Un amigo – que tiene la suerte o la desgracia de ser trabajador autónomo- ha decidido tomarse una semanita de vacaciones. Podría a envidiarlo por el evento en sí, pero me limitaré a hacerlo por el hecho de que le espera un viaje en ómnibus de dieciocho horas.
A muchas personas que conozco esto le parece una pesadilla; Yo no encuentro situación más sublime: estamos inmóviles, en una posición casi fetal, mientras las circunstancias nos obligan a atiborrarnos de fluidos diversos, y luego se nos entretiene con videos clase “B” (si es un 5 estrellas, se nos obsequiará con un vaso plástico de whisky, con lo que la película se irá entremezclando con nuestro sopor hasta dormirnos arrullados como un bebé de ochenta kilos; sé que la imagen no es la más adecuada para impresionar a nuestras mujeres, pero no estamos ahí para eso); como premio extra, mientras estamos en tránsito, imposibilitados de la autodeterminación, nuestro ego queda suspendido temporalmente, como un zen instantáneo; en resumen, nada más parecido al regreso al seno materno.
¿Aburrido? En el ómnibus se puede: Dormir; Escuchar música; Atiborrarse de jugo, café, agua o – si es un 5 estrellas – whisky en vaso de plástico; Ir al baÑo; Ver videos que no alquilaríamos NI A PALOS por cuenta propia, de dramas humanos sobre enfermedades terminales o comedietas juveniles o biografías de estrellas de música country (probablemente el peor género cinematográfico del mundo); Leer; Jugar al Nintendo; Hablar con nuestro compaÑero de viaje; Cambiar de posición; Jugar con los comandos de la luz y el aire acondicionado; Ir hasta donde está el chofer y quejarse de que va muy rápido o hace calor; Hacer crucigramas; Bajar a una estación de servicio en mitad de la noche a estirar las piernas y preguntarnos en qué rincón extraviado del universo estaremos; Despertarse a la madrugada y dudar si el chofer estará manejando despierto; Mirar por la ventana.
Es decir, una jornada bastante más productiva que la que cualquiera de nosotros lleva habitualmente (y cuando digo “nosotros” me refiero también a “ustedes”; no me gusta ser demagógico). Por otra parte, cuando llegamos a nuestro destino de vacaciones empezamos a sufrir por los días que nos quedan o porque no sabemos qué hacer y no tenemos tele.
Esto sólo es posible hacerlo una o dos veces al aÑo; Cuando existían los “micros diferenciales” por lo menos teníamos la ilusión de estar emprendiendo un viaje de larga distancia, aunque más no fuera porque tenían CORTINITAS.
No es que yo fuera un tomador habitual de estos vehículos; Creo que me debo haber tomado en total uno o dos a lo largo de su existencia. Pero, tal como a muchas amistades, o las películas de arenas movedizas o el sentido de la visión, hay cosas que sólo apreciamos cuando las perdemos. Además, desaparecieron sin ningún tipo de aviso o declaración pública. Simplemente, un día ya no estaban más. Como los opositores políticos de la novela 1984, fueron “evaporados”.
¡Quiero que vuelvan los diferenciales! ¡Representaban un escalón más en nuestra sociedad de castas, y no como ahora, que sos un ratón que viaja en colectivo o un multimillonario que tiene auto! ¡Y quiero- esto ya es un pedido a título personal- que se establezca un servicio de “simulación de larga distancia”, que haga el mismo recorrido Liniers – Barrancas, pero que venga con máquina de jugo, videos de gente con enfermedades terminales y que tarde DIECIOCHO HORAS en llegar!
Publicado a las 01:40 a.m.
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