jueves, 3 de mayo de 2007

¡Yo no sé por qué no hicieron sólo la primera mitad!





La-Vie-en-Colours1.jpg(Crítica hipotética de una película que .en la segunda mitad decae un poco.)


Michael y Joanna son una pareja que elige el peor momento de su crisis matrimonial para embarcarse en la aventura de comprar una vieja casona en Nueva Inglaterra; la aparición del abuelo de Michael, un ex miembro de la Mafia con Alzheimer obstaculizará el proyecto de cine independiente sobre lucha libre mejicana de su hija adoptiva coreana / norteamericana Kim (que descubrirá su particular sexualidad a los pocos minutos de empezada la historia); la aparición de un maletín con cinco millones de dólares, buscado por un abogado drogadicto y su socio no vidente, terminará de complicar las cosas.


Así empieza El Testamento Roto, film que promete desde la firma de sus co-directores: Martin Scorsese, Tim Burton y Akira Kurosawa, en su segunda película en colaboración (la primera, Me Chifla la Tararira, fue un faux pas de este trío de luminarias). El guión, escrito por los tres directores más la colaboración de Paul Auster y Stephen King, adaptado de una novela desconocida, en su momento escrita en colaboración por Herman Melville y Edgar Allan Poe, sólo puede despertar ambiciosas expectativas. La apuesta se eleva con un elenco multiestelar que incluye a Robert de Niro, Jerry Lewis, Meryl Streep y Marcello Mastroiani en su papel póstumo.


Los primeros sesenta minutos de la película son impagables: Pocas veces el espectador se ha sentido tan agradecido y vivificado por la poesía, el humor y algunas de las escenas más conmovedoras e imaginativas de la historia del cine. Este crítico ni siquiera es capaz de poner en palabras el caleidoscopio de emociones y reflexiones disparadas por esta obra de arte.


En la segunda mitad, sin embargo, la película decae un poco. Llegan rumores de que la repentina muerte de Kurosawa en mitad del filme obligaron a reemplazarlo por Jim McTiernan, el correcto artesano de Duro de Matar. También la pésima relación entre Burton y Scorsese habría forzado la renuncia de ambos directores, siendo reemplazados por Renny Harlin y Bryan Singer. A partir de este momento la película empieza a abundar en explosiones y efectos de computadora, convirtiéndose en no más que un correcto entretenimiento que no decepcionará a los fanáticos.


A las tres cuartas partes del filme, sin embargo, decae un poco más, debido a la renuncia en masa de los directores en solidaridad con la huelga de guionistas (que en protesta hicieron desaparecer de la película al mafioso, la hija adoptiva, el abogado drogadicto y el no vidente, convirtiendo la película en un drama muy bodrio sobre el divorcio).


A los siete octavos de película, la caída es en picada. Las cámaras de fílmico son reemplazadas por videograbadoras de VHS (incluso los encargados de la sala se ven obligados a mudar a los espectadores a un cuartito con un televisor). El guión pasa a ser inexistente y los actores (que han sido reemplazados; el papel de Robert de Niro pasa a ser interpretado por el tipo ese que siempre hace de policía malo, y Meryl Streep es reemplazada por el cómico Tandarica, con una peluca; el resto están animados por computadora, que encima anda mal) pasan largos minutos diciendo .Esteeee. Eeeeehhh. Aaaaaahhh. Y. Cómo es… Los rubros técnicos pasan de lo rudimentario a lo inaceptable (en todo momento se ve el micrófono, y por momentos se ve la misma cámara con la que están filmando, esto último ni siquiera entiendo cómo lo han logrado).


Cuando ya quedan pocos minutos, a los diecisiete dieciochoavos de película, la .cosa. se vuelve insoportable: ruidos, persecuciones de autos sacadas de otras películas y pegadas con moco, minibiografías de cantantes de música country, monos con ropa, personajes muertos que se nota que están respirando, huecos narrativos y olor a culo saliendo directamente de la pantalla. Algunos le echan la culpa al último reemplazo de dirección (que no figura en los créditos, pero se especula que podría ser Sergio Denis o Ridley Scott o Alberto Fernández). En un momento de desesperación ponen chicas desnudas, pero la cámara filma la pared. La mayoría de los actores incluso han sido reemplazados por objetos (por ejemplo, el papel de Anthony Hopkins lo realiza una percha, con una peluquita de papel, movida delante de la cámara). Una vergü


Por fin, a los ochenta y cinco y medio ochentayseisavos de película, la película decae un poco más y ya no se puede decir que sea una película, es una masa informe, nauseabunda, de color marronáceo, del cual salen pendorchos blancuzcos que se mueven y respira con dificultad. A esta altura ya no quedan espectadores en la sala (una segunda sala, aún más pequeÑa que la del televisor, sin ventanas, iluminada con tubos fluorescentes, con olor a desinfectante, unas medias de vieja secándose sobre una estufa pintada de verde agua y un perro agonizante en un rincón); la mayoría se han ido o han muerto. Entonces, un espectador piadoso extrae un arma y la mata.


Balance: Seis puntos. Una película chiquita y necesaria. Excelentes efectos especiales y una banda de sonido memorable.


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