martes, 18 de marzo de 2008

¡Lic. Baralt experimenta la .molecular food.!





Escribe el Lic. Isaías Baralt

Bon Vivant Extremo

lotomosinsodaporqueasipegamas@ubbi.com


Bernardo Olazábal Kriggstein es uno de los precursores de la llamada .cocina molecular. o molecular food. Ya desde sus emprendimientos a mediados de los ochentas, Guacamolécula, Lo Esencial es Invisible a los Ojos y El Bar de Moe Lécula, el hombre de González Catán nos enseÑaba que se puede cocinar sin ver los ingredientes.


Pero es en El TamaÑo No Importa, sito en el nuevo polo gastronómico de Monte Castro (o .Palermo Connecticut.) donde Olazábal Kriggstein alcanza el zenith de su arte, bordeando, según la crítica de nuestro colega el siempre excesivamente literal Licenciado Bonín, la .Cocina Atómica., trabajando con la micropartícula pura, dejando de lado sofisticaciones y algunos excesos de la cocina actual.


Apenas nos allegamos al local, sobrio en cuanto a ambientación debido al gigantesco ciclotrón que ocupa un 97 % del espacio y otras maquinarias, computadoras y aparatos decimonónicos que echan humo y olor a azufre (.este no sirve para nada, pero quedaba lindo., nos confesará después el propio Olazábal Kriggstein), dejando lugar para apenas dos mesas, nos atiende el único mozo del local, tal vez algo desmaÑadamente ya que se trata en realidad de un autista erudito contratado debido a sus talentos innatos para las ecuaciones cuánticas. Puede mejorarse este aspecto (el de la atención, no nos atrevemos a evaluar la capacidad matemática del camarero). Luego de un vistazo rápido al menú, nos decidimos por los Bifecitos Desintegrados y Luego Reintegrados a Mano Glaseados y el Festival de átomos Surtidos, que nuestra protegée Naty elige por parecerle un plato poco calórico.


Olazábal Kriggstein, cordial anfitrión, lanza una carcajada bestial, se sienta un rato a nuestra mesa y hace gala de su encanto y erudición, con el que intenta distraernos de la sputza a azufre y agar-agar que despiden sus poderosas pero muy necesarias máquinas: .La molecular food se basa en que cada ingrediente tiene propiedades físicas que lo hermanan con determinados grupos de alimentos. Gracias a mi sofisticado equipamiento de aceleradores de partículas, las materias primas .jamón serrano, caviar, bifes de lomo- se desmenuzan en imperceptibles moléculas todas de un tentador colorcito amarronado; en una segunda .licuada., los convertimos en átomos, para jugar con la diferencia de texturas..


Sin embargo, no todo es fría ciencia y técnica en el restaurante de Olazábal Kriggstein: .Este es sólo el primer paso; luego, las partículas se vuelven a pegar con Plasticola ecológica manualmente, moldeando a los platos con la forma y la masa que deseemos, desde un pato relleno al torso de Naomi Campbell. Esta última inerte, claro., agrega para luego lanzar otra carcajada diabólica. La técnica nos resulta tan apasionante que por un momento olvidamos nuestras heridas, consecuencia del motín que organizamos en la Clínica para poder escapar. Aprovechamos que nuestro anfitrión se levanta para visitar a otros comensales para apretarnos el paÑuelo contra el par de balazos que tenemos alojados en el costado.


Pronto nuestro entusiasmo tiene un entusiasmo más tangible, ya que se acerca nuestro Rain Man particular con nuestros suculentos platos; o no, ya que no podemos percibir el contenido de los mismos. Ante nuestra protesta, el camarero repite la letanía como para sí .está lleno de átomos, está lleno de ellos., y luego nos da a entender que, si queremos que éstos sean perceptibles al ojo y el gusto humano, deberíamos .abonando ciento cincuenta pesos extra- agrandar nuestro pedido, que consiste en cien porciones de los mismos, pegadas entre sí.


Estamos algo escandalizados, pero con hambre y además la curiosidad nos embarga, por lo que aceptamos el chantage; al rato, el hombre vuelve con nuestros refuerzos, y comprobamos con desazón que el .bifecito. más inmenso apenas supera el tamaÑo de una albondiguilla; en su monocorde tono, el camarero insiste que .sin embargo, allí hay más de mil millones de átomos. Más de mil millones de ellos.. El Festival de átomos de Naty, en cambio, presenta el aspecto de un puÑado de coco rallado, lo que no parece afectar a la niÑa que insiste en que, a pesar de sus clavículas salientes, últimamente .está hecha una cerda.. Son gustos. De cualquier modo, embargados por la indignación devoramos nuestros bifecitos .nunca mejor aplicado el diminutivo- ya que el último plato decente lo testamos en nuestra fuga anterior hace un mes y medio, aquella que nos costara una semana de electroshocks aplicados personalmente por el Rudolf Höque dirige el establecimiento.


No podemos decir que en este caso, la calidad compense la calidad: el plato, o mejor dicho, el centenar de platos tiene gusto a miga de pan vieja. .La reconstitución artesanal de las moléculas lleva mucho trabajo y no es raro que algunos sabores se pierdan en el proceso., dice algo picado Olazábal Kriggstein luego de nuestra observación, para luego lanzar otra carcajada que nos hiela la sangre. Esto no nos impresiona y si no nos hubiéramos quedado con hambre nos habríamos retirado de inmediato, en lugar de pedir otro par de centenares del plato en cuestión.


Sin embargo, no podemos quejarnos, ya que es nuetra protegée quien sufre las peores consecuencias, al morder un átomo precariamente pegado; y al partirlo produce una pequeÑa explosión nuclear dentro de su boca, lo que le vuela la mitad de la dentadura. Increpamos duramente a Olazábal Kriggstein por esta muestra de desidia y, mientras ayudamos a nuestra protegée a levantarse para llevarla a un hospital, le prometemos que esto no quedará así. El conocido chef y pederasta nos pide humildemente disculpas, y nos asegura que luego de que paguemos nuestra cuenta .que asciende a unos mil doscientos pesos- no tendrá inconvenientes en pedirnos un taxi.


El resto, pelea de tipo físico ya que, más allá de nuestras justificadas protestas tampoco contábamos con ese dinero, forcejeos afortunadamente breves debido a la escasa fortaleza física de su equipo de hombres de gafas, y por fin, introducción de Bernardo Olazábal Kriggstein en su propio ciclotrón hasta reducirlo a sus propias micropartículas, es historia; lo que importa es la actual recuperación de Naty, cuyos padres afortunadamente cuentan con los medios para reconstruir su cara y dentadura, que incluye nuestra sugerencia de un colmillo en forma de tirabuzón muy útil para emergencias enológicas. ¡Cheers!


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