Escribe el Lic. Isaías Baralt
Bon Vivant Extremo
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La Good Pint Food (.Comida con Buena Pinta.) es disfrutada sin saberlo por la gran mayoría de los comensales porteÑos, incluso por los paladares menos entrenados de nuestras pampas. Esta disciplina gastronómica entra en juego cuando el bon vivant de turno se decide por un plato y se arrepiente a los cinco segundos, ya que al haber pedido una especialidad estará renunciando a todas las demás; y es entonces cuando al compaÑero de mesa, o al comensal de la mesa de al lado le toca algo que tiene muy .buena pinta., llenando de cierto no poco resentimiento al gourmand inicial, que se esforzará durante toda la velada por no echar miradas llameantes al plato triunfante y vecino, ni comentar que .uh, cómo me cagaron. o .che, que buena pinta tiene lo tuyo, ¿hacemos mitad y mitad?., ya que para ser un dandy, ante todo .o mejor dicho únicamente- hay que parecerlo.
Pero pocos chefs de la Argentina se han atrevido a ir tan lejos con esta práctica un poco abstrusa para el plebeyo paladar nacional como .Charlie. Bedoya Manchester, que evolucionara desde el algo primario Mirame y no me toques, pasando por Hysteria, Sacá los Garfios y hasta llegar a su actual emprendimiento, Jodete.
Ya desde el menu sospechamos la picardía intrínseca de este tipo de escuela gastronómica, ya que todos los platos tienen nombres sospechosamente redactados, compuestos por complejos retruécanos, sobreentendidos, .trampas cazabobos. semánticas y proposiciones paradójicas de doble signo negativo al tiempo que sugieren exquisiteces tentadoras, como la Terrina de 5 vegetales de estación acompaÑada por carne asada con salsa de berenjena frita en aceite de plátano virgen. ¡Cuán grande es nuestra desilusión al descubrir que los vegetales son de estación, pero otra .estando los presentes bastante podridos-, que lo que está asado no es la carne sino la terrina, lo que está frito no es la salsa de berenjena sino, por segunda vez, la terrina, y que lo del aceite de plátano virgen es .inesperadamente- cierto!
Al tiempo que revolvemos depresivamente con el tenedor esta suerte de guisote adornado de cachos de carne cruda hacen su aparición, como si del diablo de una caja de sorpresas se tratara, cinco o seis mozos llevándole especialidades a comensales de otras mesas, todas de aspecto suculento y porción generosa; desde torres de pancakes salados adornados con palta, codornices fritas y ambrosía hasta tradicionales costillitas a la riojana del tamaÑo de una bolsa de agua caliente, acompaÑadas de torres de papas fritas de extraoridnaria factura y huevos fritos de triple yema. Los aromas y las texturas, los colores vivos y atractivos de los platos parecen dispararse hacia nosotros, y creemos entrever en los ojillos del resto de los clientes cierto dejo de mofa o lástima.
Lo más complicado, incluso para el gourmand habituado a la experimentación, es controlar la dirección de la mirada hacia el resto de las mesas, como si de niÑos carenciados o perros golosos nos tratáramos (se han denunciado casos de comensales desnucados por su propios globos oculares), objetivo que alcanzamos con todo éxito nosotros, no así Giselle, compaÑera de la Clínica de Rehabilitación en la que nos alojamos desde hace ya ¿meses? ¿aÑos? y nuestra actual protegée .nuestra querida Naty se encuentra aún recuperándose de nuestra última aventura gastronómica-, que sufre una terrible contractura en el cuello, al intentar girar la cabeza más de 180 grados, distraída entre un crepitante pollo a la mostaza y unos raviolones de venado en salsa Grand Marnier (observamos con disgusto que Giselle, incluso a sus 65 aÑos de edad, carece de la sobria distinción natural que orna a Naty).
Luego de realizarle a Giselle una maniobra descontracturadora de cuello .que hubiéramos preferido realizarle con cierta privacidad, pero las constantes quejas y chillidos de Giselle empezaban a impedirnos disfrutar de nuestra comida- intentamos concentrarnos y, por fin, empezamos a disfrutar el goce ajeno, al ver los rostros de satisfacción de los otros clientes; y haciendo abstracción entre miradas de felicidad, mezclas de aromas y .buena pinta. propiamente dicha, logramos .sentir. directamente en las papilas y la corteza cerebral los sabores de los platos que nos rodean, provocando un estremecimiento de placer que a duras penas contenemos para que no llegue al orgasmo en público; una verdadera fiesta para el paladar, tal vez más apta para gourmands con cierta experiencia (Giselle, sin ir más lejos, se limitó a mirar nuestro éxtasis con ojos de tedio y a escorchar con un fastidioso .¿y si vamos a Chiquilín?., herejia que preferimos dejar sin respuesta).
.No creáis que es fácil lograr el efecto., nos cuenta nuestro anfitrión Bedoya Manchester con su acento castizo -producto de sus cuatro días pasados en Marbella- cuando lo felicitamos con efusión. .Los comensales que os están rodeando son, en realidad, actores especialmente contratados; y la comida es completamente escenográfica, confeccionada en resina y polipropinelatelonato expurgado. ¡No hay marinera (“milanesa” en EspaÑa, N. del E.) que tenga ese color tan saludable!.. Aún sorpendidos .y algo vulnerables, porque no estamos seguros de haber contenido completamente nuestro orgasmo- volvemos a felicitar al hombre de Palomar por su genio, que con modestia nos explica que el mérito es, sobre todo, de lso actores, que hacen un gran esfuerzo, especialmente al verse obligados a comer todos los días grandes porciones de resina y polipropinelatelonato.
Apuramos el pedido de cuenta, un poco porque cada tanto algunas oleadas de placer nos hacen temer una gaffe imperdonable, y otro poco porque la densa de Giselle nos está empezando a poner nerviosos (ya hemos descartado, por cierto, la posibilidad de reemplazar a Naty) y la pagamos, haciendo honor al espíritu del local, con unos billetes del Estanciero, boutade que creemos será del agrado de Bedoya Manchester, ese pícaro prestidigitador de la gastronomía.
No es así y Bedoya Manchester, a quien creíamos con el sentido del humor de la gente de bien, nos decepciona ampliamente al mostrarse muy nervioso, tartamudear, perder mágicamente su simpático acento espaÑol, ponerse rojo e insistir en que paguemos con .platita de verdad. (sic), para luego mencionar -ya totalmente perdida su elegancia- facturas y cuotas que tiene que pagar y la posible intervención de las autoridades policiales.
Sin pensarlo demasiado, tomamos un pollo al spiedo de utlería de una mesa vecina y nos abrimos paso hacia la salida a los .pollazos.; algunos de los actores contratados por Bedoya Manchester .que por la doble función de actores y pato vicas que se ven obligados a cumplir imagino serán aún estudiantes de teatro sin una carrera muy nutrida) y, milagro, ante una patada en el estómago se volatilizan en una nube de combustión espontánea, producto de su dieta de polipropinelatelonato, material inflamable si los hay.
En dantesca carrera entre comida escenográfica y actores estallando como minas personales a nuestro alrededor, logramos por fin alcanzar la calle y un taxi salvador; y decidimos, no sin desaliento, que nuestra condición de gentleman nos obliga a llevar también a Giselle, a quien hubiéramos utilizado sin problemas como lastre humano si no fuera por la caballerosidad que nos fuera inculcada desde la cuna. Sin contar con que seguramente el Director de la Clínica nos hubiera sometido a una molesta sesión de electroshock intentando averiguar su paradero. ¡Cheers!
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