lunes, 27 de septiembre de 2004

¡ES PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD, SALVO QUE SEA DE ESOS CON GUSTITO A FRUTILLA!





En un libro de G. I. Gurdjieff se narraba la siguiente historia, (recordada probablemente con media docena de inexactitudes):


En un pueblo de Rusia un hombre se despierta todos los días con fuertes jaquecas. Ningún médico encuentra solución para su mal hasta que uno le pregunta a qué se dedica. La labor del hombre consiste en hacer sonar todas las maÑanas la sirena de la única fábrica del pueblo, para despertar a todos los que allí trabajan.


La reacción natural de los habitantes del pueblo es lanzar toda clase de maldiciones e insultos soeces al responsable de su violento despertar, provocando, con su carga de energía negativa, los dolores de cabeza del protagonista de la historia. La solución; El médico le recomienda que todos los días, antes de hacer sonar la sirena, lance un par de docenas de insultos al aire, como para formar una especie de “campo de fuerza” que lo protegerá de las malas vibraciones ajenas.


El sujeto, por supuesto, merecía todos los males que lo aquejaban. Ninguna penuria económica justifica aceptar un empleo tan abyecto.


Pero el meollo de esta reflexión es otro. Evidentemente, los usuarios de alarmas para autos jamás han escuchado esta historia.


El objetivo primigenio del invento llamado “alarma contra robos” es alertar a un posible damnificado de que su bien corre peligro. Se busca de este modo que el robado pueda tomar medidas para defenderse. Sin embargo, a algún genio se le ocurrió que el objetivo de la alarma es la “disuasión”: Aterrorizado por la posibilidad de ser descubierto, se supone que el ladrón huirá y buscará una víctima menos equipada.


Así, el dueÑo de auto con alarma ha llegado a la conclusión de que no necesita molestarse en ir a chequear su vehículo. Con escuchar su alarma se queda tranquilo, entendiendo que no tiene una alarma sino una especie de Banshee cibernética que con sus gritos de ultratumba desintegrará a los ladrones o por lo menos infundirá un terror helado y justiciero en sus corazones; por lo tanto, descarta de plano la idea de acercarse a su auto para APAGAR LA MALDITA ALARMA, esperando a que se desconecte sola. También es consciente de que estas alarmas se activan al menor roce o caricia (funcionando también como muralla contra compadritos barriales que se sientan a conversar sentados en su capot), o incluso a una mirada fuerte, así que en general la escena de un robo ni le pasa por la cabeza (“no, no es nada, se activa por cualquier cosa”, le comenta a su mujer sin levantar los ojos del suplemento “Countries”).


Esto en el caso de que la oiga; en la mayoría de los casos el dueÑo de auto con alarma, convencido de la implacabilidad de su Robocop sonoro, desaparece del mapa y toda la cuadra sale a los balcones desesperada, tratando de localizar al único que puede salvarlos de este infierno; pero el muy hijo de **** parece que se ha ido al cine, y que con nostalgia de su juventud de peatón ha decidido tomar un transporte público; total, la alarma está allí para cuidarle al nene.


Esta gente no cuenta con el odio que genera entre sus vecinos; después de diez minutos de sufrimiento auditivo, el ciudadano más respetuoso de la ley empieza a desear que algún criminal tenga un poco más de presencia de ánimo y se lleve el j****o auto, o que a golpes de barreta descargue su resentimiento social hasta dejar la alarma convertida en una instalación posmodernista que simbolice la destrucción de la industria nacional; y si el ladrón no aparece, más de uno se pregunta si será muy complicado contratar uno o avisarle que tienen un auto joya, con la pintura intacta, motor a inyección y una alarma en perfecto funcionamiento a su entera disposición (el vecino también se regodea con algunos perjuicios sobre la persona física del dueÑo del auto; pero es lunes, estamos todos muy sensibles y para ahorrarnos disgustos les evitaré la descripción detallada de estas fantasías malsanas).


Si hubieran leído la historia de Gurdjieff, los propietarios de auto con alarma serían más considerados o sencillamente arrancarían el aparato de cuajo; No se sabe hasta dónde llega el poder del odio humano, pero la corporización de un ladrón de autos fantasmal y vengador creado por el fastidio de cuarenta o sesenta vecinos que no pueden dormir no parece excesivamente imposible.


Publicado a las 00:14 a.m.


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