Uno de los grandes lugares comunes de la literatura, la gente que habla de literatura, la gente que lee literatura y todos esos tipos es que .los temas son dos o tres: la muerte, el amor, el destino. Toda la literatura gira alrededor de eso..
Es una afirmación temeraria .casi tanto como decir que hay inflación- pero dígase con voz grave y mirada severa .y armado- y nadie se atreverá a discutirlo; sirve para hacer críticas de libros sin haberlos leído ..Este libro trata de uno de estos temas: el amor, la muerte, el conocimiento.-, para rellenar notas cuando te piden 10.000 caracteres y también para suavizar una acusación de plagio: .Ya sé que mi libro .El Duque de Mountain Cresta. se parece mucho a .El Conde de Montecristo.. Lo que pasa es que, a fin de cuentas, los temas son dos o tres: el amor, la muerte, el conocimiento..
Enuentro sin embargo que existen otros temas: la amistad, la paternidad, la comida. No sé si están presentes en todos los libros. Pero son temas recurrentes. Por ejemplo: en .Esperando a Godot. aparece el tema .comida. (diversas situaciones giran alrededor de zanahorias y nabos, en el sentido más inocente de estas hortalizas). También aparece en .Una excursión a los Indios Ranqueles. (Se describe abundantemente el consumo de asado, choclos y zapallo), en .La Conjura de los necios. (Ignatius Reilly se convierte en vendedor de panchos) y en .Los Hermanos Karamazov. (En una parte, Aliosha Karamazov se lleva un trozo de pan para comer en el camino). Podría estar horas enumerando ejemplos, tal vez porque es la hora del almuerzo. Sin embargo, nadie dice: .Los temas de la literatura son dos o tres: el amor, la muerte, la comida..
Todo esto para atajerme acerca de que pretendo tocar un tema remanido: los pares de medias incompletos. Bueno, no es mi culpa, los temas de la literatura son dos o tres: el amor, la comida, los pares de medias incompletos.
Si no es uno de los grandes temas, debería serlo, porque habla de las peores tinieblas del ser humano: El abuso. La mezquindad. La frivolidad. La hipocresía.
EL ABUSO: Nuestros pies son la clase obrera del cuerpo humano. Están debajo de todo, soportando nuestra pequeÑoburguesa anatomía, que se dedica a placeres y diversiones de todo tipo: come con la boca, escucha hits del verano con las orejas, se entrega a la degeneración recreativa con la entrepierna. Los pies sencillamente nos llevan de un punto de solaz a otro, sin quejarse ni recibir nada a cambio. No lo embadurnamos con un poco de salsa bolognesa para hidratarlos, ni los apoyamos sobre el parlante para masajearlos y, salvo los amantes del fetichismo de pies (punto a favor para los fetichistas), tampoco les damos cabida en la alcoba, sea lo que sea eso. AntaÑo, los visitadores médicos o los corredores mantenpian la sana costumbre del baÑo de pies caliente. Con sal gruesa. Se los recompensaba.
Ahora, a hacerlos mierda contra el asfalto caliente. ¿Por qué? Porque podemos hacerlo. Hasta que no se rebelan mediante una uÑa encarnada o pie de atleta, los exprimimos, exactamente igual que con el obrero, la empleada, el pinche. El explotador se mueve en base a sus márgenes de posibilidad: hasta que el sirviente no le parte el cráneo con su azadón, si el amo puede chuparle la sangre, lo hará. Sólo el exorbitante precio de un esclavo le impide matarlo de agotamiento. Si pudiéramos comprar pies nuevos en el kiosco a un módico precio, los trataríamos aún peor. Por eso, ni más ni menos, es que nos importa una goma el estado o la completad de nuestros pares de medias. ¿Qué me importa? ¡Es una media! ¡Cubre a mi miserable esclavo transportista, no mi cabeza! ¿O pierden su sombrero Palm Beach con mucha frecuencia?
LA MEZQUINDAD: No ocurre lo mismo con los zapatos. Nononononononoo. No perdemos UN zapato. No salimos a la calle con dos zapatos diferentes. Antes, preferiríamos ir a la zapatillería de barrio y comprarnos un par de esos de cuerina plástica a $30, aunque sea para zafar el día. ¿Pero a quién quiero engaÑar? ¡Eso no ocurre! La gente no desempareja sus pares de zapatos, sencillamente porque salen o cien o doscientos o trescientos o quinientos mangos, según cuán boludo sea el calzante (siguiendo la regla de proporcionalidad directa, a mi modesto entender). La media se pierde en seguida: total, ¿cuánto sale una media? La avaricia humana en su máxima expresión está relatada en el hecho del par de medias incompleto.
LA FRIVOLIDAD: Claro, el otro motivo del acomodo infame del zapato es el amor al lujo y a la exhibición de status de nuestra miserable raza. Por eso llena al receptáculo final, el zapato, de artículos suntuarios y oropeles vacuos: Hebillitas doradas, labranzas, cuero de animal muerto, charol, tacos altos de acero quirúrgico, cordones trenzados, flecos, suelas de caucho o guatambú, cámaras de aire, pendorchos infladores en la lengüe las zapatillas, diseÑos futuristas y aerodinámicos, exhibicionistas bases de cáÑamo trenzado y coberturas de chocolate confitado. El zapato tiene todas las prestaciones que no tiene la media. ¿Porque nos importa el pie? ¡No! Porque queremos mostrarle al prójimo que somos más guachos, que ganamos más plata y que la podemos gastar en estupideces. Cualquiera tiene medias. Es como tener una palita de la basura. Es imprescindible y por lo tanto no es un artículo de lujo. Además, está hecha de poliéster o de algodón. Materiales sencillos, proletarios, que no podemos enchular. Total, que se pierdan.
LA HIPOCRESíA: Y, por fin, allá debajo de todo, ocultos por el zapato, no se ven. ¿Para qué adornarlos? Ah, eso sí, me compré un boxer con rayitas, pero claro, a esa parte le tengo más apego. No sólo eso: quién no ha salido, en caso de necesidad y urgencia, con dos pares de media diferentes, cuidando en lo posible que la botamanga del pantalón se mantenga lo más baja posible. No importa la existencia de la asimetría: lo que importa es que no se vea. No importa que nuestras medias estén llenas de papas, que nuestro dedo gordo asome a saludar o que las vengamos usando desde hace 48 horas, porque total el zapato y la ubicación espacial del pie se encargan de tapar el defecto y amortiguar la spuzza. Como esas familias de aristócratas arruinados que se niegan a abandonar la mansión pero mantienen a su mayordomo y viven a mortadela (la de la esquina, no mortadela italiana con pistachios), nos calzamos dos pares de medias diferentes y los tapamos con zapatos de ciento veinte mangos.
El par de medias incompleto, así, no revela la volatibilidad de la media, ni la perversidad del viento o el Lave-rap, ni el espíritu juguetón del gato, sino la inmundicia irremediable y nauseabunda del ser humano. Incluído vos, vos y vos. Vos un poquito, también.
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