El último furor que se ha desatado entre los vendedores callejeros que atienden en los semáforos –luego de las sucesivas fiebres de Yengas y patos que sacan la lengua – es el saludable y milenario barrilete.
Gracias a que mi seÑora esposa cayó en la tentación pude experimentar con el artefacto; lo encontré intenso y fascinante. Además de permitirme contemplar las portentosas fuerzas de la naturaleza en todo su esplendor, incorporé a mi vida un nuevo método para fingir que hago algo.
¿Qué tienen las actividades donde uno sostiene otra cosa con un hilo que las hace tan atractivas? Una explicación psicoanalítica podría llevarnos a berenjenales de cordones umbilicales simbólicos y búsquedas infructuosas de seguridad; En realidad, lo que tienen en común los barriletes, la pesca y –aunque con desviaciones algo perversas – el pasear un perro, es que son en realidad no-actividades embaladas en la apariencia de lo contrario.
Yo no pesco, porque se necesitan demasiados accesorios y hay que levantarse temprano; pero envidio secretamente a los pescadores, porque han encontrado una fachada perfecta para no hacer nada durante horas y atiborrarse de mate o whisky o conversación trivial (nunca verán a un grupo de pescadores debatir sobre el endurecimiento de las negociaciones de la deuda externa ) con total impunidad. La seriedad con que el pescador encara su misión impide al ocasional acompaÑante sincerarse con un “¡eh, no estás haciendo nada!”
Exactamente en ese papel entre risible e invulnerable nos pone el barrilete; tirados en el pasto y disfrutando del solazo, la mirada atenta a ese hipnótico polígono de tela de avión y varillas, cualquier propuesta para hacer algo puede ser abatida: “mirá, ahora no puedo, estoy ocupado sosteniendo esto”. Podrán lanzarnos una mirada de incredulidad o hasta algo de indignación – la gente disfruta mucho indignándose – pero no podrán acusarnos de mentir: efectivamente, estamos ocupados sosteniendo esa cosa, aunque mientras lo hagamos nos atiborremos de whisky o conversación trivial. Claro que no veo muchos remontadores de barriletes tomando whisky, pero no veo nada que lo impida.
Pasear el perro es algo parecido, sólo que a veces hay que hacerlo por obligación, y además exige autoritarismo o atención o resignarse a ser arrastrado por una bestia inmunda; pero si se encuentra cierto equilibrio en esta actividad enfermiza, también permite la improductividad intensiva.
Si se invierten los papeles y en lugar de un perro hay una lancha, tenemos el deporte pasivo y masoquista por excelencia; el esquí acuático, donde esta misma pasividad también estimula el abandono del Yo. Sólo hay que saber encontrar el placer de ser abofeteado dolorosamente por el oleaje; le agregamos a esto un paracaídas y se convierte en el famoso “para – sailing”, donde nos convertimos en un barrilete humano. Son variantes de lo mismo, con diferentes niveles de riesgo para la integridad de nuestra personalidad, pero todas están hermanadas por estas nobles características: sostenemos algo con un hilo y no movemos un dedo.
Recomiendo evitar el Yo-Yo, la oveja negra de la familia: nos obliga a COSAS AGOBIANTES como mover la muÑeca y ejercitar la coordinación. Un engaÑa – pichanga diseÑado por alguna organización gubernamental que conspira para volver productiva a la gente.
Publicado a las 00:21 a.m.
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