A veces ocurre que un objeto cualquiera es corrido de su función original y entonces pasa de ser un objeto común y corriente para tornar en .coso..
Esto es lo que ocurre con la noble hoja de lechuga, que privada de su función original .la alimentación- es utilizada por cierta escuela herética de carniceros como parte de la decoración de la vitrina donde exhiben sus carnes (nos referimos a las que tienen a la venta), insertadas convenientemente entre pecetos y tapas de nalga, palomitas y tortuguitas, lenguas y milanesas de cuadrada. La de habitual monocromática vitrina cobra entonces el carácter de instalación artística. Las mentes más conspiranoicas sospechan que, tal vez, se busca que el verde, complementario del rojo, realce la intensidad de este color para exagerar un poco la frescura de las carnes exhibidas.
Lo que no calculan los carniceros, o tal vez lo calculan y no les importa, es que la función .decorativa. de las hojas de lechuga se ve devaluada por el aspecto marchito, mustio y .pasadito. que toman éstas a las pocas horas de ser sometidas al frío intenso de la vitrina-heladera, provocando cierto rechazo inconsciente en los eventuales clientes; que ante este espectáculo desechan de inmediato el menú de bife ancho con ensalada de lechuga, optando, por ejemplo, por un puchero de falda, corte más barato que redunda en una ganancia menor para el carnicero. De más está decir, además, que las lechugas utilizadas con este fin quedan completamente inutilizadas por el consumo, debido a su contaminación con la carne cruda, pero más aún por sus fachas agonizantes (otros carniceros, un poco más sagaces, decoran sus vitrinas con rodajas de limón, que resisten mejor el frío).
Dos palabras para los carniceros con pretensiones estéticas: Lechuga plástica. O, qué se yo, soldaditos de juguete o robots de hojalata.
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