El fin de semana visité el Museo de Ciencias Naturales de la Plata y me quedé muy impresionado (aparte del gigantesco DIPLODOCUS que, a pesar de su ausencia de tejidos y cuerdas vocales, emitía unos sonidos y rugidos de lo más escalofriantes a través de un parlante ubicado en la parte inferior de su tarima; el equivalente prehistórico, por lo que pude deducir, del aparatito que utiliza la gente que ha sido operada de la laringe) con una tabla periódica de elementos que, además de las clásicas siglas y numeritos incomprensibles, traía un DIBUJITO que explicaba en qué objetos se encontraban los diferentes elementos.
Desde ya que no he retenido ninguno de estos datos –conocen mi problema- pero era de lo más ilustrativo. Hasta el vidrio estaba hecho de algo (aunque no me acuerdo de qué). Yo creía que el vidrio estaba hecho de vidrio.
No es así: Todo está hecho de otra cosa. Alguna vez, luego de enterarme de que algunos CHOCOLATES están en realidad hechos de papa; y que algunas papas fritas de copetín están hechas de nabo, enuncié la siguiente ley de la economía empresarial:
“Para que el producto rinda más dinero, toda ‘cosa’ debe estar hecha, no de la ‘cosa’ en sí, sino de una ‘cosa’ peor”.
La segunda conclusión es que hay una “escala” de productos en el siguiente orden decreciente: 1) Chocolate; 2) Papa; 3) Nabo.
Un ejercicio interesante sería pensar de QUé se harían los nabos industriales, si éstos existieran. Por ahora, sin embargo, debemos conformarnos con esos tipos que vienen –ubicados entre las categorías de “malvados” y “escandalizadores”- con una semisonrisa en los labios, encantados de la perspectiva de arruinarnos la vida, y mientras estamos terminando determinado comestible nos espetan “Si yo te cuento de qué está hecho eso no probás un solo (producto indeterminado) nunca más en la vida.”
Así, nos cuentan estos sujetos asombrosamente informados, las salchichas, las bebidas Cola, las formitas de pollo y demás porquerías que nos encantan están hechas de cosas innombrables (aunque nunca nos aclaran exactamente qué). Por no mencionar al famoso gusano del que están hechas las hamburguesas de fast food. Si algo está hecho de lo que parece, por ejemplo el pollo, se nos despachan con un “Sí, pero si te cuento cómo crían a los pollos no volvés a comer un pollo en tu vida”.
Estos semi-denunciadores bromatológicos parecen no haber oído hablar jamás del poder inmenso de la negación humana: Ese poder, entraÑable, amistoso y que podríamos imaginar como un compaÑero de escuela gordo y sencillo que nos da una palmada en la espalda mientras dice “no es para tanto”, y que nos impide identificar el geométrico e inerte bife de costilla con la pobre ternera sacrificada en la flor de la edad.
¡Brindo por ti, oh, poderoso velo que vuelve al mundo un lugar más amable y cálido! ¡Que tu poderoso brazo siga sosteniendo nuestra nuca, obligándonos a ver el río y los pajaritos mientras terminamos con inocencia ese chorizo quemado e inmundo!
Publicado a las 11:40 p.m.
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