta terminar su condena.


Aproveché entonces para repasar mi plan; no, no había entrado clandestinamente ninguna tabla de arcilla, ni tampoco un cilindro.

Fui más drástico: Me había dibujado el plano de la cárcel en todo el cuerpo. Para ello, había utilizado un fibrón negro, tal vez el último fibrón negro que quedaba en el mundo, que había encontrado en un cajón de mi despacho durante mi vicepresidencia. Sólo tendría que consultar mi propio cuerpo, mirando mis músculos en orden alfabético (del abdominal transverso al zigomático mayor) para seguir paso a paso mi complejo plan. Pero enseguida debí colocarme el uniforme nuevamente, porque llegaba el guardia.


-Oye, Aatelisnainen .así llamaban irrespetuosamente los guardias a los reclusos -, buenas noticias. Por ser tu primer día se te permitirá pasar cuarenta minutos en el spa de la cárcel. Y puedes elegir: ¿Sauna finlandés (aunque aquí le decimos sencillamente .sauna.) o ducha escocesa (.Ducha., en Edimburgo)?


Mi condición de asmático, claro, no me permitía ingresar al sauna, así que la elección era clara.


Y entonces lo recordé: el marcador que había utilizado no era indeleble.


Si decides usar la ducha escocesa, arriesgándote a borrar el mapa, vota FU.

Si decides usar el sauna finlandés, arriesgándote a sufrir un ataque, vota FA.


(Esta historia continuará)


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