El reciente adelgazamiento y fashion emergency de la diputada Elisa Carrió nos hace reflexionar en el escaso nivel de nuestros analistas políticos: Más que un cambio en la mentalidad de la diputada o un deseo de verse mejor, imaginamos que se debe a la adquisición de una defensa contra el argumento más irrebatible y frecuente hacia su persona: .Es gorda..
No será extraÑo que los periodistas y rivales políticos que hasta ahora la fustigaban empiecen, a partir de este momento, a elogiar a la seÑora Carrió por su agudeza e instinto político: se trata de la reacción lamentable pero muy humana de unir aspecto físico a virtudes interiores.
La segunda reflexión que se nos presenta es que tal vez no está mal que nuestra clase política intente una mejoría radical de su apariencia. Solemos quejarnos de su corrupción, su ineficiencia, su ignorancia, su oportunismo, su cultura autoritaria, su caradurez y qué se yo cuántos pecados mortales más. Pero ya que nos hemos resignado a todas estas miserias del alma, ¿no podemos aunque sea pedirles más esmero en su aspecto personal? Dicho de otra manera, ya que pareciera que el contenido apesta, ¿no podemos tener el consuelo un .packaging. más colorido? Espero que esto no suene ofensivo, pero a veces, contemplados en grupo, parecen evadidos de la película .Freaks.. En serio, es increíble. No por nada la caricatura política es un arte tan extendido: la materia prima es invaluable.
¿No podemos pedirle a López Murphy que se afeite ese ridículo bigote y abandone la gomina para pasar a un .peinado con Alerta.? ¿Los Fernández aún no se hacen cargo de lo surrealistas que se ven juntos? Además, pareciera que a Aníbal le sobra bigote y a Alberto le falta. ¿No podría Aníbal darle el pedacito que le sobrepasa la línea del labio inferior y pasársela a Alberto? ¿Y cuándo Aníbal Ibarra va a asumir que se está quedando pelado? Un viril afeitado a la Bruce Willis es irrebatible. Si lo acompaÑa de una barba candado, unos tatuajes y un par de meses de fierros puede llegar a conseguir la imagen de .duro. que necesita para que le den su tan ansiada Policía propia. El presidente, por supuesto, es un hueso duro de roer. Debería hacer algo con ese corte de pelo y practicar una sonrisa más compasiva y paternal: por algún motivo, las sonrisas de los presidentes nunca terminan de causar simpatía.
Sé que todo esto parece frívolo y que Carlos Menem nos inyectó altas dosis de rechazo a los emperifollamientos en la política. Permítaseme argumentar que el susodicho los practicaba, pero los resultados dejaban mucho que desear. Trajes caros, colágeno, cosmética y extraÑos experimentos capilares no hacían más que acentuar sus deficiencias: la primera regla de la elegancia es la discreción, y el ex mandatario nunca dio muestras de conocer esa palabra.
Existe una técnica actoral que postula que, empezando por el exterior, puede lograrse un estado emocional interior. Si finjo que lloro, a lo mejor me termino emocionando. Si nuestros líderes mejoran su aspecto físico, y no digo que tengan que ser estrellas de Hollywood, sólo que tengan un aspecto normal, como yo y como ustedes (excepto vos, vos y vos, que como mínimo tendrías que tirar a la basura esa riÑonera), tal vez comiencen el verdadero cambio, sólo que de afuera hacia adentro. ¿Es el comienzo de una utopía?
Publicado a las 00:23 a.m.
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