Allende la metrópoli que nos deslumbra con horizonte de neón y los cantos de sirena que la vida moderna, con todos sus adelantos e invenciones sometidas a nuestro capricho, se encuentra otro país. O sea, no otro en serio, es una forma de decir. Es este país mismo. Pero es otro (no literalmente; es el mismo país, así, geográficamente). Porque es distinto (pero no distinto .bien.). Porque está en otro siglo (pero no de adelante). Un país sin transporte subterráneo, ni cines, ni computadoras, ni manteca empaquetada ni maquinitas de afeitar: El país Submarino.
Augusto Salvatierra, eminencia gris de Clarín Enterprises Inc. y hombre de máxima confianza de mi tío Juan Carlos, Juan Carlos Clarín (por lo menos hasta que se me permita hablar personalmente con él) se ha mostrado empeÑado, empecinado, emperrado diría, en que continúe con mi columna .El País Submarino. .donde traigo a la luz los rincones más ocultos y retrasados de nuestra patria- fuera de los límites de la Ciudad. Mi Ciudad. Esta vez intentó cionvencerme mediante el soborno para que aceptara ir hasta una localidad llamada .Avellaneda.. .Lo único que tenés que hacer es pisar la av. Belgrano y despues te volvés, así por lo menos no faltás a la verdad periodística., insistió el granuja; pero mis principios .consistentes en no cruzar la General Paz ni bajo amenaza de muerte- fueron más fuertes. Así que le espeté .Epa, epa, tranca, pará un poquito, paremos la pelota, no tan rápido, primero pongamos fecha para una reunión, hagamos un intercambio de e-mails, mandame un .brief., hagamos un brainstorming, dejame googlear un poco la zona, etc…. Entonces sentí un olorcito acre.
Cuando despierto, estoy a bordo de un Todo Terreno que se moviliza por la calle Pueyrredón .con la intención de llegar a la autopista-, cosa que puedo apreciar a través de los agujeritos de la bolsa de arpillera donde me encuentro, atado como una esfera de carne. No soy un hombre valiente; y sin embargo, la idea de traspasar los límites de mi patria chica me insufla un coraje artificial; utilizándome como bala de caÑón humana, atravieso las puertas traseras del vehículo y ruedo por el asfalto. El chofer-sicario de Salvatierra me maldice, pero no atreviéndose a detenerse en la peligrosa zona donde he caído, sigue su curso a toda velocidad.
Alguien me arrastra durante un trayecto que calculo entre una y cincuenta cuadras. No soy bueno para calcular distancias encerrado en una bolsa y convertido en una albóndiga viviente; cuando soy liberado .de la cabeza para arriba-, me encuentro frente a frente a un anciano de barba blanca, en lo que parece ser un negocio donde se venden telas; metros y metros de rollos de vual, seda, viyela, algodón y lycra se apilan en decenas de estanterías, luciendo estampados de flores y colores flúo. Don Isaac .así se llama el anciano- me mira con compasión. .Caíste en el peor momento y en el peor lugar, schnickstelimhaim (palabra en yiddish por .muchachito. o .chabón.), y me pone al tanto de la situación rápidamente.
Desde hace décadas, la zona de Once es escenario de una de las guerras más sangrientas que conociera la República. Sobre la calle Lavalle, se asienta la comunidad judía, habitante milenaria de estas tierras. Venden telas y respetan el shabbat; sobre la calle Corrientes, la comunidad coreana ha asentado su cuartel general. Venden ropa importada y practican el chuseok.
Ambos pueblos han decidido exterminarse por la cuadra intermedia, delimitada por un rollo de gasa extendido, instalado por los vendedores judíos, que aprovechan la transparencia de la tela para poder ver acercarse a sus enemigos (y que los habitantes de la zona llaman, jocosamente, .Franja de Gasa.).
Para convencerme de que abandone la zona inmediatamente, Don Isaac me lleva al sótano, donde se desarrolla una frenética actividad: decenas de rabinos estudiosos de la Kabbalah fabrican, mediante el sistema de producción en serie, un pelotón de Golems destinados a un próximo ataque. Un grupo de ancianos fabrica cabezas, otro torsos, otro miembros. Un consejo final de sabios (conocidos como los .Sabios de Sión.) es el encargado de escribir la palabra emet en su frente, o colocándole un papelito con el nombre de Dios en la boca, para que estos gigantes de barro cobren vida. A modo de información .mientras suena el último disco de Madonna, adorada por los rabinos desde su conversión a la Kabbalah- Don Isaac me cuenta que intentaron acelerar el proceso mediante un sello de esos que te ponen en los locales nocturnos, pero los Golems salían defectuosos y les pedían un Red Bull. .Eran unos schlicktstyiohihiohyoumin., se queja Don Isaac, mencionando la palabra en yiddish que significa .tarambanuchi..
Siento el miedo, el miedo a la destrucción y a los horrores de la guerra en mi interior, pero algo me dice que debo presenciar la batalla próxima para dar testimonio periodístico. Y decido quedamre (Aparte no puedo salir de la bolsa).
Presencio el Horror desde la azotea del negocio. De los diferentes locales textiles salen docenas y docenas de Golems, con un sólo deseo: exterminar coreanos. También salen algunos de los diversos cotillones que infestan la calle Lavalle, sólo que estos llevan caretas y antifaces con plumitas. A mitad de la calle Paso, los Golems se detienen. Llegan los primeros miembros del ejército coreano. Luego de unos segundos de estudio, éstos últimos se lanzan sobre los gigantes de barro a patadas de Tae Kwon-Do. Los más fuertes (de la estirpe del Coreano Sun) quiebran los torsos de los Golems con facilidad, tal como logran hacerlo en las exhibiciones de fin de aÑo con ladrillos o vasijas de cerámica. A mi lado, Don Isaac putea. .Les faltaban unos minutos de horno. ¡Scheicklaszke! (palabra en Yiddish por .¡Pero la que te pan con queso!.).
El espectáculo es horroroso. A lo largo de toda la calle paso se ven miembros descuartizados de barro cocido; algunos, tal como ocurría en la película .El Regreso de los Muertos Vivientes. siguen moviéndose aunque estén rotos en veinte pedazos. Dijérase que un elefante se metió en taller de cerámica y arrasó con las toscas producciones de los estudiantes. Un equipo de la Cruz Roja recorre el campo de batalla escribiendo la palabra Met en los Golems destrozados, hechizo que elimina piadosamente la animación de los monstruos.
Los coreanos no pueden ufanarse de una victoria completa, ya que si bien los Golems se resquebrajan con facilidad, ellos no pueden luchar por mucho tiempo: alimentados exclusivamente en tenedores libres coreanos, están forzados a concurrir al baÑo cada quince minutos, así que realizan una urgente retirada agarrándose el abdomen.
Según me cuenta Don Isaac, esta hecatombe se repite diariamente, sin que la ONU ni Amnesty International tomen cartas en el asunto. Bajamos al sótano, donde los rabinos continúan con su sanguinaria labor de alfarería bélica, preparando un nuevo pelotón .para agarrar por sorpresa a esos schstoyifelstyim. (“coreanos conchudos”). Me siento muy angustiado. La guerra, la muerte. La destrucción. Cientos de generaciones destruidas por el odio de sus padres. Mareado por el olor de la sangre, la cerámica y el esmalte sintético (los Golems de última generación salen pintados con un artístico fileteado porteÑo), necesito recostarme sobre la pared.
Lamentablemente, en mi abombamiento no percibo que no se trata de una pared, sino del primero de esta nueva remesa de Golems, puestos en fila, a punto de ser intervenidos por los Sabios de Sión. Debido a un imprevisto .efecto dominó., los homúnculos caen uno sobre el otro y terminan despedazados en menos de un minuto. Escucho un batiburrillo de palabras en yiddish que desconozco, aunque su sentido es claro como el agua.
.Utilicemos a este schmukyhyidehimfelstiyim., propone uno de los Sabios refiriéndose a mí, rojo de ira. .Está rellenito, con un poco de efectos especiales puede pasar por un Golem especialmente corpulento.. .Salgo a hacer caminatas enérgicas media horita noche por medio., protesto. .Sí., agrega Don Isaac, bastante calentito, .aparte tiene medio cara de Golem (que significa .cosa animada. o .algo informe.)”. El resto de los rabinos festeja la broma con risas salvajes y un poco desubicadas a mi entender. Manos septuagenarias me arrancan de la bolsa y me recubren con varias capas de barro, una sobre la otra, hasta hacerme alcanzar cuatro metros de altura. Luego de dos horas de horno, me lanzan a la calle. Paso al grito de .tomen, coreanos, intenten algo contra la Madre de todos los Golems..
El Horror, la Destrucción y la Muerte no me dejan pensar bien, pero sé que debo mantenerme neutral. Entonces un coreano me queda una patada y medio que me re caliento. Porque a mí por las buenas me sacás hasta la camiseta, pero así por las malas nada. Así que empiezo a tirar manotazos de barro cocido. Como un Mazinger del neolítico, reparto tortazos y los coreanos vuelan como moscas; pronto huyen, aterrorizados, siendo el arte del Tae Kwon Do impotente ante mi actuación. Completamente cebado, los corro hasta Corrientes, engolosinado con la sensación de Poder. Y también engolosinado literalmente con el olorcito que sale de los tenedores libres del .lado coreano., a los que entro para atosigarme de croquetas de arroz (cosa que lamento un poco a los quince minutos). Piso, destrozo, golpeo. Soy el Terror de Barro.
Entonces, un niÑo se me enfrenta. El pequeÑo Kim se planta delante de mí con el valor de la inocencia infantil y me pregunta .¿Por qué eres malo? ¿Por qué destruyes las tierras de mis antepasados? ¿Por qué acabas con nuestras vidrieras y nuestra ropa de bajo costo, quitándonos el pan y el arroz de la boca?.
Por un momento su coraje me conmueve y recuerdo a David y Goliat. Sobre todo, creo que Goliat habría vencido si en vez de quedarse esperando el hondazo hubiera acudido a un pisotón fulminante. Pero cuando lo intento, el taimado niÑo me elude, trastabillo, y caigo por las escaleras de la boca de la estación Pasteur de la línea .B.. Mi armadura vuela en pedazos ante cada impacto, y por fin quedo desnudo sobre el andén, donde el traqueteo del tren anuncia mi vía de escape.
Mi aventura no fue gratuita: Hoy me cuesta dormir por las noches, recordando los horrores presenciados y vividos, y la sola visión de un adorno de cerámica me produce espasmos.
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