Una vez más llegamos a la elegante mansión de P., esa gloria de las letras argentinas, que nos recibe con su clásica hospitalidad (con una jarra de agua de la canilla, con hielo), y ataviado con un típico traje de aldeano tirolés. .No siempre me visto así., nos aclara innecesariamente. Para luego agregar “Y no es cierto que tenga un temita con la ropa tirolesa”.
Mientras juguetea improvisando una amorfa melodía en su piano blanco, respondemos la inquietud acerca de nuestro acompaÑante (.¿Y éste quién es?.), a quien mira con algo de desconfianza. Es que hoy nos acompaÑa a la entrevista Eliseo Barragán, el Presidente de la Asociación de Amigos de P.
Nos pareció interesante, Maestro, que hoy se sume a esta conversación, un lector; El Lector. Su Lector.
P: Ah, sí, el Lector. Ese ser amorfo, sin rostro, pero, en definitiva, aquel para quien, en instancia última, escribimos. Porque él es el depositario último de las esperanzas en nuestra persona. El Lector. Porque lee. Y ahora, por fin, conozco su rostro. (Lo mira fijo) No es exactamente lo que me imaginaba, pero en fin.
Barragán: Maestro, además, esto ocurre en una semana apropiada, ya que la Asociación ha entrado en contacto con la Secretaría de Cultura. No sé si está enterado de la serie de Homenajes que le estuvieron preparando.
P: Aún no se han puesto en contacto conmigo para esta sesión de torturas (Risas).
Barragán: Ni lo harán, Maestro. La Asociación ya se encargó de todo. Sabemos que lo peor que puede pasarle a un escritor es que lo conviertan en un monumento en vida. Que lo encierren en una vitrina, en un mausoleo. Lo que los lectores queremos es que siga creando, que siga insuflando vida a sus mundos, a sus personajes tan vívidos e inolvidables.
P: (Un poco inquieto) ¿Ajá?
Barragán: Así que ya hemos hablado con la Secretaría para que suspendan todo.
P: ¡Qué!
Barragán: Costó un poco. Hubo que negociar, adornar, incluso hacer un par de llamados amenazantes. Algún funcionario volverá a su cara con un par de moretones. Pero ya está.
P: ¿Pero por qué hicieron eso?
Barragán: Para que no le pase lo que a tantos escritores. Que el bronce no lo mate. Para que no se convierta en un ídolo encerrado en una caja de cristal, alejado del mundo, de su obra. Algo que ningún escritor quiere.
P: ¡No, no! ¡Yo sí quería! ¡Claro que quería eso! No lo puedo creer. ¡Cincuenta aÑos laburando como un perro, y ahora que que le puedo restregar el homenaje por la cara a Sábato, que siempre me tuvo para el cachetazo me vienen con eso. Increíble.
Maestro, lo que Barragán le quiere decir es que tal vez el momento del Homenaje no haya llegado porque aún le queda mucho camino por recorrer.
P: (Horrorizado) ¿Mucho? ¿Cuánto?
Barragán: Maestro, lo que ocurre es que usted es un contemporáneo, un artista vivo, de este tiempo, y que aún tiene mucho para dar; no queremos que el jugo de los Laureles espese su pluma. Por eso también hemos ido a la Biblioteca Nacional y destruido las primeras ediciones de sus libros. Nos parece que ese no es el lugar para un creador vivo y moderno como usted: su lugar está en el imaginario popular, en la calle, en el corazón de sus lectores.
P: (Trata de recomponerse) Comprendo. Tal vez sea cierto. Siempre me consideré un escritor de barricada; más bien un humilde soldado de las letras, un creador que no se detendrá nunca, aunque tenga que luchar con la misma Muerte.
Barragán: ¡Claro, Maestro, exacto! Por eso también hemos iniciado lo que sus lectores llamamos la .Purga de Amor.. En estos momentos, miles de sus lectores están llevando todos los ejemplares de sus libros a la Plaza de los Dos Congresos y quemándolos en una hoguera. Incluso tenemos alguna que otra fuerza de choque, para entrar en las casas ajenas y llevarse los ejemplares que los más recalcitrantes, los amantes del bronce y el mármol, no quieren ceder.
P: …
Barragán: Para que no se quede paralizado por la sombra de sus éxitos del pasado. Para que siga creando, con frescura, con vida, como si fuera su primera obra.
P: (Se lo ve un poco ofuscado) Claro, puede ser. ¿Y en el Internet habrá quedado alguna cosa?
Barragán: Bueno, Maestro, fue complicado, pero por suerte tenemos en nuestras filas un par de hackers que se dedican a esas cosas. En estos momentos creo que se han cargado todo lo que hay.
P: ¿Mi blog donde están mis novelas en desarrollo también?
Barragán: Empezando por ahí.
Un estruendo infernal interrumpe la apasionante charla con el Maestro. Entonces aparece, desde otra habitación, una mujer rubia de unos cincuenta aÑos, con un bate de béisbol. Eliseo Barragán se para y la saluda efusivamente, ante el desconcierto de P.
Barragán: Maestro, le presento a mi hermana, Lucía Barragán, co-fundadora de la Asociación.
Lucía Barragán: Le teníamos una sorpresita (deja escapar una risita).
Barragán:Esta charla, además de significar el enorme honor de conocerlo, tenía también como objetivo distraerlo un rato, para que mi hermana se colara por la ventana y .luego de suministrarle un narcótico a su asistente .pudiera destruir su computadora a batazo limpio.
P: ¿Pero por qué?
Barragán: Para que no se deje atrapar por el engaÑo tecnológico; para que vuelva a escribir con esa pasión artesanal de antes, en su vieja Olivetti, la misma que usaba cuando vivía en la vieja pensión de la calle Ayacucho. Justamente hemos logrado restaurarla.
La mujer saca de su viejo bolso de gimnasia una máquina de escribir de las de antes; el carro ha sido reeemplazado y engrasado, pero se nota que las viejas teclas con las letras desdibujadas son las originales. P. la contempla y deja traslucir una gran emoción.
P: ¡Pero si había tirado a la basura esta mierda! No andaba la “f”.
Lucía Barragán: Sí, pero la rescatamos, Maestro. ¿Acaso no escribió, con esa vieja máquina, El propósito de los Corchos? ¿Acaso no salió de esas teclas desdibujadas esa obra maestra de la literatura llamada Los Idus de Marzo en un Patio de Barracas?
P: ¡Sí, y ustedes los quemaron!
Barragán: No se ofusque, Maestro. Mírela. ¿No siente nada?
P: Puede ser. Hay algo que extraÑo de estas viejas máquinas, hay un cierto.
Lucía Barragán destruye la máquina a batazos. P. Queda paralizado, bastante sorprendido. Esta cronista confiesa que tampoco se la esperaba.
Barragán: Es para que no se quede atado al pasado, maestro.
Lucía Barragán: Usted es un autor del hoy, del presente. No queremos que lo encierren en un museo. Queremos que escriba, que nos deleite con su genio.
P: (Aterrorizado) Las manos no me las van a romper, ¿no?
Barragán: (Se ríe) ¡Pero no, Maestro!
Lucía Barragán: Las dos no.
Esta cronista se aleja de la casa de P., recordando súbitamente que tiene un par de entrevistas que hacer para un periódico barrial. Dejamos al viejo Maestro con sus Lectores, lectores del Hoy, del Aquí y Ahora, que demuestran que esta voz de la literatura nacional está viva, más viva y vigente que nunca. Y gritando su verdad. O por lo menos, gritando.
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