La lectora Jorgelina Cretta intenta contestar a mi duda sobre las medialunas:
“Las medialunas de grasa, o ’saladas’, son finitas porque la materia prima grasa hace que la masa se vuelva crocante, y este efecto sería totalmente desaprovechado si la medialuna fuera gorda; me refiero a que no se podría morder la puntita y que haga ruidito, sería todo un masacote duro y gordo.
“En tanto las medialunas de manteca, o ‘dulces’, como bien lo dice el nombre, deben contener un producto azucarado o acaramelado en su parte superior, generalmente pegajoso y bastante innecesario. Sin embargo, es imprescindible que la medialuna sea gordita para que se pueda deslizar facilmente sobre la misma este pegote, y a la vez para que se luzca más su brillo.
“Podemos concluir que las medialunas de grasa son, justamente, grasas, no tienen aspecto tan estelar como sus hermanas, y son bien queridas por el vulgo. En cambio, las medialunas de manteca son las preferidas de las seÑoras que toman el te o el café con leche en las confiterías de Caballito los domingos por la tarde.”
Más allá de intentar una intencionada campaÑa semi-subliminal a favor de las medialunas de grasa, el testimonio de la Srta. Cretta no explica gran cosa: No me queda claro por qué las medialunas de grasa no pueden ser blanditas y con pegote y las de manteca crocantitas.
¿Dónde hay un técnico en física culinaria cuando uno lo necesita?
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