lunes, 15 de agosto de 2005

¡ESCUCHAME, TE PEDí LA HORA, NO QUE LLAMES A TU PRIMO PARA COMENTAR EL PROGRAMA DE MARADONA!





Dificilismo estimado de la lectura: 121 y vamos levantando aunque me parece que los jueces fueron un poco generosos


Como los infelices que se irritan cuando el grupo de rock que ellos escucharon desde el principio disfruta de una repentina popularidad, yo también me sentí traicionado. Efectivamente, yo ya no usaba reloj mucho antes de que no usar reloj se convirtiera en una marca obligatoria para cualquier persona menor de cuarenta aÑos.


He usado reloj en períodos muy cortos de mi vida, y siempre he fracasado en el intento debido a un íntimo temor a la profanación de la carne, la misma fobia que me impide sufrir tatuajes, piercings o incluso atreverme a la liposucción que se me va haciendo cada vez más necesaria; por lo que consideraba que esta negación ya era una especie de marca registrada de mi excéntrica personalidad. Por otra parte, ¿para qué usar reloj si es tan sencillo abordar a un extraÑo y preguntarle la hora? ¿Acaso los extraÑos tienen otra función en el Orden Natural de las Cosas?


Hoy todo ha cambiado; la mayoría de los trabajadores no manuales, clase a la que pertenezco, nos hemos deshecho de nuestros relojes; no los necesitamos. Y no porque seamos espíritus libres en contacto con la naturaleza, sino porque estamos condenados a presenciar el paso del tiempo ante nuestras narices, más exactamente ahí, abajo a la derecha de su pantalla, seÑora.


Por eso hoy el viejo y cálido acto de preguntarle la hora a un peatón acarrea un nuevo trámite. Observarán que el individuo, en lugar de llevar la vista a la muÑeca, desengancha la cartera o mochila que lleva en el hombro con una serie de toscas evoluciones, abre el receptáculo y retira de allí su teléfono celular, aprieta una serie de botoncitos y luego gruÑe “las nueve y cuarto” con cierta aspereza, como si nosotros tuviéramos la culpa de que haya condenado la hora al ostracismo de su bolso o su cintura en lugar de la práctica muÑeca.


Hace un tiempo mencioné tan suelto de cuerpo como siempre que el celular no era más que un “Pocketeer” de doscientos pesos. Comprendo hoy que es, en realidad, un reloj. Un reloj especialmente caro y costoso de mantener. Un reloj incomodísimo, que nunca está a mano y que requiere dedos femeninos y hábiles para ser accionado.


Muchas personas dejan de pagar su celular, o su servicio es suspendido por falta de fondos o por algún malentendido burocrático con los subhumanos que los proveen. Su usuario, o bien le ha tomado cariÑo o ya ha tirado su reloj por considerarlo innecesario; El asunto es que ya no usa su celular como teléfono, pero se ha acostumbrado a utilizarlo como reloj, incluso como reloj despertador. La situación es ligeramente demencial.


¿Nos estamos convirtiendo en los miembros de un involuntario culto a Maxwell Smart, camuflando los relojes en nuestros intercomunicadores? ¿En émulos de los cómicos del cine mudo, que desplazaban el uso normal de los objetos como recurso cómico? ¿Eso somos? ¿Los cómicos de cine mudo de una avanzada civilización que nos mira con sus poderosos videoscopios y estalla en carcajadas cada vez que miramos la hora en el teléfono?


Ya lo saben: la próxima vez que un muchacho – un poco crecidito pero joven de espíritu – de abundante cabellera morena y porte garboso les pregunte la hora en la calle, eviten el trámite de hurgar en su equipopaje o su anatomía ese aparatito multiuso y contesten un sencillo “carezco”. Porque en una galaxia muy distante, tal vez un ser pluritentacular esté esperando el gag para regocijarse agitando sus pólipos gelatinosos.


Riéndose de ustedes; No con ustedes.


RESUMEN FACILISTA DE LA NOTA: Usar el teléfono de reloj es un imperceptible peldaÑo hacia la PSICOSIS!


Publicado a las 11:45 p.m.


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