Escribe el Lic. Isaías Baralt
Bon Vivant Extremo
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El Viejo Bodegón de Don Juan Artemio Grelos .su verdadero nombre es 15 de setiembre, fecha de fundación del pueblo natal de Don Juan Artemio, pero por supuesto, en el barrio se lo conoce como .El Viejo. -es un clásico de Buenos Aires. Entre viejas fotos de jugadores de Boca Juniors, boxeadores e imágenes de la Galicia profunda, se dan cita desde obreros hasta lo más granado de la bohemia porteÑa, pasando por periodistas, empresarios y conocidos actores de televisión (y también miembros de la mafia de los floristas y ferreteros; así de ecléctica es su concurrencia).
¿El secreto? La calidad auténtica, sencilla y abundante de sus platos, que obedecen a los cánones clásicos de la cocina gallega y porteÑa: Desde el abrumador puchero de cerdo a la asturiana con 67 ingredientes, a las amplias milanesas napolitanas (es un habitual gag entre gourmands decir que en una milanesa de El Viejo entran unas veinticuatro milanesitas de peceto de Santuario Meridional, el último emprendimiento de Caucasian Food Ramiro Gómez O. Higgins), pasando por el reconfortante guiso de mondongo; condimentado todo, con un aderezo siempre bienvenido: precios imbatibles.
La atención eficiente y seca, casi antipática, de los mozos del lugar, todos de origen gallego y ninguno de edad menor a los ochenta aÑos, más algunos detalles pintorescos del ambiente, como la vieja campana de bronce que anuncia la salida de cada plato .y que es la delicia de los niÑos que frecuentan el lugar y no tanto del resto de los comensales .hacen de este lugar una cita obligada para los amantes de la charla desprejuiciada y el buen comer; mayor mérito, pues, de Fernando Echagüthineitz, que viene experimentando con la Fond Food (“Comida de Fonda”) desde hace varios aÑos, haber logrado crear este verdadero clásico porteÑo en los quince días de vida que tiene el local.
.Lo más complicado es maquillar a los mozos (todos jóvenes de entre 20 y 28 aÑos de formación universitaria) para que parezcan ancianos gallegos. Esto nos lleva un par de horas al día., nos comenta Echagüthineitz, sentado en nuestra como buen anfitrión. .Las paredes envejecidas, descascaradas y amarillentas, lo mismo que las falsas tapas de El Gráfico del aÑo 50 que las adornan, están todas fabricadas de cero en poliestireno blindado, en base a un diseÑo de Renata Schussheim..
Todo, incluso los falsos jamones rellenos de telgopor, típica decoración de la tradicional fonda barrial (y que en realidad se trata de jamones de pata negra de jabugo auténticos, traídos vía aérea desde Virgen de Betanzos, EspaÑa, valuados en 300 euros cada uno, y deformados con placas de poliuretano en su superficie para conseguir el efecto), e incluso el actor que interpreta a Don Juan Artemio Grelos (se nos menciona al pasar que hizo de “tío de Luciana” en la vieja teleserie infantil .Pelito.) colabora para que la ilusión sea perfecta.
Brindamos entonces, junto a nuestra protegée Naty y el Maestro Echagüthineitz, con la copa de clarete con que se nos ha obsequiado (en realidad, un Chardonnay del .98 de Bodegas Pereyra Lucena, afrutado y abotonado, con buena nariz y un ameno vendaval de arándanos, papándanos y frutos del bosque en paladar y úvula, de $345 la botella), en honor a este magnífico emprendimiento realmente logrado (Es de destacar que sus anteriores intentos, Don Alberto y La Taberna del Loco Mario, fallaron por cierta torpeza en los detalles; recordamos, por ejemplo, cierto je ne sais quoi amanerado en los .mozos gallegos., que además iban ataviados con delantal negro en la cintura; o la gaffe imperdonable de coronar la ternerita guisada con una ramita de cilantro en su parte superior).
De este modo, como bien filosofamos tras el opíparo guiso de lentejas de rigor, la llama de las fondas barriales no se extinguirá fácilmente, ni siquiera con la inevitable muerte de sus actuales .y cada vez menos .administradores, cuyos hijos no esperan a que se enfríe el inerte cadáver de sus padres para vender el local a turbios operadores inmobiliarios.
Párrafo aparte merecen, claro, los precios del local. De esto nos enteramos al momento de pedir la adición, momento en que hicimos notar, no sin algo de perplejidad, cierta incongruencia entre lo que figuraba en la cuenta y los precios garrapateados a birome en el artesanal menú. Echagüthineitz, sin perder la sonrisa, nos hizo notar en la Advertencia Legal que figura en la primera página .que pasamos por alto creyendo que se trataba de una aclaración acerca de la imposibilidad de pagar con tarjeta de crédito . donde se aclaraba que a cada precio había que agregarle un cero, o dos en algunos casos especiales, como la inalcanzable paella a la valenciana.
Como de cualquier manera, munidos de nuestro prestigio de bon vivant y crítico gastronómico de fama indiscutida no teníamos la menor intención de pagar, se produjo el habitual intercambio de impresiones (lamentable el intento de Echagüthineitz de fingir que, debido al enojo, largaba unos insultos en un .gallego natal. por demás impostado). Como nuestra protegée Naty y nosotros ya nos adivinamos el pansamiento, nos formamos en cuadro de dos, espalda contra espalda, munidos de dos sacacorchos pneumáticos cada uno, dispuestos a combatir el ataque.
Confesamos que se trató éste del combate más violento que sufriéramos en mucho tiempo, ya que los mozos, despojados de sus disfraces, se revelaron como expertos en el Coqueiro, tradicional arte marcial gallego, transmitido de generación en generación desde tiempos del caudillo celta Breogán, mientras el dueÑo del local animaba a sus tropas con un tema a todo volumen del conjunto instrumental Xeito Novo. Hubiera sido pan comido sino fuera que la .variada concurrencia. representada por obreros, artistas, empresarios, etc. tambien formaban parte de la impostación (.Un bodegón no es tal sino está lleno hasta el tope y la gente tiene que esperar en la puerta con cara de fastidio., nos explicaba minutos atrás el diabóloco chef y entrepreneur).
La sangre corrió como nunca, y creo que el propio Echagüthineitz cayó sin vida. Muerte merecida, ya que nuestras tropas sufrieron una lamentable baja por parte de nuestra protegée, traicioneramente atravesada por un trinchante para pollos. Escapando, sin perder tiempo en lágrimas, y cruzando la ciudad con la ¿agonizante?, ¿muerta? Naty en hombros, nos allegamos a la Clínica para Dipsomanías y Otros Desórdenes donde nos alojamos de momento, y convencimos a nuestros cancerberos de que Naty, a pesar de su inerte aspecto, estaba sufriendo una aguda crisis psicótica muy agresiva, y que era necesaria una dosis intensa de electroshock.
Nuestro plan dio resultado y a los pocos minutos el corazón de Naty volvía a latir. La eficiente enfermería del lugar (el personal de la Clínica, que debe enfrentar crisis nerviosas sumamente agudas ya que aquí suelen internarse estrellas de telenovela algo salvajes, cuenta con entrenamiento militar y especialización en heridas de guerra) hizo el resto, y podemos decir que nuestra querida protegée se recupera satisfactoriamente (con su habitual espíritu guerrero, ya está reclamando a sus padres una nueva rinoplastía).
En cuanto a El Viejo, un diez en gastronomía, un nueve en atención y un once en caracerización. Una pena que el malogrado Echagüthineitz no pueda disfrutar de esta sobresaliente calificación. ¡Cheers!
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