Allende (el adverbio, no el presidente chileno) los límites de la Ciudad Autónoma existe otro país. Bueno, otro país no, es una manera de decir. Un país diferente (o sea, el mismo, es una exageración), un país desconocido (bueno, los que viven ahí lo conocen. Es una figura de expresión), oculto tras las cortinas de la ignorancia de ellos a nuestro vivir y pensar cotidiano; un país sin luz eléctrica, ni ascensores, ni máquinas de vapor ni nanotubos de carbono; un país hundido, colapsado sobre su propio atraso, un país pisoteado, golpeado, cacheteado, humillado, ensuciado, aplastado, enterrado, como un tesoro pero sin cosas valiosas adentro (dicho sea con todo respeto): el País Submarino.
Al escuchar la nueva propuesta del Tío (.a ver si esta vez a por lo menos justificás los viáticos, botarate, mirá, sólo porque tu tía me insistió .yo por mí te mandaba a Georgia con una cantimplora vacía- te conseguimos un pasaje en Clase Ejecutiva y a un spa 5 estrellas en mar del Plata, te llevan y te traen del aeropuerto en remise, ni siquiera tenés que salir del hotel, tiene pileta y desayuno americano, no hace falta que vayas ni a la Rambla, nada, pero por lo menos en la nota podés poner .fui a Mar del plata., que estamos siendo el hazmerreír de los .mass media..), no pude sino aclararme la garganta y decir .epa, epa, epa, epa, aro, aro, aro, aro, tenga mano compaÑero, vamos bajando los decibeles, mejor tarde que nunca, tranquilo, Fittipaldi, papito no corras, no me apuren si me quieren sacar bueno, qué querés, ¿velocidad o precisión?, bajá la manito, tomate un antihestamínico, disfrutá del paisaje, no nos pongamos loquitos..
Conclusión, el .jeep. blindado donde me encuentro actualmente traquetea y tose, forcejeando contra esta empinadísima pendiente (que los lugareÑos conocen como .Plaza Francia.), el último obstáculo que nos toca franquear para llegar al destino alternativo que logré negociar con el médico del Tío (hubo que llamarlo de urgencia porque de golpe le subió la presión): la ¿República? de Recoleta.
Pronto se divisan las compuertas del camposanto que, según mis informes, es el corazón y la razón de ser de toda la zona; en cuanto este sobrecogedor Monumento a la Muerte aparece en nuestro campo visual, el chofer del .Jeep. .que identifico con uno de los sicarios del Tío- me empuja del coche en movimiento, y luego me arroja por la cabeza al .kit. de supervivencia, que se abre con el golpe: dentro sólo hay un vaso de agua y una pastilla de cianuro. Guardo uno en mi bolsillo derecho y el otro en el izquierdo. Espero necesitar sólo uno de ellos, si el calor aprieta.
Sin embargo, delibero conmigo mismo sobre la necesidad de una temprana autoinmolación: el fétido olor a muerte, descomposición y flores viejas que se desprende del Viejo cementerio es insoportable. Ni siquiera los lugareÑos, que fingen disfrutar del joie de vivre en la .París PorteÑa. tomando un guindado en las pintorescas tabernas de la zona parecen haberse habituado: la mayoría lleva la cara cubierta por sus paÑuelos de seda italiana, recuerdo de pasadas opulencias, para protegerse de la pestilencia. La única excepción: algunos imprudentes turistas, que se acercan atraídos por la fama del lugar como Meca Internacional de las estatuas vivientes; podemos reconocerlos por sus violentos ataques de tos y sus esputos de sangre, mientras se doblan en dos contra el asfalto.
Rápidamente me quito la remera y la utilizo para proteger mi aparato respiratorio, atándomela alrededor de la cara; algunos lugareÑos huyen al verme, creyendo que soy un .piquetero con la cara cubierta.. Un .Escuadrón de la Muerte. contratado por las familias ricas de la zona (la Policía no entra a Recoleta, debido al espantoso olor a muerte; se dice que los agentes a quienes se asigna la zona piden ser trasladados a Fuerte Apache) se acerca con la firme intención de exterminarme. Huyo con toda la premura de la que soy capaz, que es ninguna: el temor me ha paralizado, y mis miembros inferiores se niegan a atender mis argumentos racionales (como por otra parte suelen hacerlo algunos miembros inferiores). Cuando la cachiporra de uno de los matones, que enfundado en su traje de amianto y su máscara antigás parece un demonio del futuro está por partirme el cráneo en pedazos, se interpone un típico recoleto.
.Por San Jorge, viejo colega, no va usted a hacer uso de la fuerza con un evidente recién llegado, ¿no es eso? ¡Graciosa bondad! ¡Por Júpiter!., argumenta mi ángel de la guarda con cordialidad pero firmeza. Las palabras parecen tener un efecto mágico sobre los .demonios., que bajan sus armas y me hacen una silenciosa reverencia a modo de disculpa.
Pronto estoy en uno de los barcitos al aire libre, junto a los zocos que rodean la Ciudad de la Muerte, donde tarotistas y saltimbanquis -además de puestitos donde pueden adquirirse desde retratos de Martín Fierro repujados en cuero a palos de lluvia artesanales- intentan hacer olvidar el aroma a descomposición. El sabor del whisky con soda convidado por mi salvador, el Conde Augusto Lynch, que me cuenta emocionantes anécdotas con tigres de bengala de sus campaÑas en la India (más exactamente, en la calle República de la India, que rodea el zoológico de la ciudad) para intentar .con éxito moderado- tranquilizarme. Beber el whisky a través de la remera es, por otra parte, un ejercicio de equilibrio y motricidad fina que tal vez sirva para reestablecer mi serenidad.
.¡Por Su Majestad!., exclama Lord Augusto. .No realmente, esto no fue siempre así. ¡por Júpiter! Largo tiempo antes, esta zona era sencillamente el lugar donde los mejores hombres y mujeres del país habían decidido vivir, hasta que a alguien se le ocurrió construir la gigantesca Ciudad-Cementerio, fuente de nuestra actual decadencia, maldita sea, si me perdona ud. la expresión”.
Según cuenta Lord Augusto mientras pide un pastel de riÑones y unas codornices rellenas porque .no es bueno almorzar con el estómago vacío, ¿no es cierto?., la conversión de lo que era el camposanto para unas pocas familias patricias en un monstruoso Parque Temático de la Parca fue la causa del desastre ecológico que ha convertido en inhabitable a Recoleta (¡200 familias por día dejan la zona para instalarse en zonas menos prósperas como San Nicolás o La Boca!); para mantener los gastos edilicios del necrofílico monumento, sus administradores se ven obligados a conseguir más y más cadáveres, que a su vez obligarán a ampliar las obras cuyo mantenimiento requerirá más .clientes…. Un círculo vicioso de la Muerte.
Mientras tanto, los invisibles obreros (convertidos en seres sobrenaturales por más de un dudoso testimonio) que trabajan en el Cementerio no dan abasto para construir los pintorescos mausoleos a los que debe su fama; los cadáveres se amontonan en las callejuelas del Camposanto; el hedor, acumulado en la atmósfera de la zona, se vuelve visible (es de un color verde amarillento), denso y palpable (es como tocar crema para manos tibia).
No ayuda la solución de compromiso que han tomado los lugareÑos: “¡Por Júpiter, que si conociese otra solución la adoptaría de inmediato, mi querido muchacho. Pero la única forma de sobrevivir a este infierno es creando esta especie de .Burbuja Protectora. con el propio olor, por lo que hemos optado por no baÑarnos desde hace aÑos, y por rociarnos con una esencia creada por nuestros científicos llamada .Olor a Velatorio., combinación de calas, café y muerto., ingenioso, ¿no es eso cierto?.
Un carro cargado de de cadáveres, ignoro si autóctonos o venidos de otros barrios, pasa junto a nosotros arrastrado por otros .demonios. enmascarados, y se mete en el cementerio sin ninguna ceremonia; Algo en la actitud de Lord Augusto comienza a inquietarme .tal vez sea el hecho de que no lleva paÑuelo alguno en la cara-, y además sé que el Tío pretende que recorra .por lo menos dos cuadras, botarate.; sin embargo, me ha pedido otro The Famous Grouse con soda y no quiero ser maleducado. Me llaman la atención entonces bandas de recoletos sin paÑuelo, y con el .vaporcito amarillento. emanando de sus axilas, que casi se arrastran mientras murmuran .aaannnhhhhhahahhahhh.. Miro a Lord Augusto alarmado, que sonríe: .No debe preocuparse, viejo amigo, ¡por Su Majestad Isabel II! No se trata de verdaderos zombies, sino de una deformación cultural.
.El cementerio, ¡Por San Jorge!, crece día a día, a razón de media cuadra cada 24 hs. Las viajas casas de nuestros antepasados más nobles son derrumbadas. ¡No tendríamos cómo mantenerlas, ya que los .pooles sojeros. se han apoderado de las estancias que nos proporcionaban sustento! Es, pues, nuestra única opción ser aceptados como habitantes del camposanto. Ya viven allí más de 150 familias, aún vivitas y coleando, pero que con actitud cadavérica y .Olor a Velatorio., se han hecho un lugar en los diversos mausoleos, tal como finados .squatters., ¡Y por Júpiter, que con Dios como testigo que algún día todos los recoletos habitaremos el Cementerio de la Recoleta, maldita sea, si se me perdona la figura un poco fuerte!..
Mareado por el dorado elixir, levemente intoxicado por el hedor pútrido característico del barrio y dudando de mis sentidos por la irrealidad de esta pesadilla, le pregunto a Lord Augusto, con un valor que se parece mucho a la psicosis, si él está vivo o muerto; lanza una carcajada y me aclara que no, no está muerto, pero que algún día lo estará; preferiblemente antes de su muerte. .Ya tengo el hedor suficiente, y mediante un moderno tratamiento cutáneo mi piel ha adquirido el color amarillento del cadáver reciente; los Administradores sólo esperan que entregue mi cuota de cadáveres reales para aceptarme, querido muchacho, maldita sea, ¡por San Jorge!.. Lord Augusto, en un gesto inesperado, se arroja al piso y me toma del tobillo, arrastrándome hacia los gigantescos portones de la Ciudad Cadáver mientras susurra un .ahhahannnnhhhhhhahaahh., para compartir un descanso eterno junto a las figuras de más abolengo de nuestra Historia. Me cuesta luchar, debido al mareo; afortunadamente, la actitud cadavérica del aristócrata no es la más adecuada para forcejear con alguien; así que lo pateo en la mano y huyo.
Se interponen frente a mí cientos de aspirantes a cadáver .y un par de vendedores de artesanías a quienes confundo con atacantes- pero me deshago de ellos a patada limpia (¡bendito whisky, que llena de valor nuestros corazones!); pronto dejo atrás la zona de lo Muertos, y me interno en un centro comercial. Tiene cines: me meto a ver la de Batman, pero estoy demasiado nervioso para seguir el argumento. De cualquier modo, la sonrisa siniestra del Guasón, al lado de la odisea que acabo de vivir, me recuerda a los entraÑables números de Firulete y CaÑito. Y grito a voz en cuello, con el valor que da el whisky y durante unos cuarenta minutos .hasta que el servicio de Seguridad del cine viene a por mí- .¡Qué viva la Vida! ¡Que vivan los Payasos!.
ExtraÑo, sin embargo, algunos momentos vividos junto a Lord Augusto, así que leo las necrológicas a diario, para ver si tengo noticias de él.
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