martes, 17 de octubre de 2006

¡ARTEMIO ARIEL SOSA: PONEDOR DE CIANURO! OTRO PASEO POR LOS VIEJOS OFICIOS OLVIDADOS





Entrar al viejo taller de Don Artemio Ariel Sosa, criollo de pura cepa y ponedor de cianuro de alma, es como hacer un viaje en el Tiempo, aunque sin tener que entrar a un túnel subterráneo para luchar contra Morlocks o de golpe conocer a tu mamá y que ésta se enamore de vos, poniendo en peligro tu existencia; No, no. Lo más que te puede pasar es que te tropieces con alguna pieza oxidada de esas que tienen en el piso la gente que tiene un taller de algo.


Aunque, teniendo en cuenta el gremio tan especial del que Sosa forma parte, en este viejo taller ubicado en la calle Terrada o Terrera, no sé, siempre me las confundo, no importa, no hay piezas oxidadas, sino imponentes estanterías de quebracho. Atiborradas de esos viejos y entraÑables frascos de farmacia, cargados de cianuro de distinto tipo: del caro, del más barato, del importado. De todo tipo.


Y es que todos sabemos, gracias a esos análisis que salen en los diarios cada tanto, que el agua que consumimos a diario contiene dosis de cianuro cada vez más altas, al punto que proliferan más las purificadoras particulares de agua y los gobiernos sucesivos se desgarran las vestiduras prometiendo la descontaminación de nuestros ríos. Pero nadie responde la pregunta del millón que los no iniciados nos hacemos a diario: ¿quién se lo pone, y cómo lo hacen?


La respuesta está en las manos toscas pero hábiles de este viejito de ojos profundos, en ese cuerpo ágil a pesar de la edad, trabajado en ese verdadero Método Pilates que es el trabajo, el trabajo duro y sin pausa, trabajo físico, no lo que hacés vos.


Día tras día, Don Sosa se levanta a las cinco de la maÑana y sale en su vieja bicicleta a recorrer los barrios de Buenos Aires, con unos treinta y seis frascos de cianuro al 100 % en el canasto. Luego, vigila que nadie mire (es el orgullo de Don Sosa mantener su secreto profesional bien guardado), trepa por la medianera .con ayuda de una Tirolesa de alpinista que envidiaría el mismo Batman, se allega hasta el tanque en la terraza, abre la tapa y vacía, proporcionalmente a la cantidad de departamentos del edificio o P.H., los frascos de cianuro que hagan falta. Tan simple y tan complejo como eso.


.Lo más importante es no excederse con las proporciones, porque si te entusiasmás mucho .a mí me ha pasado .el cliente se te puede morir.. Don Sosa prefiere trabajar con un malestar cotidiano y el desarrollo de enfermedades lentas que duren aÑos; no es un asesino furibundo, desde ya.


A vedes el hombre de Bragado (porque nació en Bragado) se topa con alguna casa en planta baja que trae el agua directamente de la calle; en estos casos, Don Sosa debe romper la vereda (munido de su falso uniforme de la Municipalidad), e inyectar el cianuro mediante una antigua y poderosa jeringa. .Estos me dan más trabajo, así que les pongo una dosis un poco más grande., dice Sosa con picardía.


¿Y por qué no trabajar con la compaÑía de agua directamente? ¿No se ganaría en eficiencia? .En estos ultimos aÑos salieron empresas que están laburando así., nos dice Dante, nieto de Don Artemio, y que está empeÑado en recoger su antorcha, a pesar de que los nuevos tiempos no sean los ideales para el trabajo artesanal. .Lo que creemos es que trabajando a esa escala el cianuro no llega bien a todas las casas. Lo nuestro está hecho con más cuidado, con más amor..


¿Y quién paga el arduo trabajo de Don Sosa? Por supuesto que no los consumidores del cianuro, que preferirían agua descianurizada (Don Sosa despotrica contra los purificadores de agua y asegura que a esos les pone dosis triple). La respuesta la da Dante, que, intentando abrir un frasco rebelde, tropieza contra la bicicleta, cae y, tratando de agarrarse de su abuelo, le arranca la máscara.


Allí podemos contemplar el verdadero rostro de Don Sosa: Rubicundo, cabellos dorados y eléctricos, dientes afilados y ojos inyectados en sangre y proyectando la maldad más pura y negra: el rostro de un íncubo poseído por el Maligno. Don Sosa lanza una carcajada escalofriante, que nos hiela la sangre, y vuelve a ponerse su máscara de látex antes de que nos desmayemos por la impresión. En realidad, nadie le paga a Don Sosa: lo hace movido por el placer de destruir la salud de sus congéneres, movido por un Odio Cósmico hacia todo lo vivo, lo bueno y lo bello.


.Tengo algunos sponsors igual, que me ayudan a cubrir gastos., nos cuenta Don Sosa mientras se termina de acomodar la máscara; principalmente gente llena de odio, como críticos de arte, sacadores de fotocopias, empleados municipales y comentaristas de blogs.


¡De pronto, la inexperiencia está a punto de ocasionar una tragedia! El joven Dante logra, al fin, abrir el frasco de cianuro, pero con una torpeza tal que un chorro del mismo cae directamente en mi boca (encima es el extra fuerte). Don Sosa lanza otra carcajada y me explica que me quedan dos horas de vida; me dará el antídoto sólo si evito decir su verdadera identidad, y luego .verá qué hace.. En estos momentos, con mis últimas fuerzas, cumplo con su pedido. Por favor, tenga piedad y déme el


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