Escribe Kiriatos
Fiel Asistente griego
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Siempre con su delicadeza habitual (“dejá de rascarte que tengo un encargo para vos, grequeta borracho”), el patrón me ha encargado que me comunique con ustedes por este medio -él dice que “ahora no puede” -para avisarles que el advenimiento del hijo del patrón se ha producido en perfectas condiciones.
Dicho en otras palabras -este viejo e ignorante griego no quiere fingir que posee el rico y algo alambicado vocabulario del Patrón -, nació; Luego de contemplarlo con lágrimas en los ojos, puedo atestiguar que el joven ha sido regalado con la belleza de su madre y la papada de su padre -siendo esto último deseable en un bebé, no tanto en un hombre en completa decadencia física.
Si bien el patrón no me ha dado ninguna instrucción respecto de su público -”dejá que la peonada sufra, así se ponen un poco en caja”, creí entender que me decía -me veo en la obligación de festejar el acontecimiento con una parábola sobre la Felicidad y las Cosas Importantes de la Vida, perteneciente al ciclo “Senectud” de las historias del Viejo Karayannis (conocidas también como “Las historias del Viejo Viejo Karayannis”).
Ocurrió un día que el anciano más sabio de toda Creta estaba en su lecho de muerte. A la avanzada edad de ciento veinte aÑos, Karayannis había contraído la “Gripe del Asno”, dicen que por demostrarle a su querido pollino Stavros algunas demostraciones de cariÑo excesivas. Resignado, esperando la muerte con la alegría de quien ha vivido la vida con intensidad, y ciertamente ebrio, el anciano yacía en su modesto jergón relleno de bosta extraída del Monte Kopriakos, y se entretenía arrojando lo que tenía a mano a los aldeanos que paseaban frente a su ventana.
Entró entonces Paraskevas, un eternamente disconforme aldeano que había asistido durante varios aÑos al taller sobre “Felicidad y Cosas Improtantes de la Vida” que el sabio dictara luego de que la amputación de uno de sus dedos gordos fuera un obstáculo para su habitual medio de vida: golpear gente por encargo.
Karayannis sonrió, creyendo que su discípulo había venido a acompaÑarlo en sus últimos minutos. Pero luego de que éste esquivara el bilón que el anciano intentara atizarle en la frente, comprendió que sus intenciones eran muy diferentes:
“Yo tenía una bonita familia y un negocio relativamente rentable, Viejo Karayannis”, susurró sórdidamente el aldeano. “Pero desde el momento en que me inscribí en tu Taller sobre Felicidad y Cosas Importantes de la Vida, las cosas han ido de mal en peor. Mis hijos me odian, mi esposa se marchó con su instructor de lucha greco-rromana por culpa de tu estúpida teoría sobre ’sojuzgamiento de la Hembra’, mi negocio de moussaka en escabeche se fue al mismísimo Tártaro, y para colmo me he endeudado contigo en millares de dracmas debido a tu perverso sistema de ‘bonificaciones, castigos semi-simbólicos e intereses geométicos’ que, según le dices a tus discípulos, tiene un ’sentido pedagógico oculto’ pero no es más que una estafa. Para colmo”, agregó el aldeano con la voz quebarada por la emoción, “yo ni siquiera quería inscribirme en tu taller, quería hacer un curso sobre fertilizantes pero uno de tus formularios estaba ‘casualmente’ entremezclado con los papeles que me hicieron firmar.”
“Pero ahora”, murmuró perversamente el aldeano, “ha llegado el momento de cobrármelas todas juntas. Como soy un hombre religioso, no te tocaré uno de tus escasos y corruptos pelos; pero voy a llevarme todas tus cosas frente a tus propios ojos, y no podrás hacer nada para evitarlo.”
El aldeano cargó su morral -absurdamente inmenso, teniendo en cuenta que las propiedades de Karayannis, como pudo observar con algo de decepción el aldeano, se reducían a una botella de ouzo casero por la mitad y algo de queso de cabra -y se disponía a marcharse cuando Karayannis musitó estas misteriosas palabras: “Así como ahora te llevas mis cosas en el silencio de la tarde, el estruendo de las detonaciones te hará cobrar alas.”
El aldeano se mostró sorprendido por las palabras de Karayannis. ¿”Así como ahora te llevas mis cosas en el silencio de la tarde, el estruendo de las detonaciones te hará cobrar alas”? ¿Qué podía significar esto? Por lo general las parábolas de Karayannis podían ser interpretadas fácilmente por el más descerebrado de los labriegos (el mismo Karayannis era, según dicen, “descerebrado”), pero ésta parecía ocultar un simbolismo arcano.
¡Cuán grande sería la sorpresa de Paraskevas cuando una bola de plomo del tamaÑo de una ciruela, disparada por el trabuco turco que Karayannis ocultaba siempre bajo su jergón, lo hiciera efectivamente, “volar” varios metros fuera de la choza! El aldeano intentó huir, pero Karayannis conservaba una puntería sobrenatural para sus aÑos, y fue despedazándolo miembro a miembro a tiros, sin incorporarse de su lecho de muerte más de cinco centímetros.
Todo el pueblo comentó la última y sabia enseÑanza de Karayannis. Algunos decidieron encerrarse en sus casas para rogarle a Koutsodaimonas, el demonio griego de la Muerte, por el pronto y piadoso deceso del anciano; otros, locos de impaciencia y sed de venganza, organizaron una turba para acabar con Karayannis al instante. Cuarenta de los más jóvenes aldeanos del pueblo fueron reclutados para tal fin; el sitio duró unos catorce días con sus noches; mientras tanto, se acercaba a la costa un equipo de agentes del Servicio Secreto Turco; Bueno, no me acuerdo bien cómo terminaba la historia. Lo importante es el mensaje de la parábola, del canto a la vida que significaron las palabras del Viejo Viejo Karayannis, de la fuerza y el milagro con que el Creador ha cargado cada criatura, cada brizna de hierba, cada gota de agua. ¿Puedes tú, lector, percibir esta sencilla Verdad?
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